03

La luz del sol se filtró por los ventanales inteligentes del penthouse, aclarando los cristales de forma automática. Alisson abrió los ojos y el primer sonido que registró fue el de su propio corazón latiendo con fuerza contra sus sienes. El peso del brazo de un hombre rodeando su cintura la hizo reaccionar con un pavor gélido.

Giró la cabeza milímetro a milímetro. A su lado, Massimiliano Fitzwilliam dormía profundamente. Alisson sintió que el pánico le cerraba la garganta al recordar la mesa de mármol y la entrega absoluta de la noche anterior. Sin pensarlo, se deslizó fuera de las sábanas, recogió su ropa con manos temblorosas y se vistió en un silencio sepulcral. Salió del edificio como un fantasma, huyendo de milagro antes de que el mundo despertara.

Al entrar en su pequeño departamento, el silencio la golpeó. Se sentía sucia, tonta y aturdida. Se dejó caer contra la puerta cerrada, abrazando sus rodillas mientras los sollozos empezaban a escapar de su garganta. ¿Cómo había pasado de un ascenso y una decepción amorosa a la cama de un extraño?

—Soy tan patética —sorbió por la nariz.

En ese momento, su teléfono vibró en el bolso. La pantalla iluminó la penumbra del pasillo: "Julian llamando". Alisson miró el nombre y sintió una náusea violenta. El hombre que la había ignorado la noche anterior para seguir con otra mujer ahora buscaba su atención. Con un movimiento brusco y lleno de rabia, colgó la llamada. No quería hablar con nadie. No quería explicaciones de Julian, ni quería recordar el nombre de aquel hombre con el que pasó la noche. Se hundió en su cama, llorando hasta que el agotamiento la venció, deseando que todo fuera una pesadilla inducida por el alcohol.

Por su lado, Massimiliano despertó poco después, sintiendo una ligereza extraña. Había dormido a pierna suelta como hace mucho no podía; ni siquiera había necesitado de los somníferos que solían ser su única tregua. Al estirar la mano y encontrar el lado de la cama vacío, se sintió aliviado. Ella se había ido.

Se sentó en el borde del colchón, frotándose las sienes; Jamás se permitía perder el control, y menos con una desconocida que lo había insultado antes de besarlo.

—Maldita sea, Massimiliano. ¿En qué estabas pensando? —se recriminó en voz baja, mirando el desorden de las sábanas.

Al levantarse para buscar su ropa, algo brilló intensamente sobre la alfombra, cerca del borde de la cama. Se agachó y lo recogió. Era un brazalete de plata, delicado pero firme, con unas iniciales grabadas profundamente en el metal: A. A. H. S Sostuvo la pieza en su mano, sintiendo el frío del metal contra su palma. Concluyó que tal vez era algo con un alto valor sentimental para esa mujer, dada la naturaleza del grabado. En lugar de dejarlo sobre la mesa de noche para que el servicio lo encontrara, o tirarlo a la basura para borrar la evidencia, Massimiliano lo cerró en su puño y lo guardó. Quizás, aunque su mente lógica le decía que no lo deseaba, su instinto sabía que volvería a cruzarse con ella.

Supo que debía espabilar todos sus sentidos al ver la hora. ¡De volada empezó a vestirse para ir al trabajo! Ser puntual era un ritual para él, ese día no sería la excepción.

Más tarde, en su oficina, su asistente entró con una pila de documentos. El joven, que conocía perfectamente los estados de ánimo de su jefe, notó de inmediato que Massimiliano no estaba prestando atención a los balances financieros habituales. Lo vio con la mirada perdida en el ventanal, acariciando algo dentro de su bolsillo con una expresión ausente que jamás le había visto.

—Señor... ¿se encuentra bien? Parece algo distraído hoy —se atrevió a preguntar el asistente con cautela.

Massimiliano reaccionó de inmediato, sacando la mano del bolsillo y adoptando su postura rígida y gélida de siempre.

—Estoy bien. Solo revisaba mentalmente unos informes de evaluación —disimuló, aunque el brillo de sus ojos lo delataba.

El asistente procedió a informarle sobre los asuntos pendientes, pero antes de salir, recordó el tema que Massimiliano había estado postergando por meses.

—Su padre llamó de nuevo, señor. Insiste en que ya es hora de que usted tome las riendas de la compañía familiar de marketing y publicidad. Dice que los números han sido mediocres en los últimos tres años y que solo usted puede salvar el prestigio del apellido.

Massimiliano guardó silencio durante un largo minuto, mirando hacia el horizonte de la ciudad. Por alguna razón, la idea de ir a esa compañía ya no le resultaba tan tediosa.

—Dile que acepto. Seré el nuevo director, aunque tengo condiciones —sentenció con una seguridad cortante—. Programen mi visita oficial dentro de dos meses. Quiero que todo esté impecable para mi llegada.

El asistente asintió y salió, dejando a Massimiliano a solas con sus pensamientos. Él volvió a sacar el brazalete de plata, trazando las iniciales A.A.H.S con el pulgar. El destino parecía direccionar sus pasos hacia ella otra vez, y esta vez, sería bajo sus propias reglas.

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