El sonido del portazo retumbó en la habitación. Me quedé sola, con el pulso desbocado y el frío de la mañana volviendo a colarse por las paredes de piedra.
—¡Maldita sea! —maldije entre dientes, caminando en círculos.
No iba a quedarme encerrada como una idiota sin saber qué estaba pasando. Abrí la puerta con un cuidado extremo, procurando que el cerrojo no hiciera ni un solo ruido. Salí al pasillo en puntillas, descalza, y me fui acercando despacio al borde de la escalera.
Desde ahí, aso