114• Todo termina aquí.
Había pasado una semana desde el nacimiento de nuestra pequeña Ruby.
Richard y yo habíamos dejado el hospital mucho antes que él, pero después de notar que su recuperación avanzaba mejor de lo esperado —y tras sus incansables súplicas por volver a casa—, los médicos finalmente le dieron el alta. Y así, oficialmente, comenzamos a vivir como una familia de tres. O de cuatro, si contábamos a Lana, que seguía viviendo con nosotros y cuya ayuda con la bebé había sido invaluable.
Sin embargo, desde hacía dos días nos habíamos quedado solos. Lana había salido de viaje.
El monitor de Ruby sonó a nuestro lado en plena madrugada. Richard y yo dormíamos profundamente cuando el llanto atravesó la habitación como un hilo de alarma directa al pecho. Abrí los ojos de inmediato, sobresaltada. Richard hizo lo mismo.
Me incorporé primero.
—Descuida, puedo ir yo —le dije al verlo buscar el bastón con el que aún se apoyaba—. Recuerda lo que dijo la doctora. Tienes que descansar, mi amor.
Aún no podía apo