Mundo ficciónIniciar sesiónClara Soria cree conocer a su padre. Cree que es un policía honesto, un hombre que dio todo por protegerla. Pero cuando el destino la pone frente a Leonardo Vega, la verdad comienza a desmoronarse. Vega es el enemigo de su padre. Un hombre de 33 años, frío y calculador, que ha construido su imperio en las sombras. Y ahora tiene un plan: usar a Clara para destruir a Soria. Acercarse a ella en la galería de arte donde trabaja, ganarse su confianza, hacer que se enamore de él. Pero lo que Vega no espera es que Clara no sea una víctima fácil. Es lista, desafiante, y tiene preguntas que su padre nunca ha querido responder. A medida que la tensión entre ellos crece, el deseo se convierte en obsesión, y la venganza empieza a mezclarse con algo mucho más peligroso. Porque en el nido de alacranes, nadie sale limpio. Y cuando el amor se cruza con el odio, las consecuencias pueden ser letales.
Leer másGael desplegó un plano detallado sobre la mesa del centro mientras Dexter colocaba dos maletines pesados sobre la madera. El sonido de los cierres metálicos al abrirse retumbó en el salón, dejando al descubierto teléfonos satelitales y armas. —Me dediqué a escarbar en el bajo mundo y a mover a mis contactos antes de subirme al avión —dijo Gael, apoyando los puños sobre la mesa y mirando a Vega con tono victorioso—. Tuve a mi gente rastreando las propiedades fantasmas de Soria. El tipo se cree muy listo, pero dejó huellas en los negocios de la frontera. —¿Qué encontraste? —preguntó Vega, acercándose a la mesa con los brazos cruzados. —Soria tiene tres propiedades no declaradas —explicó Gael, señalando los puntos con el índice—. Un piso franco en el centro de Madrid, un almacén en Coslada que usa para mover mercancía y esta... una finca en Aranjuez que figuraba a nombre de una empresa ficticia. Vega soltó un bufido bajo y neg
Dexter, por orden de Vega, se había quedado conmigo y con Carmen en la cocina. Se colocó junto a la puerta, bloqueando el paso con su cuerpo ancho y el fusil listo en las manos. Carmen me tenía agarrada del brazo, temblando, mientras yo trataba de escuchar lo que pasaba en el pasillo.—Manténganse en silencio —nos dijo Dexter en un susurro, sin despegar la vista del marco de la puerta—. Si escuchan disparos, se agachan de inmediato.—¿Quién crees que sea? —le pregunté a Dexter en voz muy baja, sintiendo cómo el frío de la incertidumbre me quemaba la garganta.— Ni idea, pero si es tu padre, vino con sed de sangre, niña —respondió Dexter sin volverse—. Aunque no se lo vamos a poner tan fácil.No se veía nada hacia afuera desde donde estábamos, pero el silencio tenso de la casa hacía que cualquier crujido de la madera retumbara como un trueno. Escuché el chasquido metálico de la cerradura siendo forzada desde el porche trasero. Alguien estaba adentro o a punto de cruzar el umbral. Un se
El sonido del portazo retumbó en la habitación. Me quedé sola, con el pulso desbocado y el frío de la mañana volviendo a colarse por las paredes de piedra. —¡Maldita sea! —maldije entre dientes, caminando en círculos. No iba a quedarme encerrada como una idiota sin saber qué estaba pasando. Abrí la puerta con un cuidado extremo, procurando que el cerrojo no hiciera ni un solo ruido. Salí al pasillo en puntillas, descalza, y me fui acercando despacio al borde de la escalera. Desde ahí, asomándome lo justo entre los barrotes de la barandilla, pude ver la planta baja. En la penumbra del salón, los hombres de Vega se movían rápido, apostándose junto a las ventanas con los fusiles listos. Carmen estaba en una esquina cerca de la cocina, rígida, agarrando un paño contra su pecho. —¿Dónde están las camionetas? —preguntó Vega, con esa voz seca y de mando que no admitía réplicas. —A menos de quinientos metros —le respondió Dexter sin levantar la cabeza de la pantalla del portátil—. A
Me quedé parada en mitad del cuarto, mirando a Vega.—¿De verdad te vas a quedar ahí acostado tan tranquilo? —le pregunté cruzándome de brazos.—Tengo un cansancio encima que no me muevo de aquí ni aunque se caiga la casa —respondió con la voz ya ronca, sin abrir los ojos—. Apaga la luz anda.—No voy a dormir contigo.—Pues quédate de pie toda la noche, pero hazlo en silencio.Apreté los dientes. Estaba molida. La ducha caliente me había dejado el cuerpo pesado y las piernas me temblaban. Rabiosa y sin más opción, caminé hasta el interruptor, apagué la luz y me acerqué a la cama a oscuras.Me colé en el borde del colchón, pegándome lo más posible a la pared.—Si te pasas de listo, te juro que te arrepentirás —le advertí en un susurro.—Gacela, si quisiera algo contigo no esperaría a que te duermas —contestó él con una calma exasperante—. Duérmete ya.Le di la espalda, abrazando la almohada. El olor a su perfume llenaba las sábanas, pero el agotamiento fue más fuerte y caí rendida en u





Último capítulo