Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto se volvió una tortura. En tres ocasiones intentó sacarle una dirección coherente, pero Alisson solo respondía con gruñidos soñolientos o palabras masticadas que se perdían en el rugido del motor.
—¿Qué se supone aue debo hacer contigo? —se preguntó tambolireando los dedos sobre el volante. Él apretó el volante con fuerza. Lo que cruzó su cabeza es que tal vez podría dejarla en la acera de algún hotel, pero la paranoia empezó a carcomer su juicio. Si ella se caía, si alguien le robaba o si, por un golpe de mala suerte, la prensa la encontraba tirada tras haber bajado de su coche, su cabeza rodaría en la junta directiva. Era un problema que no quería vivir. —Maldita sea mi suerte —masculló, desviándose hacia la rampa privada de su edificio. Al llegar a su plaza de estacionamiento, el silencio del motor apagado no la despertó. Massimiliano rodeó el auto y abrió la puerta del copiloto. Fue entonces cuando la luz blanca del garaje iluminó la escena: Alisson tenía un raspón sangriento en la rodilla, producto de la caída en el asfalto. Una línea roja corría por su pierna pálida, manchando el tapizado de cuero. —Despierta —pidió él, moviéndole el hombro con brusquedad—. No pienso cargarte, muévete. Alisson entreabrió los ojos, desenfocada y profundamente gruñona. —Déjame... quiero dormir. Julian, apaga la luz... —murmuró, intentando ovillarse en el asiento. —No soy Julian y este no es tu maldito dormitorio. ¡Fuera! —Massimiliano perdió la poca paciencia que le quedaba. La tomó de los brazos y la sacó del auto casi a la fuerza. Ella soltó un quejido, tambaleándose. Él, paranoico, miró hacia todos lados buscando cámaras o vecinos curiosos. La arrastró prácticamente hacia el elevador privado que llevaba directo a su Penthouse. Afortunadamente, no hubo testigos. Al entrar al lujoso apartamento, Alisson ni siquiera reparó en los ventanales de piso a techo o los muebles de diseño italiano. Solo veía sombras borrosas. Massimiliano la dejó caer en el sofá de cuero negro, pero al ver que la sangre de su rodilla seguía goteando, soltó un suspiro de frustración. No podía dejarla así; su sentido del orden le impedía permitir que manchara su mobiliario. Fue por un botiquín. Cuando regresó, la encontró riendo como una tonta, tocando las estatuillas de la mesa de centro con dedos torpes. —¡Quieta! —le ordenó él con voz fuerte y ella dio un respingo, había sentido que hasta los vellos se le erizaron al escuchar su voz y una sensación en forma de cosquilleo dentro de su pecho, pero el miedo también era real. Alisson se asustó, levantando la cabeza. Lo vio borroso, pero imponente. De repente, solo supo que debía alejarse de él. Se levantó intentando escapar de él, tropezando con sus propios pies mientras Massimiliano solo la miró, intentando entenderla. —¡Tengo que irme de aquí! ¡Me has raptado! —acusó en un balbuceo que no se comprendió del todo, tambaleándose hacia el pasillo. Massimiliano la atrapó en dos zancadas. Fue pan comido. La rodeó por la cintura, pegándola a su cuerpo sólido. En ese momento, sus miradas se cruzaron. Él vio la inestabilidad en esos ojos verdes vidriosos y ella vio un par de zafiros que la penetraban. La tensión fue tan profunda, que Massimiliano cortó el contacto visual de inmediato, alzándola en vilo para sentarla sobre la mesa de comedor de mármol. —Cállate y no te muevas —sentenció. Él se arrodilló entre sus piernas y comenzó a levantar la falda de su vestido para alcanzar la herida. Alisson pasó saliva con dificultad. Desde esa altura, podía ver la perfección de su rostro: el cabello oscuro perfectamente peinado, las pestañas largas que enmarcaban sus ojos intensos y esa mandíbula varonil que se tensaba con cada movimiento. Él limpiaba la rodilla con una delicadeza que no encajaba con su tono de voz. Y ella estaba allí sintiéndose llena de emociones que distaban entre sí. —Debo estar en el cielo... solo en el cielo hay ángeles, aunque tú eres un.. —susurró ella, perdida en la neblina del alcohol. Massimiliano levantó la cabeza, arqueando una ceja con desprecio. —¿En el cielo? Deberías guardar silencio, mañana te vas a arrepentir de cada palabra —masculló. —Puede que tengas razón... —emitió bajito pero algo en su interior se rompió. Estaba harta de ser la chica buena, la mejor amiga ignorada, la empleada perfecta. Cuando él terminó y guardó el algodón, hizo amago de bajarla de la mesa, pero Alisson fue más rápida. En un movimiento impulsado por la audacia de la embriaguez, enganchó sus piernas alrededor de la cadera de Massimiliano y entrelazó sus manos en su cuello, obligándolo a quedar a centímetros de su rostro. —¿Qué demonios crees que haces? —gruñó él, con la voz volviéndose peligrosa. —No lo sé... —susurró ella sobre sus labios—. Quizás, estoy cansada de ser la que siempre sigue las reglas. Quiero sentir algo real, algo que me haga olvidar. Solo quiero vivir el momento. —¡Has perdido la cabeza! Solo... —se quedó a medias porque ella estampó sus labios sobre los suyos. Alisson lo besó. Fue un beso lleno de desesperación. Massimiliano intentó apartarla por un segundo, pero el gemido que ella soltó contra su boca fue el detonante. Su autocontrol, ese que tanto presumía en los negocios, se hizo añicos. Arremetió contra ella con un hambre que lo sorprendió a él mismo. —¿Esto es lo que quieres? —cuestionó con la voz más ronca de lo habitual. Alisson, fuera de sus cabales y queriendo borrar el recuerdo de Julian, asintió. La cargó, esta vez con una urgencia eléctrica, y caminó hacia su habitación principal. Alisson sintió que el mundo daba vueltas hasta que su espalda se hundió en la suavidad de la colcha de seda. El contraste del frío de las sábanas con el calor del cuerpo de Massimiliano la hizo arquearse. Él no se detuvo. Sus manos, antes delicadas con la herida, ahora eran posesivas. Besó sus muslos mientras la ropa desaparecía en la penumbra de la habitación. Alisson, lejos de asustarse, exigió más de esas caricias, enredando sus dedos en el cabello oscuro de él. Para ella, todo era un descubrimiento nuevo, una explosión de sensaciones que nunca había sentido con nadie. Para él, que había tenido a cientos de mujeres, esto se sentía extrañamente diferente. No era solo sexo; era como si algo real estaba derritiendo el hielo en él. Aquella noche, entre las sábanas de seda, Alisson Harper entregó todo de sí a un extraño. La primera vez que pasaba la noche con un hombre, que sentía que estaba entre las nubes y luego en caída libre.






