La luz del sol matutino se filtró entre los barrotes de la ventana, iluminando el caos de la habitación. Clara estaba sentada en el borde de la cama, mirando los restos de cerámica, cristales y madera que ella misma había destrozado el día anterior en un ataque de pura rabia.
Algo dentro de ella —esa parte ingenua que creía en la justicia y en la familia— se había muerto entre los escombros.
Había perdido al único hombre que tenía en un pedestal: su padre. El respetado Comisario Alejandro Soria