Mundo ficciónIniciar sesiónLa galería estaba llena de estirados de la alta sociedad bebiendo champán. Pero cuando Leonardo Vega cruzó la puerta, el ambiente se volvió pesado.
No necesitó llamar la atención. Llevaba un traje negro a medida, la camisa blanca abierta en el cuello y el pelo oscuro revuelto. Tenía la postura relajada de un hombre que sabe que puede comprar el lugar o quemarlo si le da la gana. Vega ignoró los saludos corteses. Sus ojos negros recorrieron la sala hasta que la encontró. Clara estaba de espaldas, hablando con unos clientes. Llevaba un vestido rojo oscuro que le marcaba la cintura y se le ajustaba a las caderas como una segunda piel. El pelo castaño le caía en ondas sobre la espalda descubierta. —En las fotos estabas buena, pero en persona estás para comerte —murmuró Vega para sí mismo, imaginando cómo se vería ese vestido tirado en el suelo de su dormitorio. A unos metros, la amiga de Clara, Laura, se acercó a ella y le dio un codazo. —Clara, disimula... Ni se te ocurra girarte ahora mismo. Clara frunció el ceño, acomodando un cuadro. —¿Qué pasa? Estoy trabajando, Laura. —Leonardo Vega acaba de entrar —susurró Laura con la voz alterada—. El tipo más peligroso de todo Madrid. Dicen que el dinero que tiene no es limpio y que es un manipulador de m****a. Pero mírale el cuerpo... Ese hombre está riquísimo. Clara soltó una risa seca, tratando de sonar indiferente. —Me suena a que es solo un imbécil con demasiado dinero y un ego gigante. —Cuando le pongas la mirada encima me cuentas —dijo Laura—. Está junto a la columna, no para de mirarte el culo. A pesar de querer ignorarla, a Clara le picó la curiosidad. Se giró despacio y sus ojos chocaron directamente con los de él. Vega le sostuvo la mirada. Era alto, ancho de hombros, con una mandíbula marcada y una expresión de cazador paciente. Tenía una sonrisa cínica en los labios. A Clara se le cortó la respiración durante un segundo y sintió un latido fuerte en la parte baja del vientre. Le sostuvo la mirada, sin acobardarse, antes de darle la espalda con frialdad. —Voy a por otra copa —dijo, buscando distancia. --- Vega esperó el momento adecuado. La vio moverse entre la gente, notando perfectamente que ella sabía que la estaba observando. Cuando Clara se quedó sola frente a un lienzo de tonos oscuros, él se acercó. No la acorraló; se detuvo a un lado, manteniendo una distancia prudente pero dejando que su presencia se sintiera. —"Heridas" —dijo la voz grave y profunda de Vega—. Un título demasiado dramático para un cuadro con tanta sangre. Clara se giró despacio, cruzándose de brazos y mirándolo de arriba abajo con evidente escepticismo. El olor de la colonia de Vega —madera, cuero y tabaco caro— le llegó de golpe, pero no dejó que se le notara en la cara. —Es de una artista emergente —dijo ella con voz profesional y distante—. Y la sangre representa el dolor de una traición. ¿Le interesa el arte, señor Vega, o solo ha venido a rellenar su expediente de cotilleos de la alta sociedad? Vega soltó una risa baja. Le gustaba que no intentara parecer simpática. —Sé perfectamente quién pintó este cuadro, y también sé que tú sabes perfectamente quién soy. —Sé quién eres. Y por eso mismo sé que no pareces el tipo de hombre que gasta su tiempo en galerías pequeñas a menos que busque algo específico. —Busco algo específico —admitió él, dando un paso más hacia ella y bajando la voz—. De hecho, me interesan dos cosas: ese cuadro y la mujer que me lo está vendiendo. Clara arqueó una ceja, mirándolo con pura burla. —Si quieres el cuadro, el precio son doce mil euros. Si me quieres a mí, te has equivocado de galería y de mujer. No estoy en venta, Vega. Vega se inclinó un poco hacia ella, mirándole fijamente los labios antes de volver a sus ojos. —Todo el mundo tiene un precio, Clara. La diferencia es que algunos no se pagan con dinero. —Acompañame a la oficina si vas a comprar la obra —cortó ella en seco, dándose la vuelta—. Si solo vas a decir frases de conquistador barato, puedes irte a la barra por otra copa. --- Entraron en la pequeña oficina de la galería. Clara no cometió el error de darle la espalda del todo. Se colocó rápido detrás de su escritorio, manteniendo el mueble como barrera protectora entre los dos. Vega cerró la puerta con normalidad, pero cuando su mano amagó con tocar el pestillo, Clara habló con una voz tan afilada que lo detuvo en el acto. —Ni se te ocurra echarle el cerrojo —advirtió ella, clavándole una mirada amenazante—. No me conoces de nada, Leonardo, y si te crees que me voy a asustar o que vas a encerrarte conmigo en un espacio cerrado, estás muy equivocado. Toco el timbre de emergencia y en diez segundos tengo a tres seguridades aquí metidos. Vega se congeló un segundo, sorprendido por la reacción, y luego soltó una carcajada sincera. Levantó las manos en señal de paz, dejando la puerta entreabierta y dio un paso atrás. —Tranquila, fiera. No necesito encerrarte para hablar contigo —dijo él, mirándola con un brillo de fascinación en los ojos negros—. Me queda claro que sabes defenderte. —Me defiendo bastante bien —respondió ella, sin bajar la guardia—. Aquí tienes el dossier con el precio y la biografía de la artista. Léelo y me dices si cerramos la venta o no. Vega se acercó a la mesa y apoyó las manos en el borde de madera, inclinándose hacia adelante pero respetando su espacio. —Me lo llevo. Mañana tienes la transferencia en la cuenta de la galería. —¿Así de fácil? Ni siquiera has mirado el certificado de autenticidad. —Confío en tu criterio. Y quiero una excusa para volver a verte. Clara se recostó en su silla, mirándolo con atención. El tipo era peligroso, exudaba un atractivo oscuro que le hacía hervir la sangre a pesar de sus alarmas internas, pero no iba a ponérselo fácil. —Eres demasiado directo, Vega. Y bastante arrogante. —Soy un hombre que no pierde el tiempo con rodeos —corrigió él, bajando el tono de voz a un susurro rasposo que resonó en la habitación—. Te he estado mirando toda la noche, Clara. Tienes una fachada de señorita intocable, pero en los ojos se te nota que te mueres de ganas de probar algo que te haga sentir viva. Algo que te quite el aburrimiento. Clara sintió un estremecimiento en la espina dorsal. Que un tipo así leyera exactamente lo que sentía le dio rabia y una extraña excitación al mismo tiempo. —Si estás buscando una chica fácil para pasar la noche, te equivocaste de persona —dijo ella, sosteniéndole la mirada. —No quiero una chica fácil. Me aburren —respondió él, acercando la mano a la mesa y rozando apenas con la yema de los dedos el borde del papel que ella sostenía—. Quiero cenar contigo. Este sábado. Clara miró los dedos de él, sintiendo el calor que proyectaba. Evaluó el riesgo. Sabía quién era él, conocía los rumores de peligro que lo rodeaban, pero precisamente por eso, una parte oscura de ella quería jugar. —Una cena —dijo ella—. Pero con mis condiciones. En un sitio público, en una mesa reservada de ser posible. Y si me aburres en los primeros veinte minutos, me levanto y me voy. Vega sonrió con autosuficiencia. —Me parece justo. El sábado a las nueve mando un coche a buscarte. —Estaré lista —sentenció ella. Vega no intentó tocarla por la fuerza. En lugar de eso, se irguió, la miró de arriba abajo con una lentitud deliberada que la hizo sentir desnuda y le dedicó un guiño cargado de intención. —Nos vemos el sábado, Gacela. —No me llames así. —Vas a querer que te llame como me da la gana muy pronto—respondió él con una sonrisa dominante antes de salir de la oficina, dejando la puerta abierta tras de sí. --- Clara se quedó sentada detrás del escritorio, soltando el aire que no se había dado cuenta de que estaba reteniendo. El corazón le latía a mil por hora y sentía un hormigueo caliente entre las piernas. El tipo era un peligro ambulante, pero por primera vez en meses, se sentía excitada hasta las trancas. Mientras tanto, en el pasillo exterior, Dexter se pegó a Vega con el rostro tenso. —Jefe —dijo en voz baja—. Tenemos un problema. El comisario Soria acaba de entrar por la puerta principal. Vega apretó la mandíbula, mirando de reojo hacia el vestíbulo donde su enemigo se abría paso. —Mierda... Salimos por la puerta trasera. Vega caminó hacia la salida de servicio con una sonrisa oscura dibujada en los labios. Clara tenía garras, era arisca y sabía defenderse. Y eso solo hacía que la cacería fuera infinitamente más apetecible.






