Berlín, Alemania
Emilia
Han pasado semanas desde que todo terminó. A veces aún me despierto sudando frío, creyendo escuchar el eco de las puertas de hierro cerrándose en algún sótano lejano. O el crujido de una bala rozándome la piel. Pero cuando abro los ojos, él siempre está ahí.
Viktor duerme a mi lado, una mano bajo mi nuca, la otra descansando sobre mi cintura, como si incluso dormido se negara a soltarme. A veces creo que se culpa por todo, por cada lágrima, cada cicatriz nueva. Pero yo no