Mundo ficciónIniciar sesiónOcho semanas. Alisson Harper sentía que cada uno de esos días había sido una batalla contra su propia memoria. Su ascenso a Directora Creativa Senior le exigía una energía que ya no tenía; su mente era vacilante entre el orgullo profesional y el recuerdo de una noche que no debía existir.
Esa mañana, el mundo decidió dejar de girar. Alisson se despertó con el cuerpo convertido en su propia prisión. El techo de su habitación parecía balancearse en medio de la nada. No era solo el agotamiento; era ese olor a café que subía desde el piso inferior lo que le revolvió el estómago de forma violenta. Se cubrió la boca y corrió al baño, cayendo de rodillas. Recordó las palabras de su compañera el viernes: "Alisson, estás enferma. Esos mareos no son normales". Con los dedos temblando tanto que casi no podía sostener la pequeña caja de la farmacia, realizó la prueba que adquirió tras esa duda sembrada. No, no estaba enferma, y ella sabía en el fondo que podía estar pasando, aunque aterrada. Los tres minutos de espera fueron un vacío de silencio absoluto, roto solo por el tic-tac de un reloj que parecía contar los segundos de su antigua vida. Cuando bajó la mirada, el veredicto fue instantáneo: dos rayas rojas, nítidas y crueles. —No... —su voz se quebró en un susurro—. Fue solo una vez. Una maldita vez. Esto tiene que ser un error... Un estrépito en la sala la hizo saltar. El sonido de la puerta golpeando la pared y el eco de unos tacones rápidos y erráticos anunciaron su segunda pesadilla del día: Brenda. Su madre entró en la habitación como un huracán azotando a su paso. Tenía el cabello rubio revuelto, el maquillaje corrido de la noche anterior y ese olor rancio a cigarrillos y desesperación que siempre la acompañaba tras una derrota en el casino. —¡Alisson! —gritó Brenda, empezando a hurgar en los cajones, tirando la ropa al suelo con violencia—. ¡Necesito dinero! Esos tipos me siguieron hasta la esquina. ¡Dame lo que tengas, ahora! —Mamá, detente... no tengo nada —Alisson intentó ocultar el test de embarazo tras su espalda, pero su palidez la delataba. Brenda se detuvo, sus ojos, que estaban inyectados en sangre se clavaron en el movimiento torpe de su hija. Con una agilidad felina y cruel, le arrebató el test de la mano. —¿Pero qué tenemos aquí? —Brenda soltó una carcajada cargada de veneno, una risa que no tenía rastro de alegría—. ¡Vaya! La hija perfecta, la que siempre me mira por encima del hombro, resultó ser una zorra descuidada. ¡Estás embarazada, Alisson! ¡Qué estúpida! —¡Devuélveme eso! ¡Es mi vida! —Alisson intentó recuperarlo, pero su madre la empujó hacia atrás con desprecio. —¿Tu vida? Si crees que voy a dejar de recibir mi parte porque ahora tienes un estorbo que mantener, estás muy equivocada —Brenda la tomó de la mandíbula con un tirón doloroso, obligándola a mirarla—. Deshazte de eso. No voy a permitir que un mocoso arruine mi flujo de caja. ¡Hazlo pronto o te arrepentirás! Brenda salió del departamento lanzando un último insulto, dejando a Alisson temblando en el suelo. El dolor de la mandíbula no era nada comparado con el frío que sentía en el alma. Siempre había estado sola, pero ahora, la soledad tenía el peso de una nueva vida. *** El lunes llegó con un sol frío. Alisson caminó por los pasillos de la agencia como un autómata. El ambiente estaba cargado; los empleados murmuraban en las esquinas y el nerviosismo se sentía en el aire. Intentó concentrarse en su laptop, pero los resultados de la clínica que guardaba en su bolso —"Embarazo confirmado: 8 semanas"— parecían quemar a través de la tela. Ya no solo era un test positivo, sino también pruebas de sangre que avalaron su temor. De pronto, el bullicio murió. Un silencio sepulcral, se extendió desde la recepción. El director de Recursos Humanos se aclaró la garganta, con una rigidez que Alisson nunca le había visto. —Atención a todos. Tras el retiro del señor Fitzwilliam, su hijo, el señor Massimiliano Magnus Fitzwilliam Lombardo, asume el cargo de Director General y Presidente a partir de este momento. El corazón de Alisson se detuvo. Un nuevo presidente llenaba de expectativas a todos. Las puertas del elevador se abrieron. Un hombre de estatura imponente avanzó por el pasillo central. Vestía un traje de tres piezas azul medianoche que parecía una armadura de poder. Cada paso de sus zapatos italianos resonaba contra el suelo de mármol con una autoridad que exigía sumisión. Alisson sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. Era él. No era un sueño, ni una mala jugada de su mente. El hombre que la había subido a su auto, el que le había curado la rodilla con una delicadeza inesperada y el que la había hecho gemir su nombre, era ahora su dueño profesional. Massimiliano escaneó la oficina con ojos profundos. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Alisson palideció tanto que tuvo que aferrarse al borde de su escritorio. Él no parpadeó. No hubo nada de sorpresa, ni un gesto de reconocimiento. Simplemente siguió de largo, como si ella fuera parte del mobiliario. Alisson pudo respirar cuando él ya no estuvo, mientras el resto hablaba sobre el imponente presidente, ella estaba temblando de los pies a la cabeza. Minutos después, Peter Jackson, se acercó a ella. —Señorita Harper. El señor Fitzwilliam Lombardo requiere su presencia. Ahora —señalo el asistente de ese hombre. —De acuerdo... Aunque no objetó, durante el trayecto iba cuestionándose por qué él querría verla. ¿Iba a despedirla? Claro, porque ella lo llamó asesino, le causó problemas esa noche y... batió la cabeza. Alisson entró al despacho presidencial con las piernas de gelatina. Massimiliano estaba de espaldas, observando la ciudad a través del ventanal como un monarca vigilando su reino. Más bien un tirano inalcanzable. —Tome asiento —ordenó. Su voz atravesó con fuerza su cuerpo, hasta se le erizó los vellos de la nuca, y luego algo más sintió que la obligó a apartar el recuerdo de ellos dos perdiendo el control. Ella se sentó en el borde de la silla. Massimiliano se giró lentamente y, sin decir una palabra, dejó caer un objeto sobre el escritorio. Clac. El sonido del metal de plata contra el mármol fue como un disparo. Era su brazalete: A.A.H.S —Lo dejaste olvidado —señaló, cruzando los brazos sobre su pecho. Su presencia invadía todo el espacio—. Huyes bastante bien para ser alguien que parece tan... propia. —Yo... no sabía quién era usted, señor —susurró ella, tomando la joya con dedos gélidos, es objeto que dio por perdido. Massimiliano se inclinó sobre el escritorio, acortando la distancia hasta que ella pudo oler de nuevo el perfume caro que gritaba poder y dominio. —Tu docilidad hoy es fascinante —murmuró con ironía—. Aquella noche eras una gata con garras que me llamaba asesino. ¿Cuál de las dos es la fachada real, Alisson? Ella bajó la cabeza. Quería gritarle que él también era diferente cuando perdía el control, pero el nudo en su garganta se lo impidió. —Solo estoy aquí como empleada y seguiré haciendo mi trabajo, es todo señor. —Escúchame bien —continuó él, y su voz se volvió aun más brusca —. A partir de ahora, somos desconocidos. Lo que pasó fue un error producto del alcohol y una mala noche. Lo he borrado de mi memoria, y te sugiero que hagas lo mismo si quieres conservar este puesto. Aquí no habrá tratos especiales, ni flexibilidad, ni pasado. ¿Fui claro? Las palabras fueron lanzas. Él estaba borrando la existencia de la criatura que ella llevaba dentro antes de saber que existía. Y, le parecía absurdo que metiera el alcohol, cuando él no no estuvo ebrio es anoche. Se contuvo, no iba a perder el empleo que tanto le costó mantener. —Perfectamente claro, señor Fitzwilliam —respondió ella, poniéndose en pie con la poca dignidad que le quedaba—. Si no tiene nada más que decirme, con su permiso. Alisson salió de la oficina con la espalda recta, aunque sentía que se desangraba por dentro. Tenía un secreto en el vientre, a un enemigo por jefe y a una madre que la odiaba. ¿Podría ser la vida peor y más cruel? Massimiliano, tras el encuentro, se sintió extraño. Verla allí después de semanas con la interrogante de que sería de ella, fue algo raro, pero no una sorpresa.






