Aimunan
El fin de semana me había sentado de maravilla. Había descansado lo suficiente y sentía la energía fluir por mis venas como una corriente de aguas cristalinas. La mañana en Ciudad Guayana empezó con el ritual sagrado: una malta bien fría y un par de empanadas de pollo recién fritas. Con la barriga llena y el corazón contento, nos dirigimos al trabajo.
Al llegar, la secretaria nos informó que habría una reunión de equipo en media hora. Me refugié en mi pequeño cubículo, rodeada del su