Me quedé parada en mitad del cuarto, mirando a Vega.
—¿De verdad te vas a quedar ahí acostado tan tranquilo? —le pregunté cruzándome de brazos.
—Tengo un cansancio encima que no me muevo de aquí ni aunque se caiga la casa —respondió con la voz ya ronca, sin abrir los ojos—. Apaga la luz anda.
—No voy a dormir contigo.
—Pues quédate de pie toda la noche, pero hazlo en silencio.
Apreté los dientes. Estaba molida. La ducha caliente me había dejado el cuerpo pesado y las piernas me temblaban. Rabio