La furgoneta frenó en el garaje subterráneo de una nave abandonada a las afueras de Madrid. Dexter apagó el motor y saltó de la cabina de inmediato. Abrió la puerta trasera de un tirón y abrió la mochila.
—Triunfo absoluto —dijo Dexter, sacando un fajo de quinientos euros y hojeando el libreto—. Aquí están los pagos a los jueces, las rutas y las identidades de la cúpula. Soria está perdido.
Clara bajó despacio, mirando a su alrededor. El sitio olía a humedad y polvo. Se cruzó de brazos para dis