El silencio de su pequeño departamento era ensordecedor. Alisson tiró su bolso al suelo apenas cruzó el umbral y se dejó caer en el sofá, abrazando sus rodillas contra su pecho. La luz de las farolas de la calle se filtraba por la ventana, dibujando sombras alargadas que parecían burlarse de su miseria.
Las palabras de Massimiliano seguían repitiéndose en su cabeza como un eco venenoso: "No esperes que una confesión cambie el hecho de que no somos nada". La rabia le quemaba la garganta. ¿Cómo p