Mundo ficciónIniciar sesiónLas velas terminaron apagándose poco después de la llamada. No las soplé para extinguirlas, simplemente se consumieron por sí solas como si también se hubieran rendido, era como si entendieran lo inútil que había sido la espera.
La comida aún sería servida sobre la mesa perfectamente intacta jamás me había parecido tan tonta la idea de celebrar un aniversario ¿Celebrar que?¿ La soledad?o ¿El rechazo disfrazado de rutina? ¿El rechazo y el silencio de una relación que ya no tenía voz? No pude evitar cerrar los ojos por un momento, esperando que al abrirlos todo esto fuera distinto ...que fuera diferente. Que él apareciera y que dijera algo, que hiciera algo.. pero la casa seguía vacía, estaba igual sola y desolada. Y fue entonces, que por primera vez en mucho tiempo, supe lo que era sentir miedo. No fue por el futuro, ni por el dolor. Si no pensar en la posibilidad, de que solo quizás todo esté tiempo todo había sido así. Y solamente yo no me di cuenta de eso. Me puse de pie, y con movimientos lentos caminé hasta la ventana, la toqué y sentí el frío vidrio en la palma de mi mano. Afuera la calle solo era un simple reflejo de mi propia realidad, quieta, distante y , totalmente ajena a mí. Mi teléfono seguía sobre la mesa. Sin mensajes. Sin llamadas. Suspiré, dejando caer la cabeza contra la pared. Si alguien me hubiera dicho hace tres años que estaría aquí, esperando a un hombre que no me quiere, en una casa que nunca sentí como mía, con un amor que tal vez nunca existió, ¿lo habría creído? No lo sé. Lo único que sé es que estoy cansada. Cansada de esperar. Cansada de amar sola. Me giré hacia la mesa una última vez, observando la cena intacta, el vino sin abrir, la sombra larga de la decepción reflejada en las paredes. Entonces, finalmente apagué la luz. La noche terminó, y con ella, algo dentro de mí también comenzó a desaparecer. Me dormí abrazada al silencio. El aire dentro de la habitación se sentía pesado, como si la decepción de la noche aún se aferrara a las paredes. No sé en qué momento el sueño me venció, pero cuando desperté, la oscuridad seguía ahí, solo alterada por la luz tenue del reloj digital sobre la mesita. 3:17 a.m. Fue entonces cuando lo sentí. Un roce cálido sobre mi abdomen. Un peso leve en el colchón. Vaelior. La fragancia de su loción, la familiaridad de su tacto, todo estaba ahí, como una presencia que llegaba demasiado tarde, como una sombra que intentaba fingir ser luz. No abrí los ojos. No pregunté nada. Solo dejé que su brazo descansara sobre mí, permitiendo que su cuerpo se acomodara junto al mío en la cama. Dejé que el momento existiera, aunque no supiera qué significaba. Su respiración era pausada, tranquila. Como si todo estuviera bien. Como si no hubiera desaparecido durante horas. Como si no hubiera ignorado nuestro aniversario. Como si no hubiera nada roto entre nosotros. Esa fue la mentira más grande. Pero aun así, cerré los ojos, ahogué las palabras que querían escapar de mi garganta, y me convencí de que mañana sería diferente. Mañana… La mañana llegó sin él. El lado de la cama donde debería estar ya estaba frío. Se había ido temprano. Suspiré, sintiendo el peso de la ausencia aún clavado en mi pecho. No había palabras que pudieran explicar lo que sentía. No había respuesta clara sobre si debía alegrarme porque al menos había vuelto, o si debía hundirme en la certeza de que seguía huyendo de mí. Me levanté lentamente, sintiendo la rigidez de mis músculos por la incomodidad de una noche que no me perteneció. Me metí a la ducha, dejando que el agua caliente intentara aliviar algo de la tensión, aunque el cansancio no se iba. Era un agotamiento distinto, más profundo, más real. Cuando finalmente me vestí y caminé hacia la cocina, el aroma del café me dio una falsa sensación de normalidad. Me serví una taza, intentando convencida de que esto era un nuevo día. De que algo iba a cambiar. De que todavía podía cambiar. Y entonces lo vi. Las flores. Frente a mí, un ramo de orquídeas perfectamente envuelto en papel blanco, sujetado por una cinta plateada. Mi pecho se apretó en una extraña confusión. ¿Por qué orquídeas? Antes de que tuviera tiempo a reaccionar, Vaelior apareció frente a mí, con esa misma expresión en su rostro tan casual que me hacía imposible poder descifrar lo que pasaba por su mente. —Son para ti. Su voz fue tranquila, como si no hubiera nada extraño en la situación. Miré las flores. Eran hermosas, sí. Pero no podía evitar la sensación incómoda en el fondo de mi conciencia. No me gustan las orquídeas. No solo eso. Soy alérgica a ellas. Me quedé en silencio, observando las flores con una sensación extraña en el pecho. ¿Lo había olvidado? Claro que lo había olvidado. Porque, quizás, nunca lo supo realmente. —Perdón por lo de anoche —Vaelior habló de nuevo, su tono sin peso real de arrepentimiento. —Sé que debí llegar antes. Me obligué a sonreír. A pretender que todo estaba bien. A sostener aquellas flores aunque mi piel ya comenzaba a picar ligeramente por la cercanía. No dije nada sobre la alergia. No dije nada sobre el olvido. Porque si lo hacía, arruinaría el momento. Y ya había demasiado arruinado entre nosotros. Vaelior se acercó, su mano rozando mi mejilla con la misma familiaridad de siempre. Me miró con algo que quería parecer ternura, pero en el fondo, solo era hábito. Me dejó un beso en la frente. Su contacto fue frío. Distante. Como si besara a una amiga. Como si besara a alguien que debía besar. Nada más. —Nos vemos en la noche —murmuró antes de salir, su chaqueta sobre su hombro, su teléfono ya en su mano antes de que la puerta se cerrara. Las flores aún estaban en mis manos. Los pétalos suaves, las formas delicadas, todo seguía igual. Excepto yo. Yo ya no era la misma. Y tal vez nunca lo fui para él.






