A kilómetros de allí, en la soledad aséptica de su lujoso penthouse, Massimiliano Fitzwilliam terminaba de arreglarse. Frente al enorme espejo de cuerpo entero, abotonaba los puños de su impecable camisa blanca hecha a la medida. Sus movimientos eran como los de un robot, precisos, pero su mente era un hervidero de pensamientos inconexos.
Se ajustó el cuello de la camisa y deslizó su reloj de titanio por la muñeca, pero antes de tomar el saco de su traje, sus ojos se desviaron hacia el pulido b