Dexter frenó el coche a media manzana del edificio de Laura, quemando rueda. Llevaba el corazón desbocado desde que la chica lo llamó llorando, ahogándose en pánico tras la visita de Soria.
Subió las escaleras de tres en tres, con la mano puesta sobre la culata de la pistola en la cintura. La puerta del apartamento estaba entreabierta y un mal presagio le recorrió la columna.
—¿Laura? —susurró Dexter, empujando la madera con la punta del pie.
Un hedor metálico y denso a sangre fresca lo golpeó