Mundo ficciónIniciar sesiónNyxara creyó haber elegido al hombre correcto cuando unió su vida a la de Vaelior, un hombre poderoso, impenetrable y dueño de un mundo donde nada ocurre sin su consentimiento. Pero detrás de la perfección de su matrimonio se esconden silencios, secretos y heridas que nunca fueron realmente cerradas. Lo que parecía una relación construida sobre promesas pronto comienza a transformarse en una lucha silenciosa donde el orgullo, la desconfianza y las verdades ocultas amenazan con destruirlo todo. A medida que nuevas presencias irrumpen en su vida y antiguos vínculos vuelven a despertar, Nyxara descubre que el hombre con quien comparte su destino no es quien aparenta ser, y que amar a alguien capaz de ocultar tanto puede convertirse en el mayor error de su vida. Entre traiciones, poder, celos y decisiones que cambiarán su futuro, Nyxara tendrá que descubrir hasta dónde está dispuesta a llegar antes de que su corazón termine atrapado en una historia donde nada es tan simple como parece. Porque a veces el verdadero peligro no está en enamorarse… sino en descubrir demasiado tarde que te casaste con el hombre equivocado.
Leer másNyxara se levantó con el mismo sonido familiar de siempre: una puerta cerrándose con violencia. No hacia falta mirar el reloj para saber lo tarde que era. Porque siempre era tarde, siempre lo era. Vaelior había regresado a casa, aunque "casa" era una palabra demasiado buena y generosa para aquel espacio que ambos ocupaban juntos. En su mundo, ella era algo poco más que un mueble, era solo una presencia que para el solo tenía utilidad solo cuando él así lo quería.
Desde su habitación, podía escuchar el sutil tintineo de las llaves sobre la mesa y el murmullo apenas perceptible de su voz. Que sabía que no era para ella. De hecho, nunca lo era. Desde el día en el cuál su supuesto "amor verdadero" había regresado, todas sus conversaciones sólo eran para ella, sus regalos eran para ella, sus pensamientos y hasta incluso su tiempo, todo eran para ella. Nyxara para él solo era un pésimo recuerdo equivocado, una presencia innecesaria, una figura reemplazable. Sé paró con absoluta tranquilidad. Sus pies descalzos apenas habían alcanzado a hacer un poco de ruido sobre aquel suelo frío cuando decidió abandonar la habitación. Vaelior se encontraba allí, de pie en la sala, quitándose el reloj de su muñeca con absoluta tranquilidad y despreocupación, como si no hubiera dejado a una esperando en casa, sola, como si todo lo que había ocurrido y quedaba entre ellos para él ya no importaba. Y eso era cierto, porque la realidad era que para él, ya no lo hacía. —Otra vez llegando tarde —Su tono era un susurro, pero el leve temblor en su garganta era algo que ella no podía evitar. Vaelior no se limitó si quisiera en levantar su vista y mirarla, lo que hacía que el momento se volviera algo frustrante. —Tenía muchas cosas que hacer. Nyxara intentó reírse, eso era lo que más quería en ese instante, pero estaba consiente de que no podía. La verdad era que su triste realidad era absurda, demasiado absurda. Estaban casados. Por Dios, eran tres años de matrimonio, tres años en los cuales habían estado juntos, en donde ambos compartían la misma rutina de siempre, las mismas paredes. Y aún así, ella para él seguía siendo invisible. Vaelior se limitó a desabotonar los botones de su camisa con unos movimientos pausados, su atención perdida en otro lugar que no fuera ella, en otra persona, y en otro rumbo en donde Nyxara no tenía permitido existir. —¿Te tomarías la molestia de al menos avisar cuando volverás a casa o no?— inquirió ella, manteniendo su voz baja, sabiendo que de todos modos, su respuesta no cambiaría nada. Y aún sabiendo esto, aún así quiso preguntar. Pero él solo suspiro cansado. Cansado de ella. —Nyxara, yo no tengo porqué darte explicaciones respecto a lo que hago.— Exclamó, mientras su mirada encontraba la de ella, pero en esos ojos no había nada, hace tiempo que no lo había. Ninguna emoción. Ningún reconocimiento o culpa. Solo había una absoluta indiferencia. — Deberías acostumbrarte. Al escuchar aquellas palabras, los ojos de ella empezaron a arder. Acostumbrarse. Esa era la sentencia final. La confirmación de que ya no había espacio para ella en esa historia. Se quedó en silencio mientras Vaelior se giraba, como si la conversación nunca hubiera ocurrido. Como si la realidad de su desprecio no fuera algo que le destruyera el pecho a diario. Nyxara apretó los labios, sintiendo el peso del aire, la humedad de sus propias emociones atoradas en su garganta. Y entonces, algo dentro de ella decidió quebrarse. —¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó, su voz cortando el silencio. Vaelior se detuvo a mitad de camino. No se giró. Pero tampoco respondió. —Dime al menos eso —insistió Nyxara, dando un paso hacia él. —¿Cuánto tiempo antes de que finalmente me deseches? El hombre soltó un bufido, un sonido seco, breve. —No seas dramática. Dramática. Porque para él, su dolor no era real. Nyxara exhaló, sintiendo cómo el aire le quemaba los pulmones. —Solo dime cuánto tiempo me queda antes de que me reemplaces completamente. —Esta vez, su voz fue más firme. Vaelior giró levemente el rostro. Su expresión era fría, distante. Y entonces, lo dijo. —En un mes. Fueron dos palabras, fueron esas dos palabras que no deberían haber dolido tanto, pero lo hicieron. Porque significaban el final. Porque significaban que su amor nunca había sido suyo, que su vida con él siempre había sido temporal. Vaelior no agregó nada más. No había disculpas. No había dudas. No había dolor. Solo certeza. Nyxara bajó la mirada, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se volvía borroso. Se sentía tan pequeña. Tan sola. Vaelior se movió sin mirarla otra vez, caminó hacia la cocina, tomó agua, envió mensajes en su teléfono con una sonrisa que nunca había sido para ella. Y Nyxara entendió que nada iba a cambiar. Que el amor nunca había existido. Se dio la vuelta con una sensación hueca en el pecho. No sabía si podía seguir soportando esto. Pero no tenía opción. No todavía.El silencio que quedó en la habitación después de que Vaelior se marchó era opresivo, denso, como si la ausencia de su presencia cargara el aire con algo más que vacío. Zaelith permaneció quieta por un instante, observando la puerta cerrada con una mirada que no reflejaba decepción, ni incertidumbre. Solo había estrategia en sus ojos. Sin apresurarse, dejó escapar un suspiro y comenzó a recorrer la habitación con pasos tranquilos, sus dedos rozando los bordes de los muebles, analizando el espacio con la precisión calculada de alguien que no veía esto solo como un simple lugar para dormir. Era territorio. Era su territorio. Vaelior la había traído hasta aquí. Le había dado una habitación dentro de su casa. Dentro de su mundo. Dentro de lo que alguna vez solo había pertenecido a Nyxara. Y eso lo cambiaba todo. Porque ahora, no quedaban dudas. No quedaban espacios indefinidos ni terrenos compartidos. Todo lo que faltaba era hacer que Nyxara desapareciera de esta ecuación. Za
El aire en la sala se había puesto insoportablemente pesado, como si cada palabra, cada mirada, y cada gesto estuviese cargado de un peso invisible que nadie pudiera ignorar. Nyxara aun permanecía de pie, con su cuerpo rígidos, tenia sus brazos cruzados delante de su pecho, y sus ojos solo se quedaban fijamente en Vaelior. Había estado esperando demasiadas cosas de él. Había esperado explicaciones, disculpas, incluso una mínima muestra de arrepentimiento. Pero lo único que había recibido de el era algo completamente diferente. “Disulpate con ella” Esas fueron sus palabras, aquellas palabras que todavía resonaban en su mente, frías y cortantes, como un murmullo que no sabía como silenciar. Pero Vaelior, con su postura firme y su expresión impenetrable, se aproximó hacia ella. Su manera de mirarla era intensa, pero no existía calidez en ella. Ni siquiera empatía. Solo la misma seguridad que siempre había tenido cuando daba órdenes que esperaba que fuesen cumplidas sin resistencia. —S
Nyxara sintió cómo las palabras de Vaelior la golpeaban con una fuerza que no esperaba. ¿Inhumana? ¿Cruel? ¿Ella? El aire en la habitación se volvió más pesado, como si las paredes mismas estuvieran absorbiendo la tensión que crecía con cada segundo que pasaba. Nyxara no apartó la mirada de Vaelior, sus ojos fijos en los de él con una intensidad que no necesitaba palabras para ser entendida. —¿Qué me está pasando? —repitió, su voz baja, pero cargada de una furia contenida que amenazaba con desbordarse—. ¿De verdad tienes el descaro de preguntarme eso? Vaelior no respondió de inmediato. Zaelith, aún de pie junto a él, bajó la mirada con una expresión que parecía diseñada para invocar lástima, sus manos entrelazadas frente a ella como si estuviera esperando que alguien la defendiera. Y, como Nyxara ya sabía, ese alguien era Vaelior. —No tienes derecho a tratarla así —dijo él finalmente, su tono firme, pero no elevado—. Ella no ha hecho nada para merecer esto. Al escuchar esto
La mañana llegó con un aire inquieto, aunque el sol brillaba alto y el cielo estaba despejado. Nyxara se había despertado temprano, mucho antes de que la ciudad comenzara a moverse, mucho antes de que los sonidos cotidianos llenaran las calles. Había pasado la noche en vela. Había esperado. Había intentado convencerse de que cuando Vaelior regresara, tendría una explicación que pudiera disipar la duda que se había instalado en su pecho desde la madrugada.Pero cuando la puerta finalmente se abrió y él apareció, no lo hizo solo. Nyxara estaba de pie en la sala, sus manos descansando a los lados de su cuerpo, su expresión serena pero atenta. Vaelior cruzó la puerta con una presencia firme, su rostro tranquilo, como si lo que estaba a punto de hacer no fuera un problema.Pero lo que realmente hizo que el aire en la habitación se volviera pesado fue la mujer que caminaba detrás de él. Nyxara la vio al instante. Y su mundo pareció detenerse. La misma piel pálida. Los mismos labios finos. L
Último capítulo