Mundo de ficçãoIniciar sessão
Nyxara se levantó con el mismo sonido familiar de siempre: una puerta cerrándose con violencia. No hacia falta mirar el reloj para saber lo tarde que era. Porque siempre era tarde, siempre lo era. Vaelior había regresado a casa, aunque "casa" era una palabra demasiado buena y generosa para aquel espacio que ambos ocupaban juntos. En su mundo, ella era algo poco más que un mueble, era solo una presencia que para el solo tenía utilidad solo cuando él así lo quería.
Desde su habitación, podía escuchar el sutil tintineo de las llaves sobre la mesa y el murmullo apenas perceptible de su voz. Que sabía que no era para ella. De hecho, nunca lo era. Desde el día en el cuál su supuesto "amor verdadero" había regresado, todas sus conversaciones sólo eran para ella, sus regalos eran para ella, sus pensamientos y hasta incluso su tiempo, todo eran para ella. Nyxara para él solo era un pésimo recuerdo equivocado, una presencia innecesaria, una figura reemplazable. Sé paró con absoluta tranquilidad. Sus pies descalzos apenas habían alcanzado a hacer un poco de ruido sobre aquel suelo frío cuando decidió abandonar la habitación. Vaelior se encontraba allí, de pie en la sala, quitándose el reloj de su muñeca con absoluta tranquilidad y despreocupación, como si no hubiera dejado a una esperando en casa, sola, como si todo lo que había ocurrido y quedaba entre ellos para él ya no importaba. Y eso era cierto, porque la realidad era que para él, ya no lo hacía. —Otra vez llegando tarde —Su tono era un susurro, pero el leve temblor en su garganta era algo que ella no podía evitar. Vaelior no se limitó si quisiera en levantar su vista y mirarla, lo que hacía que el momento se volviera algo frustrante. —Tenía muchas cosas que hacer. Nyxara intentó reírse, eso era lo que más quería en ese instante, pero estaba consiente de que no podía. La verdad era que su triste realidad era absurda, demasiado absurda. Estaban casados. Por Dios, eran tres años de matrimonio, tres años en los cuales habían estado juntos, en donde ambos compartían la misma rutina de siempre, las mismas paredes. Y aún así, ella para él seguía siendo invisible. Vaelior se limitó a desabotonar los botones de su camisa con unos movimientos pausados, su atención perdida en otro lugar que no fuera ella, en otra persona, y en otro rumbo en donde Nyxara no tenía permitido existir. —¿Te tomarías la molestia de al menos avisar cuando volverás a casa o no?— inquirió ella, manteniendo su voz baja, sabiendo que de todos modos, su respuesta no cambiaría nada. Y aún sabiendo esto, aún así quiso preguntar. Pero él solo suspiro cansado. Cansado de ella. —Nyxara, yo no tengo porqué darte explicaciones respecto a lo que hago.— Exclamó, mientras su mirada encontraba la de ella, pero en esos ojos no había nada, hace tiempo que no lo había. Ninguna emoción. Ningún reconocimiento o culpa. Solo había una absoluta indiferencia. — Deberías acostumbrarte. Al escuchar aquellas palabras, los ojos de ella empezaron a arder. Acostumbrarse. Esa era la sentencia final. La confirmación de que ya no había espacio para ella en esa historia. Se quedó en silencio mientras Vaelior se giraba, como si la conversación nunca hubiera ocurrido. Como si la realidad de su desprecio no fuera algo que le destruyera el pecho a diario. Nyxara apretó los labios, sintiendo el peso del aire, la humedad de sus propias emociones atoradas en su garganta. Y entonces, algo dentro de ella decidió quebrarse. —¿Cuánto tiempo me queda? —preguntó, su voz cortando el silencio. Vaelior se detuvo a mitad de camino. No se giró. Pero tampoco respondió. —Dime al menos eso —insistió Nyxara, dando un paso hacia él. —¿Cuánto tiempo antes de que finalmente me deseches? El hombre soltó un bufido, un sonido seco, breve. —No seas dramática. Dramática. Porque para él, su dolor no era real. Nyxara exhaló, sintiendo cómo el aire le quemaba los pulmones. —Solo dime cuánto tiempo me queda antes de que me reemplaces completamente. —Esta vez, su voz fue más firme. Vaelior giró levemente el rostro. Su expresión era fría, distante. Y entonces, lo dijo. —En un mes. Fueron dos palabras, fueron esas dos palabras que no deberían haber dolido tanto, pero lo hicieron. Porque significaban el final. Porque significaban que su amor nunca había sido suyo, que su vida con él siempre había sido temporal. Vaelior no agregó nada más. No había disculpas. No había dudas. No había dolor. Solo certeza. Nyxara bajó la mirada, sintiendo cómo el mundo a su alrededor se volvía borroso. Se sentía tan pequeña. Tan sola. Vaelior se movió sin mirarla otra vez, caminó hacia la cocina, tomó agua, envió mensajes en su teléfono con una sonrisa que nunca había sido para ella. Y Nyxara entendió que nada iba a cambiar. Que el amor nunca había existido. Se dio la vuelta con una sensación hueca en el pecho. No sabía si podía seguir soportando esto. Pero no tenía opción. No todavía.






