La oficina de Leonardo Vega olía a cuero caro, whisky y humo. El fuego de la chimenea era la única luz en la estancia, marcando en sombras su rostro duro. Estaba detrás del escritorio, arremangándose la camisa blanca con impaciencia.
—Dexter, no me hagas perder el tiempo. Habla de una maldita vez.
Dexter tiró un sobre de manila pesado sobre la madera. Con su metro noventa, la cabeza rapada y la cicatriz cruzándole la ceja, parecía lo que era: un perro de caza implacable.
—El comisario Soria tiene una hija —dijo con voz rasposa.
Vega soltó una risita seca, haciendo girar el vaso de whisky entre los dedos.
—Esa no es ninguna novedad. Clara Soria, veinticuatro años, empollona de Arte. ¿Crees que no tengo bien estudiado al hijo de puta que quiere meterme en la cárcel?
—Sabes quién es, jefe, pero no sabes cómo se mueve —respondió Dexter sin inmutarse—. Llevo dos meses siguiéndola a tus espaldas.
Vega levantó la vista, entrecerrando sus ojos negros.
—¿Dos meses?
—Quería traerte algo que sirviera, para no hacerte perder el tiempo.
Vega volcó el contenido del sobre sobre la mesa: fotos, un pendrive y hojas de informe.
—Suéltalo todo.
—Vive sola en Malasaña. Trabaja en la Galería Nacional. No consume drogas, ni sale mucho de fiesta. Parece la típica pijita correcta... hasta que alguien la toca donde no debe.
—¿A qué te refieres?
—Un imbécil intentó manosearla en un garito hace tres semanas. Ella no buscó ayuda: le reventó una botella de cerveza en la cabeza y lo dejó sangrando en el suelo. El comisario tuvo que mover hilos en silencio para borrar el altercado.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en la boca de Vega.
—O sea que la princesita del comisario tiene garras. Me gusta.
Vega empezó a pasar las fotos con los dedos. Clara caminando por la calle con un abrigo entallado. Clara en la galería con bata de trabajo. Clara en una cafetería, leyendo con la cara iluminada por el sol.
Pero los ojos de Vega no se quedaron en su cara. Bajaron por su figura: la línea de la garganta, la curva de las caderas y la forma en que la ropa se ajustaba a sus pechos firmes.
—Tiene un cuerpazo —murmuró Vega, pasándose la lengua por el labio inferior. El tono dejó de ser profesional para volverse puramente carnal—. Qué par de tetas tiene la santita. ¿Es todo natural o lleva plástico?
—Todo suyo, jefe —contestó Dexter—. Y no tiene novio. Las amigas dicen que los tíos le aburren rápido. Que ninguno la llena ni la hace sentir nada.
Vega soltó una carcajada oscura, sintiendo una punzada caliente entre las piernas.
—Eso es porque no ha probado a un hombre de verdad. Se aburre porque no la han follado como se merece.
Miró de cerca un primer plano de Clara: labios carnosos entreabiertos, ojos claros, una mezcla perfecta de inocencia y soberbia.
—Mírala... Tiene una cara de perrita a la que le gusta que le hablen sucio al oído mientras le aprietan el cuello.
—Hay algo más —añadió Dexter—. La chica no es tonta. Sospecha que su padre es un corrupto y anda metiendo las narices donde no debe. Intenta averiguar la verdad sobre la muerte de su madre, pero el comisario le frena todas las vías. Tuvieron una pelea fuerte justo frente a la comisaría y casi ni se hablan.
Vega se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La chispa del fuego se reflejaba en su mirada.
—Busca respuestas... y el único que se las puede dar soy yo.
—Exacto. Está desesperada por saber la verdad.
Vega tomó la foto del café y la apretó entre sus dedos. Su mente ya estaba uniendo la estrategia con el deseo más sucio.
—Es la jugada perfecta, Dexter. Voy a meterle la mano entre las piernas a la hija del comisario mientras le destruyo la vida al padre.
—Es lista, jefe. Si te descuidas, te la puede jugar.
—Que lo intente. Cuanto más dura sea, más me va a costar doblarla, y más voy a disfrutar cuando la tenga suplicando en mi cama.
Vega se levantó y caminó hacia la chimenea.
—Voy a acorralarla. Haré que se vuelva loca por mí y por cómo la voy a hacer sudar. Y cuando esté completamente enganchada y sepa toda la m****a de su padre, hará el trabajo sucio por mí. Ella misma le va a clavar el puñal por la espalda a Soria.
Dexter lo miró en silencio.
—¿Y cuando el comisario caiga? ¿Qué hacemos con la chica?
Vega se giró. Su mirada era de puro hielo, pero su boca mantenía una sonrisa enferma.
—Cuando ya no me sirva, la desaparecemos. Pero antes me voy a encargar de quitarle lo estirada.
Volvió a la mesa y le dio una palmada al sobre.
—Averigua cuándo es la próxima exposición de esa galería. Quiero fecha y hora.
—Mañana mismo te tengo el dato.
Dexter cerró la puerta al salir. Vega se quedó a oscuras, solo con el chisporroteo de la madera. Cogió de nuevo la foto de Clara, pasando el pulgar sobre su boca.
—Gacela... —susurró, sintiendo la rabia y la excitación mezclándose en la sangre—. Vas a ser la perdición de tu padre... y mi mejor juguete.