Mundo ficciónIniciar sesiónUna semana antes de su boda, Ava Hope, una joven huérfana que a caído en una depresión profunda, gracias a sentirse invisible a los ojos de su prometido, decide abandonarlo en Nueva York y huye a Dallas en busca de un nuevo comienzo. Destrozada y sin rumbo, sobrevive con empleos precarios hasta que responde a un anuncio para ser niñera en la imponente mansión de Owen Moore, un poderoso empresario marcado por la culpa y negocios turbios. Su hija de cuatro años, Amy, no come ni se relaciona con las personas; Con paciencia y ternura, Ava logra lo que nadie pudo: devolverle la vida a la pequeña y, en el proceso, encontrar su propia sanación. Lo que nace como dependencia profesional se convierte en una pasión inesperada entre Ava y Owen. Pero la paz es frágil: la madre de Amy reaparece y el exprometido de Ava, irrumpe en una cena de negocios, amenazando con destruir la nueva familia que comienza a formarse. El golpe más inesperado llega cuando se revela la verdad sobre Ava: es una Bach, heredera de uno de los imperios más poderosos del mundo. Ahora, entre lealtades divididas y peligros que no sólo tocan los negocios sino la propia seguridad, Ava y Owen deben elegir su futuro. ¿Pertenecerán al mundo legítimo del poder económico o cederán a la oscuridad de la mafia que los acecha? En juego están Amy, un bebé por nacer y la posibilidad de construir una familia en medio de secretos, traiciones y un amor que desafía todas las reglas.
Leer másAva empujó la puerta de su pequeño departamento de renta con más fuerza de la necesaria, y el golpe seco contra el marco rompió el silencio del pasillo, pero a ella no le importó, tenía las llaves aún clavadas entre los dedos, como si fueran un arma o un ancla, y el vestido sencillo que había usado para la reunión con la organizadora estaba arrugado en la cintura, donde su mano se había cerrado en puño durante casi toda la tarde.
Cerró detrás de sí y se apoyó un segundo en la puerta, escuchando el latido acelerado de su propio corazón, porque tenía la sensación de estar saliendo de un sueño incómodo… o entrando en una pesadilla, no lo sabía con certeza, lo único que en ella permanecía era la voz de la organizadora que seguía repitiéndosele en la cabeza, clara, implacable.
—La señorita Brittany pidió cambiar el salmón por cangrejo para el plato principal. Dice que el cangrejo es mucho más elegante para un evento de este nivel.
Cangrejo.
Ava se llevó una mano a la garganta, en un reflejo absurdo de una alergia que no había llegado a sufrir… porque siempre lo evitaba, porque Carson lo sabía, o eso había creído durante cuatro años, porque malditamente era su novio, era su prometido y pronto sería su esposo, entonces ¿cómo era posible que Carson le hubiese permitido a su insoportable amiga quisiera tal cambio en su banquete de bodas?, un cambio que bien podía costarle la vida.
Ava caminó hasta la pequeña sala, encendió la luz amarilla del techo y dejó que su bolso cayera sobre el sillón usado que había encontrado de oferta en una tienda de segunda mano, y es que todo en ese departamento era modesto, pero al menos era suyo, muy suyo, no prestado, ni regalado por nadie, porque Ava siempre había sido capaz de auto proveerse, se quitó los zapatos de tacón y los lanzó sin cuidado hacia un rincón, uno rebotó contra la pared y cayó de costado, pero Ava apenas lo miró, porque tenía la mente atrapada en otra frase.
—También, la señorita Brittany sugirió reemplazar los girasoles y las rosas rojas por orquídeas blancas, ella dice que son más sofisticadas, más… apropiadas.
Orquídeas.
Ava nunca había ocultado lo mucho que las detestaba, y es que le parecían flores frías, vacías, perfectas de una forma que le resultaba artificial, como cuerpos hermosos, pero sin alma, en cambio los girasoles y rosas rojas... Eso había pedido, eso había soñado, y de inmediato sus ojos fueron hacia Carson, su novio, su prometido… su pronto esposo, y fue cuando lo pensó “Él va a decir algo”, se había repetido mientras la organizadora pasaba las hojas del informe, señalando cambios, tachaduras, nuevas decisiones, que ella no había tomado, sino Brittany.
Ava lo miró, no fue una mirada fugaz, fueron más bien largos segundos donde lo miró rogando en silencio, esperando un gesto, una mueca, un simple “No, espera, a Ava no le gustan las orquídeas”. Algo, pero Carson sonrió, apoyó el codo en la mesa y dijo, con ese entusiasmo tibio que reservaba para las cosas que le convenía aplaudir.
—Brittany realmente tiene buen gusto, todo se ve… mucho mejor con sus ideas.
Mucho mejor con sus ideas.
Ava se dejó caer en la silla que había frente a la pequeña mesa de la cocina y alzó la mano izquierda hacia la luz, y el diamante del anillo de compromiso devolvió un destello agresivo, casi obsceno, sobre sus dedos delgados, era demasiado grande, demasiado brillante, completamente ajeno a su departamento rentado y por supuesto a ella misma.
Y las ideas comenzaron una vez más a remolinarse, porque ella conocía cada uno de los gestos de Carson, sabía cuándo mentía por la ligera tensión en la comisura de su boca; sabía cuándo estaba incómodo por la forma en que se tocaba el cuello de la camisa, por un demonio sabía su helado favorito, la marca de café que prefería, las películas que lo hacían reír aunque él lo negara, y él, en cambio… no recordaba que ella era alérgica al cangrejo, ni que odiaba las orquídeas, ni siquiera recordaba que no le gustaban los diamantes, sino las perlas. Siempre lo había dicho, las perlas parecían pequeñas lunas domesticadas; los diamantes, en cambio, le recordaban algo duro, frío, inaccesible.
Y aun así, ahí estaba, con una piedra enorme mordiendo su dedo anular, símbolo perfecto de una vida que se suponía que estaba por empezar… y que, por primera vez, ella vio con una nitidez brutal.
La señorita Brittany pidió…
La señorita Brittany cambió…
La señorita Brittany decidió…
La organizadora apenas si la miró a los ojos en toda la reunión, porque eso no era “la boda de Ava y Carson”, más bien parecía “el evento del señor White, supervisado por la señorita Brittany”.
Y fue cuando una risa amarga le subió a la garganta y se le ahogó en forma de sollozo, Ava sintió cómo las lágrimas la atacaban de golpe, calientes, y furiosas, y se vio obligada a cubrirse la boca con la mano, como si así pudiera contener el sonido, pero el temblor en sus hombros la traicionó, porque malditamente se vio a sí misma, una semana antes de su boda, sentada en un departamento barato, llorando por un menú que podía matarla y por unas flores que detestaba. ¿Era eso lo que merecía? ¿Era eso lo que iba a llamar “vida de casada”?
“Estás exagerando”, se había dicho mil veces a lo largo de esos cuatro años, “Carson tiene muchas cosas en la cabeza y Brittany solo está ayudando, se repitió aún más en los últimos meses, porque Brittany era la amiga de la infancia de Carson, se conocían de toda la vida, claro que él confía en su criterio. Es normal. Es normal. Es normal.”
Pero no era normal que la mirada de Carson brillara más cuando Brittany hablaba que cuando la miraba a ella, no era normal que defendiera cada capricho de Brittany con frases como “ella sabe más de esto que nosotros”, “déjala, cariño, solo quiere que todo salga perfecto”, no era normal que, al elegir un vestido de novia, Brittany estuviera más presente que Carson.
Ava se secó el rostro con el dorso de la mano, respirando hondo, aceptando lo que no había querido ver en todo ese tiempo… recordó el momento exacto en que los ojos de Carson se habían prendido fuego, y ese momento no había sido al verla a ella probándose un vestido blanco modesto, de líneas simples, casi etéreo, sino que había sido cuando Brittany se había puesto un vestido de invitada, dorado, ceñido, y lo veía risueña ante el espejo… Ese brillo, ese puto destello en los ojos de Carson, mezcla de admiración, deseo y nostalgia, Ava nunca lo había visto dirigido hacia ella. Nunca.
No pudo evitar que una punzada de vergüenza se le clavara en el pecho, porque había construido castillos de excusas para explicarse a ella misma todo aquello, “Está cansado”, “Está nervioso por la boda”, “Brittany solo es llamativa”. Se había contado historias para no mirar la verdad de frente, y la verdad, ahora, se sentaba con ella en la cocina y le pesaba como plomo en el pecho.
Si se casa conmigo, pensó, un día va a darse cuenta de que se equivocó, y cuando lo haga, se irá… Como todos.
La imagen del orfanato, los pasillos grises, las camas alineadas, el olor a desinfectante barato, le golpeó la mente con una violencia que no esperaba, el reflejo de una niña pequeña, con el cabello enredado y una muñeca rota entre los brazos, mirando cómo otra familia se llevaba a “otra” niña. Nunca a ella, se hizo presente, porque el abandono no era un concepto abstracto para Ava, más bien era un rostro conocido.
—No voy a quedarme… —susurró, sin darse cuenta de que hablaba en voz alta.
Se levantó de golpe, tanto así que la silla rechinó contra el piso, pero no se percató de ello porque el corazón le martilleaba en los oídos, pero había una rara claridad en medio del caos, una línea nítida.
“Si me quedo, cometere el peor error de mi vida.”
La frase apareció sola, en su mente, y sin perder tiempo caminó hasta el pequeño escritorio donde solía estudiar y hacer cuentas, abrió el último cajón, sacó un cuaderno casi nuevo y lo abrió en una hoja en blanco, sus dedos temblaban cuando tomaron el bolígrafo, pero la tinta corrió firme sobre el papel.
Carson, Lo siento.
Se detuvo, apretando los labios porque un “Lo siento” no era suficiente, no después de cuatro años, no después de una vida que casi había apostado por él, por lo que inspiró profundo y siguió escribiendo.
Le dijo que no podía casarse con alguien que no la veía, que, a lo largo de todos los preparativos, él había elegido siempre las ideas, gustos y caprichos de Brittany sobre los suyos, que lo había notado en cada decisión, en cada cambio, en cada mirada.
Le recordó, con una frialdad que la sorprendió a ella misma, que después de cuatro años él debería saber que era alérgica al cangrejo, que odiaba las orquídeas, que nunca quiso un diamante, sino una simple perla, y que, pese a todo, intentó justificarlo, se mintió, se convenció de que lo hacía porque lo amaba, pero el amor no podía seguir siendo una excusa para aceptar ser invisible.
Terminó la carta con una disculpa sincera, aunque no por irse, sino por no haber tenido el valor de hablar antes, y finalmente le deseó que un día encontrara lo que de verdad buscaba, allí donde miraba con ese brillo que nunca le había ofrecido a ella.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa, mientras sus ojos repasaron el texto una vez, rápida, sin corregir nada, y luego dobló la hoja en tres y la colocó sobre la mesa, junto a las llaves de repuesto del departamento, luego tomó otra hoja, más pequeña, y escribió unas líneas para los padres de Carson, donde simplemente agradeció su ayuda, sus atenciones, la forma en que habían confiado en ella como “la chica adecuada” antes de ver realmente a la persona, por supuesto que les pidió perdón por el bochorno, por la boda que no sería, y no los culpó, pero tampoco los absolvió, solo se despidió.
Cuando terminó, el departamento parecía más silencioso que nunca, entonces se puso de pie, fue al armario y sacó la única maleta grande que poseía, abrió puertas y cajones y comenzó a meter ropa doblada a toda prisa, como si de un momento a otro alguien pudiese ir por ella, tomo jeans, camisetas, un par de vestidos, algo de ropa interior, una chaqueta gruesa, lo necesario, lo que cupiera, porque no sabía a dónde iba y aunque esa idea la asustó… a la vez la llenó de un vértigo extraño, casi dulce.
Tal vez a otra ciudad, quizás a otro estado a cualquier lugar donde el apellido White no la siguiera, donde nadie la mirara como “la futura esposa de Carson”, donde pudiera ser solo Ava, un nombre sin promesa, un nombre sin anillo, y cuando cerró la maleta, el clic seco de la cremallera sonó como un punto final, solo entonces regresó a la mesa, miró la carta, y vio el anillo... El diamante centelleó sobre su piel pálida, aún humedecida por las lágrimas, y con un movimiento lento, casi ceremonial, se lo quitó, observando que la piel bajo la banda de oro estaba levemente enrojecida, marcada por el peso de algo que ya no quería cargar.
Dejó el anillo encima de la carta, tomó sus llaves, y miró por última vez el departamento, las estanterías con libros ordenados por tamaño y color, el pequeño cuadro de girasoles que había comprado en una feria barata, la taza de café olvidada en el fregadero.
—No vuelvas —se dijo a sí misma, en un susurro firme.
Apagó la luz, abrió la puerta y salió al pasillo, con el eco de sus pasos acompañándola hasta el ascensor, hasta que finalmente llego afuera, donde Nueva York aun seguía brillando como cada día, metió la maleta en el asiento trasero y se sentó al volante de su viejo automóvil, para luego encender el motor, disfrutando de escuchar aquel rugido que más le pareció la respiración profunda de una bestia dispuesta a llevarla a cualquier parte, que solo un vehículo siendo puesto en marcha.
Apretó el volante entre las manos, miró el camino frente a ella y eligió, sin mapas ni planes, la única dirección que tenía era clara, debía irse lejos.
Cuando el automóvil se perdió entre el tráfico, Ava Hope todavía no sabía que ese impulso, nacido de la humillación y el miedo a ser abandonada, la guiaría hacia una mansión en Dallas, y a una verdad que lo cambiaria todo.
El vehículo de Owen no llegó a la hora habitual, y eso se debía a que a media hora de distancia de la mansión, la noche se rompió con el chillido de frenos sobre el asfalto.Tres automóviles negros se cruzaron delante del SUV, cerrándole el paso, y otro se colocó detrás, bloqueando la retirada con los faros encandilaron el interior, por lo que Javier pisó el freno con reflejos entrenados.—Señor…Owen levantó la vista del teléfono, había estado mirando, una vez más, la cámara de la habitación de Amy, y frunció el ceño.—Qué demonios… —murmuró.Cuando las puertas de los otros vehículos se abrieron casi al unísono, y hombres de traje oscurecido por la noche bajaron con armas en mano, moviéndose con la precisión de quienes no improvisan, y en menos de un parpadeo uno se acercó al lado del conductor, otro al lado de Owen y los cañones negros se alzaron, sin manos temblorosas, sino más bien dispuestos a acatar una sola orden.—Baje del auto, señor Moore —ordenó uno de los hombres, con acen
Dos semanas después de haber firmado el contrato, Ava ya conocía la mansión Moore mejor que el motel barato donde había pasado sus primeras noches en Dallas, sabía cuáles escalones del ala norte crujían si se pisaban del lado izquierdo, y qué ventana del pasillo del tercer piso dejaba entrar más luz al atardecer, sabía que, si llevaba a Amy al jardín a las cuatro de la tarde, el sol daba justo en el columpio y la niña entrecerraba los ojos, como si por un segundo el mundo le pesara menos, lo que Ava no sabía, era cuántos ojos la seguían, además de los de Amy.Owen, por ejemplo, poseía en la pantalla de su teléfono, en un mosaico de recuadros pequeños, la mansión entera se desplegaba en tiempo real, el pasillo principal, el jardín, la entrada, las escaleras de servicio, la sala de juegos, la cocina, el estudio y, por supuesto, la habitación de Amy, y es que en la mansión había cámaras en todos lados, algunas visibles, la mayoría no, claro que Owen había empezado con todo aquello como u
Martín había perdido la cuenta de cuántas veces había mirado el reloj.—No se preocupe, de verdad —dijo Ava por tercera vez, con la taza de té entre las manos— No tengo nada mejor que hacer esta noche.No era del todo cierto, porque podría estar en el motel, contando los billetes que le quedaban y mirando el techo, pensando en todo lo que había perdido, pero, entre eso y esperar en una mansión silenciosa con la posibilidad de un trabajo estable… elegía la mansión.Martín le dedicó una media sonrisa educada.—El señor Moore pidió expresamente que se quedara hasta su regreso —explicó, con ese tono respetuoso que nunca terminaba de relajarse— Prefiero… cumplir sus órdenes.De esa forma cenaron en el comedor secundario, no en el principal, Martín había insistido en que aceptara una cena “decente” mientras Amy dormía, y el plato frente a ella era tan abundante que la hizo sentir casi culpable, carne al punto, verduras salteadas, un puré cremoso que olía a gloria.—Si esto es lo que sobra —
El pasillo del ala privada era silencioso, las paredes, de un blanco cálido, estaban adornadas con cuadros caros, neutros, sin rostros y las puertas eran gruesas, de madera se sentía, en cada detalle, la mano de alguien a quien no le gustaba dejar cabos sueltos.Martin se detuvo frente a una puerta en particular, no tenía ningún adorno, salvo un pequeño oso de peluche colgando del picaporte, con un lazo rosa al cuello, Ava extendió la mano, pero Martin la detuvo un segundo.—Antes de entrar… —bajó un poco la voz— necesito que entienda algo, el señor Moore… es un hombre que vigila, hay cámaras en casi todas las áreas clave de la mansión, más en la habitación de Amy. — Martin desvió la vista hacia uno de los osos de peluche en una repisa cercana— No se ven, pero están, y es muy probable que él esté observando en este momento.Ava sintió un leve escalofrío, pero asintió, no era tan diferente al orfanato, pensó, siempre había ojos, aunque no los vieras.La habitación era amplia, con pared
Último capítulo