Alisson miró hacia el cielo estrellado. Ya no era la chica que escribía historias de amor para escapar de su realidad; ahora era la protagonista del final más perfecto que su propia pluma hubiera podido imaginar. El apellido Santoro era una nota al pie en un libro de historia, y el apellido Fitzwilliam era ahora sinónimo de una familia que había elegido el amor sobre la guerra.
Se quedaron allí, abrazados, mientras la ciudad seguía su curso. Ya no tenían miedo a la prensa, ni a los secretos, ni