El penthouse de los Fitzwilliam se había transformado. Ya no era solo una fortaleza de cristal y acero desde donde Massimiliano dominaba la ciudad; ahora respiraba vida. Apenas habían pasado tres semanas desde el nacimiento de Aurora y Alistair, pero el cambio en el ambiente era absoluto. Sin embargo, esa mañana en particular, el salón principal recuperó por unas horas su antigua frialdad corporativa.
Los tres abogados principales de la firma que representaba a Lorenzo Santoro estaban sentados