Clara se despertó con un grito ahogado atrapado en la garganta. Las muñecas le ardían, la cuerda de nylon se había clavado en su piel durante la noche, dejándole unos surcos rojos y vivos que palpitaban con cada latido. Movió los dedos rezando porque no se hubieran quedado entumecidos para siempre, soportando el hormigueo doloroso que le subía por los brazos. Con una desesperación animal, empezó a forzar la postura, girando la mano izquierda, raspándose la piel contra la madera del cabecero hasta que sintió que el nudo cedía un milímetro. Con un último tirón brutal que le arrancó un gemido de puro dolor, logró liberar la mano.—Por fin... joder —susurró, llevándose la mano herida a la boca, tiritando.En ese momento, el cerrojo de la puerta blindada sonó con un chasquido metálico y se abrió. Una mujer mayor, de aspecto pulcro, pelo recogido en un moño tenso y mirada serena, entró cargando una bandeja con el desayuno y algo de ropa limpia.—Buenos días, señorita —dijo con voz pausada,
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