05

En menos de una semana, la oficina se había transformado en un campo de minas para todos, en especial para Harper. Massimiliano Fitzwilliam no era un director; era un tirano que exigía más que perfección, volviéndose el terror de cada pasillo.

Esa mañana, el estruendo de una carpeta golpeando un escritorio de cristal hizo que todos se tensaran en sus sitios. Desde su despacho, la voz de Massimiliano se filtró.

—¡Este informe es una basura! —rugió.

Un ejecutivo salió segundos después, con el rostro encendido de vergüenza y los papeles desordenados. Massimiliano era directo, estricto y terriblemente regañón. No aceptaba excusas y su gestión era un látigo de hierro que estaba agotando a todo el equipo. Para Alisson Harper, el desafío era doble: lidiar con las náuseas que le revolvían el estómago y con la indiferencia gélida de su jefe.

A media mañana, Massimiliano salió de su oficina y se detuvo justo frente al escritorio de Alisson. El silencio cayó sobre el área común.

—Señorita Harper —llamó él, sin mirarla directamente, pero su presencia llenaba todo su espacio personal—. El concepto para la campaña carece de alma. Parece el trabajo de alguien que tiene la cabeza en cualquier lugar menos en esta empresa.

Alisson sintió un pinchazo de indignación. Se puso en pie, sosteniéndose del borde de la mesa para disimular un ligero mareo.

—El concepto es humano, señor. Quizás usted está acostumbrado a vender solo frialdad, pero el público busca conexión.

Massimiliano se inclinó hacia ella, apoyando las manos en el escritorio. La cercanía era sofocante; Alisson podía oler de nuevo ese sándalo que la transportaba a su Penthouse. Su perfume costoso.

—Lo que el público busca es lo que yo le diga que busque —siseó él—. Quiero una revisión completa para esta tarde. Y Harper... asegúrese de que sus argumentos sean tan fuertes como su audacia para responderme. No me haga perder el tiempo.

Todos allí estaban atónitos.

"Si tan solo no me lo hubiera topado y pasado la noche con él, de seguro sería solo una sombra para él".

Más tarde, mientras Alisson caminaba hacia la impresora, sintió una mirada clavada en su nuca. Se giró y vio a Massimiliano a través de las paredes de cristal de su despacho. Él no estaba revisando documentos; la estaba observando a ella con una severidad que la hacía temblar.

No había rastro del hombre con el que estuvo su primera vez. Sin embargo, en ese cruce de miradas, Alisson detectó algo oscuro y hambriento en los ojos de Massimiliano, algo que él reprimía con una mandíbula tensa antes de volver a bajar la vista a sus informes financieros.

Aunque para ella solo era odio desmedido.

Esa noche, Massimiliano fue convocado a una cena en la mansión familiar. Lo que esperaba que fuera una reunión de negocios se convirtió rápidamente en una emboscada de linaje.

—Massimiliano, es hora de asegurar el legado —empezó su padre, cortando la carne con precisión—. Hemos hablado con los Sterling. Su hija, Isabella, es la prometida perfecta. Una unión estratégica.

El tenedor de Massimiliano golpeó el plato con un estruendo metálico.

—¿Un matrimonio arreglado? ¿En qué siglo creen que viven? —su voz estaba cargada de arrogancia y desprecio.

—Es lo que se espera de un Fitzwilliam Lombardo —insistió su madre—. Necesitas una mujer a tu altura, no una aventura cualquiera.

Massimiliano se puso en pie, su figura imponente ensombreciendo la mesa.

—Escúchenme bien. Manejo mi vida con la misma firmeza con la que manejo mis empresas. No me casaré con Isabella ni con nadie que ustedes elijan. Si vuelven a intentar controlar mi vida privada, mañana mismo presento mi renuncia y dejaré que esta compañía se hunda bajo el peso de su propia burocracia. ¿Quedó claro?

Sin esperar respuesta, abandonó la mansión con la furia quemándole el pecho.

Los días posteriores, el trabajo fue en aumento. Eran casi las diez de la noche y Alisson seguía en su puesto. El cansancio del embarazo, sumado a la presión de ser la Directora Creativa Senior bajo el mando de un tirano, la estaba quebrando.

Recibió un nuevo mensaje de su madre:

"¿Ya te deshiciste del estorbo? Necesito el dinero o iré a tu oficina a armar un escándalo".

Alisson cerró los ojos, sintiendo que las lágrimas luchaban por salir. Se obligó a concentrarse en los diseños, ignorando que, en la oficina del fondo, Massimiliano también seguía despierto. Él la observaba.

—¿Qué hago mirándola? —rugió él para sí mismo antes de intentar volver a lo suyo. Pero no pudo.

Su teléfono sonó. Era Peter.

—Señor, lo estoy esperando abajo.

—De acuerdo, ya bajo.

Massimiliano se puso el saco, apagó las luces y salió al área común. Alisson estaba encorvada sobre su escritorio, agotada, terminando el plan de medios que él le había exigido con una frialdad extrema esa mañana.

Al verla allí, tan pequeña bajo las luces fluorescentes y con los hombros caídos por el peso de una responsabilidad que él mismo le había impuesto, Massimiliano sintió un latigazo de culpa. Ese sentimiento no se había sentido tan intenso como ahora. Se detuvo a unos pasos de ella, observando cómo se frotaba las sienes con desesperación.

—Harper —dijo él, y su voz, aunque firme, ya no tenía el filo de la mañana.

Alisson dio un respingo, asustada.

—Señor... ya casi termino el plan de medios, solo me falta...

—Es suficiente por hoy —la interrumpió él, acercándose lo suficiente para notar la palidez de su rostro—. Váyase a casa. Es una orden.

Alisson lo miró con los ojos vidriosos, confundida por ese repentino cambio.

—Pero usted dijo que era urgente, que si no era perfecto...

—Dije que es suficiente —repitió él, y por un segundo, su mano amagó con tocarle el hombro, pero se detuvo a tiempo—. Recoja sus cosas. Peter está abajo, él puede pedirle un transporte seguro.

Él se quedó ahí, esperando a que ella apagara su laptop, sintiendo que la muralla de hielo que había construido entre ellos empezaba a agrietarse ante la imagen de esa mujer que, a pesar de todo, se esforzaba más que nadie. Massimiliano no sabía que estaba cuidando a la madre de su hijo, pero su instinto ya había empezado a reclamar su protección.

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