Mundo ficciónIniciar sesiónAlexander Lee
Le había pedido a mi asistente una sola cosa, y que la hiciera bien: traerme a la chica a la habitación. Sabía que se habían quedado a pasar la noche en el hotel, y Jun me sorprendió gratamente. Por ahora, su regreso a Corea quedaba cancelado; lo había hecho perfecto. La tenía frente a mí. Me llegaba apenas al pecho, una altura que me resultaba extrañamente adecuada. Solía evitar el contacto con las mujeres; si lo tenía, era solo por lo estrictamente necesario. Pero ella me sorprendió con su carácter. Se me ocurrió llamarla "Munan" para ver su reacción —me gustaba esa parte de su nombre—, y a ella no le hizo ninguna gracia. Sus respuestas no eran lo que esperaba; hablaba sin filtros. Me pidió que no volviera a llamarla así hasta que yo supiera qué era lo que quería. ¿Qué significaba aquello? Tocar sus manos hizo que volviera una pizca de esperanza. No quería ilusionarme, pero mi cuerpo reaccionaba a ella sin el más mínimo esfuerzo. Aquello me estaba volviendo loco. No había deseado tanto a una mujer en años; la tenía cerca y mi instinto de depredador despertaba. La quería para mí. Quería sentirla, olerla... pero me estaba conteniendo como nunca. No quería asustarla; al parecer, no se había tomado en serio mi nota. Gracias al cielo, mi asistente llegó con café y agua, rompiendo aquel torbellino de pensamientos impuros. Tomé un sorbo mientras ella optaba por el agua. Sabía que no podría volver a verla de esta forma tan privada, así que le sugerí trabajar para mí. Su aceptación me calmó momentáneamente. Significaba que nos veríamos más. Habíamos cerrado la oferta laboral, pero yo me negaba a dejarla ir. Había algo en ella diferente, algo que, aunque no quisiera aceptarlo, me tentaba a probarlo. Si ella era "la elegida", aunque fuera en una probabilidad del uno por ciento, quería intentarlo. No quería lastimarla, y eso era lo único que me detenía. Era joven, inocente en su comportamiento, pero para mí representaba una oportunidad y estaba dispuesto a apostarlo todo, aun sabiendo que aquello también podría destruirme. Se levantó, rompiendo el silencio incómodo, y rodeó la mesa para volver a agradecerme la oferta. Estaba encantada de aprender. Hice lo mismo y estrechamos nuestras manos. La magnitud de su cercanía quebró la poca voluntad que me quedaba. Sin pensarlo mucho, la jalé abruptamente hacia mí. No le di tiempo de reaccionar; tomé su rostro y la besé. Sus labios eran increíblemente suaves. Ella se quedó petrificada, pero no me detuve; continué con más intensidad. Quería escuchar un gemido, o quizá sentir su resistencia, pero seguía clavada en el sitio. Disminuí la fuerza y pasé mi mano suavemente por su espalda en un intento de cambiar mi estrategia. Bajé mis dedos lentamente, buscando que me correspondiera, y finalmente lo hizo. Aproveché la oportunidad para tomarla por la cintura y presionarla contra mi cuerpo, profundizando el beso con mi lengua. Ella puso las manos en mi pecho, intentando apartarme, pero en su lugar soltó un gemido que me encendió aún más. Estaba a punto de perder el control si seguía forcejeando así. Me obligué a contenerme y la dejé respirar, aunque sin soltarla. Nuestras respiraciones chocaron y ella se soltó de repente. —¡Estás... loco! —exclamó con la respiración entrecortada. Sus labios, humedecidos e hinchados, eran una tentación insoportable. —¡Sé mi mujer! —Mi voz resonó como una propuesta indecente, que ciertamente lo era. Ella abrió los ojos, entre sorprendida y ofendida. —¡Como desee, señor! —respondió primero, dejándome atónito. Pero a los pocos segundos soltó una risa nerviosa—. ¡Ja! ¿Está demente o qué? Usted podrá ser el mismo presidente, ¡pero lo que hizo es casi una violación! —empezó a forcejear de nuevo—. Déjame ir. Quiero irme. Se rindió finalmente, y su petición me cayó como un balde de agua fría. Nadie, ninguna mujer me había rechazado nunca... excepto Evi. No quería mostrar impotencia ni dolor, así que busqué cualquier excusa para retenerla y arreglar la situación. —No has desayunado. Comamos algo y luego podré llevarte. Ella miró mis manos, que seguían rodeando su cintura. La solté como quien deja caer una pluma. Se alejó marcando una distancia considerable mientras se arreglaba el vestido. De pronto, oímos golpes en la puerta. ¿Quién demonios se atrevía a molestarnos? Caminé hacia la entrada y, antes de que pudiera decir nada, una chica pasó como un rayo hacia donde estaba Munan. —¿Estás bien? —le preguntó su amiga—. Te mandé mensajes y no respondías. Ya es mediodía y me preocupé —continuó, revisándola como si fuera una niña pequeña. —Perdón, tenía el teléfono en silencio, pero estoy... bien —respondió Munan, desviando la mirada hacia mí. Su amiga le siguió la vista y me miró con hostilidad. —¡Ni crea que porque tenga cara de dios asiático puede hacer lo que quiera! —me reprendió—. Ella también tiene quien la defienda. Si no soy yo, vendrá toda la tri... No pudo terminar porque Munan le tapó la boca. Era una escena graciosa; me recordó a mi hermana menor. Munan se acercó y, con una naturalidad recuperada, sentenció: —Gracias por el desayuno. ¡Ahora debemos regresar! Me ofrecí a llevarlas, pero se negó rotundamente. —¡Empiezas mañana! —le recordé. Ella asintió y eso fue suficiente para mí. Debía pensar las cosas con calma; no podía volver a perder el control de esa forma tan bruta. Necesitaba conocerla bien, pero no estaba seguro de querer que ella me conociera a mí. Mi mundo no era algo a lo que ella pudiera acostumbrarse. Tenía mis ideas claras: ella solo sería una curiosidad, una "locura venezolana" que quería probar. Pero, muy en el fondo, algo me decía que no sería tan sencillo. Sabía que mi padre había enviado a alguien a vigilar mis movimientos. No quería exponerla; ante cualquier interés mío en una mujer, mi padre ya tendría el altar preparado. Si se enteraba, organizaría una fiesta e incluso se mudaría aquí, lo cual no ayudaría. Solo quería asegurar una cosa: descendencia. Y yo también; si lograra eso, ya sería un avance. Evi... ella era la mujer que decía amarme. Pensé que con el amor de uno de los dos bastaría, pero cuando se enteró de que no podía darle un hijo, tras tres años de intentos fallidos, se cansó y me dejó. Ella era la última esperanza de mi familia, la que supuestamente podría revertir la maldición generacional que nos torturaba. Recordé sus últimas palabras: "Déjame... quiero irme... No seré la mujer de un maldito". Yo no creía en esas cosas, pero el tiempo pasaba y la maldición parecía tomar más fuerza con cada año que se me escapaba.






