Capitulo 4

El ardor que sentía en mi piel era molesto. Era como si cada parte de mi cuerpo se revelaba contra mí. Y las flores que se encontraban sobre la mesa se sentían como una presencia maligna que aunque quisiera no podía ignorar. Mi pecho aún seguía doliendo, y aunque el inhalador había cumplido con su trabajo, el malestar aún seguía persistente, como un cruel recordatorio de lo que realmente estaba sucediendo.

 

Y Eriska no se movió ni un segundo de mi lado.

 

—Esto no debe de seguir así— susurró, con una voz llena de preocupación.

 

La observé pararse con rapidez, mientras con pasos rápidos pero pausados se dirigía a la cocina buscando algo en el pequeño botiquín de primeros auxilios qué siempre tenía en la cocina. Y cuando volvió, entre sus manos sostenía una crema, una que pude reconocer inmediatamente. Eran para mis alergias.

 

—Ven aquí —agregó, manteniendo un tono de voz autoritario pero que siempre sonaba cálido.

 

Y yo solo me deje guiar por ella, porque no tenía fuerzas para resistirme. Así que solo hice lo que me pidió y me límite a sentarme en la silla mientras Eriska optaba por arrodillarse delante de mi, aplicando cuidadosamente la crema sobre mi piel, con movimientos suaves pero precisos.

 

Y el alivio se sintió casi al instante. El ardor insoportable empezó a desaparecer, pero la opresión en mi pecho aún persistía ahí, intangible, imposible de calmar con medicina.

 

—¿En que estabas pensando, niña? —inquirió mientras proseguía aplicando la crema —. ¿Por qué no me marcaste antes?

 

Pero yo no respondí. Porque la respuesta era muy complicada y Eriska solo me observó, con aquellos ojos mezclados de preocupación y algo más. Algo que yo no podía identificar.

 

—Nyxara, cuéntame la verdad —insistió—. ¿Qué está sucediendo?

 

Las palabras solo pudieron atascarse en mi garganta. No quería decirlo. Porque no existía forma de ponerlo en palabras porque, en el momento en el cual lo hiciera, no habría maneras de volver hacia atrás.

 

Pero Eriska no se movió. Solo me observó con aquella paciencia infinita qué siempre la caracterizaba, era como si ya supiera que lo que estaría apunto de confesar lo cambiaría todo.

 

El ardor había empezado a desaparecer, pero la opresión en mi pecho seguía estando allí. Y mientras Eriska aún permanecía arrodillada ante mí, seguía sintiendo sus manos expertas aplicando la crema con movimientos precisos, pero ella no me observaba, solo esperaba.

 

Esperaba que dijera algo. Pero yo no quería hacerlo, tampoco quería decirlo. Porque ponerlo en palabras significaba admitirlo. Y admitirlo era algo que dolía mucho más que la alergia, más que el ahogo, y mucho más que cualquier otra herida física.

 

Y Eriska conocía demasiado bien mis silencios. Entonces ella fue quien tomó la palabra primero.

 

—A él se le olvidó que eres alérgica a las orquídeas, ¿verdad? —inquirió con una certeza en su voz que me hizo estremecer.

 

Y en ese momento, el aire en mis pulmones comenzaba a sentirse más pesado. —Sí.

 

Fue una palabra, una sola palabra, pero que fue suficiente para hacer que la verdad se expusiera. Y Eriska solamente pudo detenerse un instante. Y su expresión lo decía todo, era una combinación de tristeza y algo más... algo parecido a impotencia.

 

—¿Por qué no se lo contaste en cuánto te las ofreció? —me preguntó, pero su tono no sonaba para nada a un reproche. Era más de preocupación genuina.

 

Y mis labios solo podían temblar, porque aún que la pregunta parecía sencilla, la respuesta.... no tanto.

 

Entonces volví a tragar saliva, mientras podía sentir el peso de mis propias decisiones aplastarme.

 

—Porque no quería arruinar el momento. —Pero Eriska solo pudo dejar escapar un suspiro pesado. Uno que sonó demasiado parecido a decepción.

 

Pero no decepción hacia mí. Sino hacia él. Hacia la situación. Hacia la realidad que cada vez se hacía más difícil de ignorar.

 

—¿Arruinar el momento? —repitió lentamente, su voz suave, pero con un tinte de incredulidad—. ¿Desde cuándo poner tu bienestar en segundo plano es lo que se espera de ti?

 

Mis ojos solo se llenaron de lágrimas. No porque no tuviera respuesta. Sino porque la respuesta era demasiado cruel para decirla. Desde siempre.

 

Desde el momento en que me convertí en su esposa.

Desde el momento en que aprendí a medir mi amor en sacrificios. Desde el momento en que me convencí de que callar lo que me dolía era la única forma de hacer que se quedara conmigo.

 

Entonces Eriska no sabía si debía decir algo más.

Solo me observó Y en sus ojos había una verdad que ya no podía seguir ignorando. Porque la realidad era que, no era él quien me olvidaba. Era yo misma quien permitía ser olvidada. Y eso… Eso dolía más que cualquier alergia.

 

El silencio en la cocina se volvió tan pesado que casi podía escucharlo y las palabras de Eriska seguían flotando en el aire, esperando una respuesta que no sabía cómo dar.

 

"¿Desde cuándo poner tu bienestar en segundo plano es lo que se espera de ti?"

 

Podía sentir mis dedos temblar sobre la tela de mi vestido, mientras mi mente divagaba intentando buscar la manera de huir de la realidad que ella había planteado ante mí.

 

No podía huir.

 

No en esta ocasión.

 

Porque ahora lo entendía. Me había aferrado tanto tiempo a justificar su indiferencia, convenciéndome de que cada detalle olvidado por más pequeño que fuera no significaba algo. Pero si lo hacía.

 

Cuándo no sabía lo que me gustaba.

 

Cuando no recordaba las cosas que me dolían.

 

Y cada vez que parecía mirarme sin realmente verme.

 

Todo significaba algo.

 

Y aquel ramo de orquídeas era una de las pruebas de que todo aquello era cierto.

 

Porque Vaelior no me conocía. No me miraba. Y lo más cruel de todo era que... Yo lo dejaba. Eriska se percató de la expresión que se formaba en mi rostro y en ese momento lo entendió, comprendió que algo dentro de mi empezaba a quebrarse.

 

—Nyxara... —pronunció con su voz aún más suave —¿Por qué no le contaste nada de esto está mañana?

 

Al escuchar sus palabras mis labios se comprimieron, eso fue lo único que pudieron hacer antes de que pudiera responder.

 

—Porque... —tragué saliva antes de contestar—. Porque si se lo decía, si lo hacía, habría arruinado el momento.

 

Al escuchar mis palabras Eriska lo único que pudo hacer fue soltar una risa seca y sin humor alguno.

 

—¿Arruinar que momento? —Exclamó, mientras su voz se llenaba de incredulidad.

 

Pero lo único que podía hacer era apretar mis labios, mientras sentía cómo mis ojos empezaban a arder y la presión en mi pecho aumentaba con cada segundo que pasaba.

 

—El momento que demostraba qué todavía le importo.

 

Eriska inhaló lentamente, permitiendo que mis palabras se suspendieran en el aire. No me había dicho que estaba equivocada, tampoco que Vaelior realmente me amaba de verdad. Ni siquiera se esforzó en mentirme y decirme que todo iba a estar bien. Porque no lo estaba. Y eso era algo que ambas ya sabíamos.

 

Ella solo me sostuvo las manos, con su tacto aún cálido, firme. Y luego exclamó:

 

—Tienes que aprender a no recibir migajas, niña —agregó—. No debes conformarte con instantes vacíos para sentir que vales algo.

 

Y al escuchar sus palabras mis lágrimas no dudaron en caer de nuevo, una tras otra, pesadas, interminables. Porque aún que doliera en el fondo lo sabía, siempre lo había sabido, porque Eriska siempre había tenido la razón.

 

Solo que yo nunca me había limitado a admitirlo. No hasta ahora.

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