Extra I • El comienzo de para siempre.
El camino de grava crujía bajo las ruedas del coche, un sonido rítmico que marcaba el final de la espera. Cada metro que nos acercaba a la cabaña, a nuestro paraíso aislado, era un latido más en la tensión que se había tejido entre nosotros durante meses. Lo veía al volante, con la mandíbula tensa, y yo sentía en el aire espeso del interior del coche la misma electricidad que me recorría la piel. La espera había terminado. Éramos solo nosotros dos en ese rincón del mundo, y nada, absolutamente nada, podría detener la explosión que estaba a punto de ocurrir cuando nuestros cuerpos volvieran a encontrarse.
Richard aparcó el coche y el silencio que siguió fue casi ensordecedor. Se giró hacia mí, y sus ojos, color avellana, brillaban con una intensidad que me atravesó hasta lo más profundo. No era una mirada inquisitiva, ni una pregunta velada; era una afirmación, un fuego contenido que me robó el aliento antes de que pudiera siquiera reaccionar.
—¿Lista para esta noche? —murmuró, su voz