Capítulo 3- Fuego

El taxi frenó en una calle discreta de Madrid frente al restaurante. Antes de que Clara pudiera abrir la puerta, el teléfono le vibró en el bolso. Era Laura.

—Dime que ya estás ahí —dijo su amiga al otro lado, con la voz acelerada.

—Acabo de llegar —respondió Clara, dándole un último vistazo a su reflejo en el retrovisor. El vestido de seda negra con la espalda al aire le sentaba fenomenal, y los labios rojos oscuros le daban un aire peligroso.

—Por favor, llámame en cuanto salgas. Necesito saber si ese hombre es tan salvaje en la cama como dicen. No se lo pongas fácil, haz que valga la pena.

Clara sonrió con malicia, aunque sentía un cosquilleo de pura electricidad en el bajo vientre.

—Solo voy a divertirme un rato y a comprobar si es tan fiero como aparenta, Laura. No busco un novio. Te cuelgo que ya voy a entrar.

Bajó del auto a paso firme. El restaurante era vanguardista, con luces muy bajas y música de jazz de fondo. Al entrar, se dio cuenta de inmediato: estaba completamente vacío. Solo había un camarero de pie junto a la barra. Vega había alquilado el local entero solo para ellos dos.

Leonardo la esperaba sentado al fondo, vistiendo una camisa gris oscura con los primeros botones desabrochados, dejando ver el inicio de su pecho. Al verla caminar hacia él, se puso de pie lentamente, devorándola con la mirada.

—Puntual y jodidamente espectacular —dijo Vega, arrastrando la silla para ella.

—Me gusta la puntualidad, pero veo que a ti te encanta exagerar con el espacio —replicó Clara, sentándose mientras miraba las mesas vacías.

—No me gusta compartir lo que me interesa, Clara. Y esta noche solo me interesas tú.

La cena transcurrió entre provocaciones y miradas cargadas de intención. Bebieron vino tinto y el aire entre los dos se volvió cada vez más pesado.

De pronto, el teléfono de Clara empezó a vibrar sobre la mesa. En la pantalla se leía un nombre: "Papá".

Clara miró la pantalla con rabia, soltó un leve chasquido con la lengua y, sin pensarlo dos veces, apago el móvil de golpe y lo metió en el bolso.

—Para que nadie me joda la noche —dijo, clavando sus ojos en él.

Vega arqueó una ceja, disfrutando del gesto. Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia ella.

—¿Muchos problemas con tu padre?

—Está obsesionado con controlar cada metro que piso —rezongó ella, dando un trago largo a su copa—. Cree que la ciudad es su comisaría y que yo soy uno de sus agentes. Me tiene harta. Apagarle el teléfono es lo mínimo que se merece.

—A los hombres poderosos les cuesta aceptar que no tienen el control —comentó Vega con una sonrisa oscura—. Aunque a veces, las hijas necesitan meterse en un peligro del que sus padres no tienen ni puta idea de cómo protegerlas.

—¿Y tú crees ser ese peligro, Leonardo? —desafió ella, inclinándose sobre la mesa hasta que sus rostros quedaron a centímetros.

—Soy peor que cualquier peligro que te hayas imaginado, Gacela.

Vega no esperó a terminar. Se levantó, rodeó la mesa y se paró justo detrás de su silla. Bajó la mano y rozó con la yema de los dedos la piel desnuda de su espalda, haciéndola dar un brinco y soltar un gemido ahogado. Se inclinó hasta pegar la boca a su oreja.

—No me sale de los cojones seguir fingiendo que me importa la comida cuando te tengo al lado oliendo así —susurró Vega, con la voz rasposa por el deseo—. Vámonos a mi casa.

Clara se giró, quedando a milímetros de sus labios. Sintió el impulso caliente entre sus piernas y la necesidad de probarlo de una vez.

—Vámonos —aceptó, poniéndose de pie.

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El ático de Vega era enorme, oscuro y con ventanales que daban a todo Madrid. Pero en cuanto la puerta blindada se cerró tras ellos, no llegaron ni al salón.

Vega la acorraló contra la pared del vestíbulo. Le agarró la cara con una mano y le estampó la boca en un beso salvaje, húmedo y hambriento. Clara soltó un gemido contra sus labios y le rodeó el cuello con los brazos, clavándole las uñas en la nunca y respondiendo con la misma agresividad.

—Joder, cómo me gustas así de perra —gruñó Vega contra su boca.

Le metió las manos por debajo del vestido de seda, subiéndoselo hasta la cintura. Sus dedos tropezaron con la fina tira de su tanga y la rasgó hacia un lado sin ceremonias. Tocó la piel húmeda y caliente de Clara, metiéndole dos dedos de golpe entre las piernas.

—Ah... ¡Dios, Leonardo! —gritó ella, arqueando la espalda contra la pared mientras él la frotaba con fuerza.

—Estás chorreando por mí, ¿eh? —le dijo al oído, dándole un mordisco en el cuello que la hizo temblar—. Te mueres porque te folle aquí mismo.

—Cállate y hazlo ya —le exigió ella, jadeando descontrolada.

Vega la levantó en vilo. Clara le enredó las piernas en la cintura. Él se bajó el pantalón con una mano, sacó su miembro erguido y duro y lo empujó de un solo golpe directo hacia dentro.

El impacto fue tan profundo que Clara soltó un grito de placer que resonó por todo el pasillo. Vega empezó a embestirla contra la pared con un ritmo brutal, rápido y pesado. El sonido de los cuerpos chocando y los gemidos de ella llenaron el espacio.

—Mírame —ordenó él, agarrándola del pelo para obligarla a erguir la cabeza—. Mira cómo te la meto. Eres mía esta noche, ¿te queda claro?

—Sí... jodidamente sí —gimió Clara, apretándolo por dentro, clavándole las uñas en la espalda mientras se dejaba llevar por la embestida salvaje.

No aguantaron mucho en el pasillo. Corrieron a la cama a trompicones, desnudándose del todo por el camino. Vega la tumbó boca arriba, se colocó un preservativo, le abrió las piernas de par en par y se enterró en ella otra vez, tomándola sin piedad, haciéndola romper en un orgasmo violento que le hizo temblar todo el cuerpo. Clara le correspondió rodeándolo, pidiéndole más, cabalgándolo hasta que él soltó un gruñido sordo y se corrió dentro de ella con furia.

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A la mañana siguiente, la luz del sol entraba de lleno por los ventanales.

Clara se despertó con el cuerpo cansado, pero con una sonrisa de pura satisfacción. Se estiró sobre las sábanas desordenadas, sintiendo todavía el calor de la noche. Se levantó, recogió su vestido del suelo y empezó a vestirse despacio. Tenía que ir a la galería antes de mediodía.

Al girarse hacia la puerta, vio a Vega apoyado en el marco. Llevaba solo un pantalón negro. Su rostro ya no tenía rastro de la pasión de la noche anterior; sus ojos negros eran dos bloques de hielo.

—Ha sido una noche increíble, Leonardo —dijo Clara, abrochándose la cremallera del vestido—. Pero tengo que irme ya a trabajar. ¿Me pides un taxi?

Vega no se movió ni un milímetro. La miró con una frialdad que le puso los pelos de punta.

—No te vas a ninguna parte, Gacela.

Clara soltó una risita nerviosa, caminando hacia la puerta para pasarle por el lado.

—De verdad, no estoy de broma. Tengo que abrir la galería en una hora.

Dio un paso para salir, pero Vega se cruzó en su camino en un segundo. Le agarró el antebrazo con una fuerza de acero, apretándole la piel hasta dejarle marca, y la empujó de vuelta al centro de la habitación.

—Yo tampoco estoy de broma, Clara —dijo él con una voz tan gélida que le heló la sangre—. De aquí no sales. Desde este preciso momento, estás secuestrada.

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