Mundo ficciónIniciar sesiónAlisson comenzó a guardar sus pertenencias con movimientos mecánicos, sintiendo que el cuerpo le pesaba una tonelada. De pronto, al inclinarse para recoger su bolso, el mundo se inclinó con ella. El suelo de la oficina pareció ondularse y una mancha oscura invadió su visión periférica.
—¡Harper! —el grito de Massimiliano sonó lejano, como si viniera desde el fondo de un túnel. Antes de que sus rodillas tocaran el alfombrado, unos brazos fornidos y firmes la atajaron. El calor del cuerpo de Massimiliano la envolvió, y por un segundo, sus brazos fuertes fueron lo único estable en su universo. Él la sostuvo con una fuerza que desmentía su frialdad habitual; sus ojos azules, por un breve instante, perdieron su brillo gélido para llenarse de alarma genuina mientras escaneaban el rostro pálido de ella. —Estoy bien... suélteme —susurró Alisson, recuperando el aliento y apartándose con torpeza en cuanto sintió que la sangre regresaba a su cabeza. Massimiliano la soltó, pero sus manos quedaron suspendidas en el aire un segundo, como si sus dedos se resistieran a perder el contacto, antes de cerrarse en puños y volver a sus costados. —Váyase a casa. Peter la espera abajo para llevarla —ordenó, recuperando su máscara de piedra. —No es necesario. Tomaré un taxi por mi cuenta —respondió ella sin mirarlo, escapando de la oficina antes de que él pudiera replicar. Massimiliano la vio irse, en el fondo sentía irritación y una preocupación que se negaba a admitir. Bajó al estacionamiento y subió a la parte trasera de su auto, donde Peter ya estaba al volante. El trayecto fue silencioso hasta que el asistente se atrevió a romper el hielo. —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Peter por el espejo retrovisor. —Sí —mintió Massimiliano en un susurro casi inaudible, mirando las luces de la ciudad pasar. Pero en su mente, la imagen de Alisson desvaneciéndose se repetía como una cinta defectuosa. Al día siguiente, Massimiliano decidió que no volvería a ser "delicado". Su breve momento de humanidad se había transformado en una coraza aún más dura, como si necesitara castigarla por haberlo hecho sentir vulnerable. Hizo llamar a Alisson a su oficina apenas el reloj marcó las ocho de la mañana. Cuando ella entró, él ni siquiera levantó la vista de su escritorio. —Estos son los tres nuevos proyectos de la cuenta regional —le explicó él, deslizando una pila de carpetas que pesaban más que el sentido común—. Quiero los análisis de mercado, las propuestas visuales y el desglose de presupuesto para mañana al mediodía. Alisson sintió un nudo en la garganta. El cansancio le quemaba los ojos y las náuseas de la mañana apenas le habían dado tregua. —Señor... esto es demasiado para una sola persona en veinticuatro horas. Tengo el plan de medios de Luxe pendiente y... —¿Está objetando una orden directa, Harper? —Massimiliano levantó la vista, y sus ojos azules eran dos cuchillas—. Si no puede manejar el ritmo de esta agencia, quizás debería haberme dejado su carta de renuncia. Alisson apretó los puños debajo de la mesa. Quería gritarle que era un tirano, un jefe desconsiderado y explotador. Abrió la boca para defenderse, pero al ver la expresión implacable de él, sus hombros cayeron. —No, señor. Estará listo —susurró ella, tomando las carpetas con manos pesadas. —Retírese. Y no quiero errores —sentenció él, volviendo a su trabajo como si ella ya no existiera. La jornada fue eterna. Alisson trabajó sin descanso, saltándose el almuerzo porque el simple olor a comida la enfermaba. Cerca de la medianoche, el silencio en la oficina era absoluto. Massimiliano salió de su despacho y vio que la única luz encendida era la del escritorio de Alisson. Ella se había quedado dormida sobre sus brazos cruzados, rendida por el agotamiento. Él se quedó ahí, de pie, observándola durante un tiempo que no supo medir. Su mirada bajó hacia el escritorio y notó que, bajo el brazo de ella, había una libreta personal abierta. No era una agenda de trabajo; era un diario de hojas color crema. Movido por una curiosidad que sabía que era una invasión intolerable, Massimiliano deslizó la libreta con cuidado extremo. Sus ojos se clavaron en las últimas líneas, donde la tinta parecía haber corrido por gotas de lágrimas: "Ocho semanas y el miedo no se va. ¿Cómo voy a protegerte si ni siquiera puedo protegerme de mi propia madre? Ella dice que eres un estorbo, pero para mí eres lo único real que me queda. Me aterra ver a Massimiliano todos los días... Él no sabe que llevo su sangre dentro de mí. ¿Cómo decirle a Massimiliano Fitzwilliam que va a ser padre?" El mundo de Massimiliano se detuvo. El aire en sus pulmones se volvió plomo. Padre. Sus dedos apretaron los bordes de la libreta con tanta fuerza que el papel se arrugó. En ese momento, Alisson soltó un suspiro y despertó. Al subir la vista, se encontró con esos ojos azules tormentosos mirándola con una intensidad que la hizo estremecer. Su corazón dio un vuelco de pánico al ver lo que él tenía en las manos. —Señor... —empezó a decir, incorporándose de golpe—. Yo... lo siento, ya casi termino... —¿Es verdad? —la interrumpió él. Su voz era un rugido contenido. Dejó la libreta sobre el escritorio, casi tirándola frente a ella. Alisson sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. Su secreto estaba expuesto. —Señor Fitzwilliam, yo... —su voz se quebró. —No me mientas, Alisson —rugió él, acortando el espacio hasta que pudo sentir su calor—. ¿El bebé que esperas es mío? Alisson asintió levemente mientras un sollozo escapaba de sus labios. Massimiliano cerró los ojos, procesando el golpe. Estaba furioso. La tomó del rostro con brusquedad, obligándola a mirarlo, sin rastro de ternura. Tras un silencio eterno, la soltó como si su piel le quemara. —No voy a tomar una decisión ahora —soltó él, con una calma que a ella la dejó pensando—. Esto es un inconveniente que no estaba en mis planes, Alisson. Piénsalo bien... nada de esto es una ventaja para ti, ni mucho menos para mí. No esperes que una confesión cambie el hecho de que no somos nada. Caminó hacia la puerta, pero el desprecio fue el detonante que rompió el miedo de ella. —¿Así de simple? —le gritó Alisson—. ¿Crees que puedes darte la vuelta y fingir que no tienes una responsabilidad? ¿Crees que me desharé de este bebé porque no encaja en tu agenda de Director General? Massimiliano se detuvo en seco y se giró lentamente. —Mide tus palabras, Alisson. Aquella noche te permití entrar en mi cama, pero no te di permiso para entrar en mi vida. Eres una empleada de esta agencia, y yo soy el hombre que te permite vivir. ¿Por qué debería siquiera tu nombre y el mío estar en la misma línea? Alisson apretó los dientes, negándose a dejarse avasallar más. —No quiero tu dinero ni tu apellido. Pero tendré a este bebé sin importar lo que pienses. No necesito que "asumas" nada. Massimiliano la observó como si fuera un error contable. —Ya veremos qué dice el tiempo de esa valentía tuya. Por ahora, limpia tu cara y vete a casa. Mañana te quiero aquí a primera hora. No creas que esto te exime de tus obligaciones. Salió de la oficina sin mirar atrás, dejando a Alisson sola bajo la luz amarillenta, temblando de rabia y con el corazón hecho pedazos.






