Amigos Para Nunca
Después del examen de admisión a la universidad, mis cuatro amigos de la infancia me hicieron jugar a verdad o reto con ellos.
Cuando llegó mi turno, la chica a quien su familia acababa de reconocer como su hija biológica les preguntó a todos si se atrevían a revelar a qué universidades habían aplicado.
Uno tras otro, mostraron que habían elegido la Universidad de Sierra Lejana, entre ellos Sergio Herrera, quien deslizó su formulario de preferencias universitarias hacia mí y, sonriendo, dio unos golpecitos sobre mi puntaje de noventa y cinco.
—¿Te atreves a renunciar a la Universidad Nacional para que vayamos juntos? El que se eche para atrás es un cobarde.
Esa noche firmé el acuerdo de ingreso anticipado delante de ellos, incluido Sergio, quien aceptó ser mi novio cuando le confesé mis sentimientos, entre los gritos de ánimo de los demás, pero no fui a buscarlos hasta que llegó mi carta de admisión y, por casualidad, vi que habían dejado encendido el proyector de la sala.
En la pantalla había otro chat grupal, llamado “Protectores de Martita en la Capital”.
“¿Ya firmó?”
“Sí. Con cuatro formularios de preferencias universitarias falsos conseguimos que se fuera a Sierra Lejana por voluntad propia. Negocio redondo”.
“Martita sí que es lista. Con un solo juego consiguió quitarnos de encima a ese chicle”.
“Sergio es el que más se sacrifica porque todavía tiene que fingir que es su novio hasta que empiecen las clases”.
Estaba frente a la pantalla cuando escuché que se abría la puerta a mis espaldas.
Mis cuatro amigos de la infancia y Marta Cervantes se quedaron paralizados en la entrada, con la champaña que traían para celebrar su admisión a la Universidad Nacional.