Aimunan
Desperté de golpe. El grito de mi sueño había sonado tan real que me tomó varios segundos comprender que solo se trataba de una pesadilla. Eran las cinco de la mañana. Me senté en el sofá, tratando de recomponer mis nervios, cuando vi a mi madre salir de su habitación. Con esa dulzura que solo ellas poseen, me pidió que descansara un poco más; ella se encargaría del desayuno para mi primer día de trabajo. Las madres son una bendición: para ellas, sin importar cuánto crezcamos, siempre s