Capitulo 3

...|| La mentira que callo ||...

 

Las orquídeas seguían sobre la mesa. Las había dejado ahí , envueltas en su papel blanco como si fuesen parte de una escena perfectamente ensayada. Como si todo esto fuera un simple símbolo de algo que se suponía que debería hacerme sentir especial, pero no lo hacía.

 

Aquellas flores no eran para mí en realidad nunca lo fueron, porque si realmente lo fuesen no serían orquídeas. No había que esforzarme en darle una sonrisa cuando las recibi, ignorando el ardor ligero en mi piel por la alergia no habría tenido que callar. Sin embargo, lo hice porque él estaba ahí, por un simple momento en el que me miró con una expresión de arrepentimiento quise creer que aún quedaba algo por salvar pero, ¿Sí quedaba algo realmente?

 

Suspira y terminé apoyándome contra la encimera de la cocina, permitiendo que el frío café terminará de hacerme compañía.Vaelior ya se había ido, como todos los días siempre se iba temprano. Él siempre terminaba yéndose, antes de que yo pudiera siquiera preguntarle cosas que él ni siquiera tenía ganas de responder. En aquel momento el apartamento se sintió inmenso, aunque no era grande el silencio pesaba sobre las paredes, sobre el suelo y , también sobre la mesa donde las orquídeas seguían descansando.

 

Ni siquiera supe cuánto tiempo me quedé mirando aquellas flores. Pensando en todas las veces que creí que él me conocía realmente. Pensando en todas las veces en las que creí que sí me amaba, pero una simple lección, una flor equivocada decía mucho más que mil palabras.

 

No sabía realmente quién era yo.

 

O tal vez nunca le importó.

 

Las orquídeas seguían sobre la mesa, y el ardor se había vuelto insoportable.

 

Al principio, era solo un picor leve, un cosquilleo en la piel, como una advertencia susurrada por mi cuerpo. Pero luego, el malestar se extendió. La sensación de ahogo llegó como una sombra lenta, envolviéndome, presionando mi pecho, robándome el aire.

 

Me quedé allí, de pie frente a la mesa, con la vista perdida en los pétalos pálidos de las flores que él me había dado, intentando ignorar la punzada de realidad que se hacía más fuerte cada segundo.

 

No solo me había olvidado.

 

Nunca lo había sabido.

 

El ardor aumentó, y con él, el peso en mi pecho. Intenté respirar profundamente, pero el aire no llegaba.

 

Mi garganta comenzó a cerrarse.

 

Mi cuerpo lo sabía.

 

Mi asma.

 

Pero no hice nada. No reaccioné.

 

No porque no pudiera. Sino porque, por primera vez, no quería.

 

Entonces, todo pasó en un instante.

 

El sonido de la puerta abriéndose. El golpeteo apresurado de pasos contra el suelo. Un jadeo entrecortado de sorpresa. Y luego…

 

Las bolsas cayendo.

 

Un estruendo seco al tocar el suelo, seguido de un grito que atravesó el aire.

 

—¡Dios santo, niña! —La voz de Eriska llegó como un trueno.

 

Antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera siquiera procesar lo que estaba sucediendo, sus manos estaban sobre las mías, cálidas, firmes, llenas de urgencia.

 

—¡Nyxara! — exclamó , su voz tenía un temblor que nunca había oído en ella antes— ¡Respira!...¡Vamos!

 

Pero no podía.

 

Mi pecho se negaba a cooperar, la sensación de ahogo era demasiado fuerte, demasiado profunda. La alergia. El asma. Todo estaba en mi contra.

 

Eriska me sacudió con fuerza, sus ojos recorriendo mi rostro con un miedo que no podía ocultar.

 

—Tonta...¡¿Olvidaste que eres alérgica a las orquídeas?!

 

No respondí...

 

Porque la respuesta era más cruel de lo que quería admitir.

 

Él lo había olvidado...Olvido que soy alérgica a ellas , y que ni siquiera son mis favoritas .

 

Mis labios temblaron, y en ese instante, la barrera dentro de mí se rompió.

 

El llanto llegó sin previo aviso, ahogado al principio, pero luego fuerte, e intenso después.

 

Eriska me sostuvo, su agarre en mis manos se volvió más suave, pero no menos firme.

 

—Mi niña… ¿Qué te han hecho? —susurró, con la voz cargada de un dolor ajeno, pero profundo.

 

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

 

—No me ama —murmuré entre sollozos—. Nunca me amó.

 

Eriska inhaló lentamente, su expresión cambiando, volviéndose más dura, pero no por enojo. Por tristeza.

 

—No digas eso… —murmuró, aunque en su voz no había convicción real.

 

Negué con la cabeza, sintiendo el ardor en mis ojos, el temblor en mis dedos, la debilidad en mi cuerpo.

 

—Es la verdad. Soy un reemplazo.

 

La frase era una sentencia. La sentencia de mi propia insignificancia.

 

Eriska me miró durante varios segundos, luego, sin decir nada, tiró suavemente de mi brazo hasta hacer que mi cabeza descansara sobre su hombro.

 

Sus manos recorrieron mi espalda con movimientos lentos, rítmicos, como si intentara calmar no solo mi llanto, sino todo lo que llevaba dentro.

 

—No eres un reemplazo —dijo al fin, con una certeza que me dolió— Eres una persona, Nyxara. Una persona que merece ser amada por quien realmente es. Eres hermosa sin duda, Vaelior es un idiota.

 

Apreté los labios, sintiendo la presión creciente en mi pecho.

 

Sabía que tenía razón.

 

Lo sabía.

 

Pero entonces, ¿por qué aún quería creer en él?

 

Por un largo rato, no dijimos nada más.

 

Solo permanecí ahí, con mi cabeza sobre su hombro, mientras el sonido de mi propia respiración difícil era lo único que llenaba el espacio.

 

Y por primera vez, no quise sentirme mejor.

 

Porque el dolor, aunque cruel, era lo único que me hacía sentir algo real.

 

Las lágrimas seguían cayendo, deslizando su calor sobre mi piel fría, una contradicción perfecta de lo que sentía por dentro.

 

Eriska no se movía. Me sostenía con paciencia, con una ternura silenciosa que me decía todo sin necesidad de palabras.

 

Pero mi cuerpo no estaba reaccionando bien.

 

El ardor en mi piel aún latía, mi pecho seguía cerrándose, la presión en mi garganta era cada vez más fuerte.

 

Mi asma.

 

Ella se dio cuenta antes que yo.

 

—Nyxara, ¿Dónde está tu aparato? —preguntó de golpe, separándome lo suficiente para ver mi rostro.

 

Intenté hablar, pero sentía que mi garganta se cerraba. No podía y , el aire se negaba a llegar a mis pulmones.

 

Eriska no espero mi respuesta, ella sabía exactamente dónde buscar así que rápidamente se puso de pie y, empezó a moverse por la habitación como si conociera cada espació de ella mejor que yo. Y tal vez sí era así, tal vez ella al fin y al cabo siempre había sido la única persona en este mundo que realmente me conocía.

 

Cuando volvió, tenía el inhalador en sus manos.

 

—Vamos, respira, niña —dijo con un tono firme, pero lleno de urgencia.

 

Tomó mis manos, colocó el aparato en ellas y esperó.

 

Mi pecho se agitó cuando finalmente presioné el mecanismo y el aire entró.

 

Por unos segundos, todo se detuvo.

 

Los pulmones volvieron a abrirse, el ahogo se disipó, y el mundo dejó de ser un túnel oscuro.

 

Eriska suspiró con alivio cuando me vio reaccionar.

 

Pero yo… Yo solo deseaba llorar más y más . Y lo hice.

 

No pude evitar hundirme en ella, en su cálido abrazo, después de todo era la única presencia que siempre había estado para mí.

 

—No quiero más esto… —murmuré contra su hombro, sintiendo que mi voz se quebraba.

 

—Ya.. Sshh… — pronunció Eriska, acariciando mi espalda— Ya pasó..

 

Pero no había pasado , porque el verdadero dolor no estaba solo en mi pecho , ni en mi piel irritada. El verdadero dolor estaba en mi corazón y, eso no tenía cura.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP