Me quedé quieta, observando a Richard mientras abría los resultados. Cada movimiento suyo parecía medido, deliberado, como si tuviera todo el tiempo del mundo para descifrar algo que yo temía enfrentar. Mi respiración se volvió irregular; mi estómago se revolvía y mis manos se aferraban a la camilla como si fueran la única ancla que me quedaba. No podía apartar la vista de él, aunque cada segundo lo hacía más imponente, más impenetrable.
Vi cómo sus ojos recorrían el papel con frialdad, pero ta