Clara se despertó con un grito ahogado atrapado en la garganta. Las muñecas le ardían, la cuerda de nylon se había clavado en su piel durante la noche, dejándole unos surcos rojos y vivos que palpitaban con cada latido. Movió los dedos rezando porque no se hubieran quedado entumecidos para siempre, soportando el hormigueo doloroso que le subía por los brazos. Con una desesperación animal, empezó a forzar la postura, girando la mano izquierda, raspándose la piel contra la madera del cabecero has