Mundo ficciónIniciar sesiónDespués de perder al amor de su vida durante el nacimiento de su hija, Paul White dejó de ser el hombre que alguna vez sonrió con facilidad. La culpa, el dolor y el vacío lo convirtieron en alguien frío, distante y difícil de alcanzar. Solo su pequeña de cinco años parece mantenerlo en pie, aunque cada día lucha por aprender a ser el padre que ella merece. Tiene un excelente trabajo, una vida acomodada y un lujoso pent-house donde el orden es una prioridad. Sin embargo, ninguna ama de casa permanece mucho tiempo bajo su techo. Todas terminan rompiendo las tres reglas que Paul deja claras desde el primer día: 1. No entrometerse en sus asuntos. 2. No encariñarse con él. 3. No permitir que exista atracción, romance o cualquier vínculo que complique la relación entre ambos. Durante años, esas reglas fueron suficientes para mantener a todos a distancia… hasta que Dalana, una joven proveniente de Texas, llega para ocupar el puesto. Ella no busca cambiar su vida. Él no tiene intención de abrirle su corazón. Pero cuando es Paul quien rompe la primera regla, descubre que algunas promesas están destinadas a hacerse añicos… y que el amor siempre encuentra la forma de regresar, incluso en el corazón más roto.
Leer másPaul White no ha tenido la vida fácil desde que su primer y gran amor murió al dar a luz a su primogénita. Él se ha convertido en un ser sin luz donde todo ha resultado ser una gran oscuridad, su madre cree que aquella pequeña de cinco años lo mantiene a flote, pero él lucha por ser todo para ella.
Tiene un buen trabajo, a veces es un buen padre, pero en aquel pent-house no duran aquellas mujeres que dedican su vida a mantener en orden los utensilios del hogar. Cada semana entra una nueva ama de casa ya que todas rompen aquellas tres reglas que Paul pide desde el inicio.
Nada de meterse en sus asuntos.
No encariñarse con él.
Nada de atracción, sexo o algún vínculo que pueda resultar incómodo entre ambos.
Pero un buen día las cosas empiezan a cambiar cuando Paul es el primero en romper las reglas con la llegada de aquella chica desde Texas llamada Dalana.
Dalana.Hoy oficialmente iniciaba mi trabajo en este enorme pent-house y como era de esperarse estaba nerviosa y ni yo misma entendía por qué ya que mi trabajo no requería nada del otro mundo o eso era lo que pensaba.Me levanté a las siete de la mañana y tomé la ropa que creí que sería más cómoda para la ocasión, me topé con la señora Vel en la cocina y me regaló una sonrisa que de igual manera le devolví.—Buenos días —dijo en mi dirección.—Buenos días para usted también.—¿Vas a desayunar o solo quieres café? —preguntó.—Solo desayuno, gracias.Ella asintió y se dispuso en preparar el desayuno mientras que yo tomé lugar en una de las sillas de la cocina en espera de este para así empezar con mis labores del día de hoy.
Dalana.Decían que el tiempo lo curaba todo.Durante mucho tiempo quise creerlo.Después de perder a mi madre, repetía esa frase una y otra vez esperando que algún día dejara de doler, pero no era cierto. El tiempo no curaba.Uno simplemente aprendía a vivir con la ausencia y, viendo a Paul frente a mí, comprendí que él también seguía aprendiendo.La primera impresión que tuve de aquel hombre fue la de alguien frío, distante e imposible de conocer.Ahora sabía que me había equivocado. Detrás de aquel empresario serio existía un hombre que todavía cargaba el peso de una pérdida enorme y lo único que parecía mantenerlo en pie era aquella pequeña niña de cabello rubio que corría por el parque sin preocuparse por nada más.—Gracias, Dalana.Su voz me sacó de mis pensamientos.Noté cómo retiraba lentamente el brazo que había permanecido cerca del mío durante la conversación.Fue un movimiento rápido.Casi como si hubiera recordado de repente que existía una distancia que no debía cruzar.—¿
Paul.El abrigo que llevaba Dalana era de Stella.Hice una pequeña pausa antes de soltar.—Era el favorito de Stella.Las palabras abandonaron mis labios con mucha más facilidad de la que imaginé. Durante unos segundos no fui capaz de mirarla. Sentía que, si lo hacía, terminaría arrepintiéndome de haber dicho aquello.Escuché el leve roce de la tela.Dalana había bajado la vista hacia el abrigo.Lo observó con cuidado, como si de repente aquella prenda hubiera adquirido un significado completamente distinto.—Yo...No sé qué decir.Negué lentamente.—No tienes que decir nada.Respiré hondo.—Solo necesitaba que lo supieras. No quería quedarme pensando que algún día descubrirías la verdad y creerías que intenté ocultártela.Ella asintió en silencio.No hizo preguntas.No intentó profundizar.Simplemente respetó aquel momento.Y, por alguna razón, eso hizo que todo fuera mucho más sencillo.Sus ojos recorrieron el parque.—Creo que iré a buscar a Ximena. Hace un rato que no la veo.Asent
Dalana.—¡Dalana! —gritó Ximena apenas crucé la puerta del enorme comedor.No pude evitar sonreír.La pequeña ya estaba sentada en su lugar con un babero de colores, los cubiertos perfectamente acomodados y un plato del que salía un delicioso aroma a estofado con spaghettis recién preparado.La señora Vel terminaba de colocar una cesta con pan caliente sobre la mesa mientras David y el señor Rot conversaban en voz baja.Paul, que acababa de entrar detrás de mí, caminó hasta una de las sillas.Pensé que iba a sentarse.Sin embargo, tomó el respaldo, la apartó con elegancia y me hizo un pequeño gesto para que ocupara ese lugar.—Gracias —respondí algo sorprendida.—De nada.Su sonrisa fue breve.Discreta.Pero suficiente para que me sintiera cómoda.Al levantar la vista descubrí algo curioso.David había dejado de acomodar su servilleta.El señor Rot también.Ambos intercambiaron una mirada tan rápida que casi pensé haberla imaginado.Ninguno dijo absolutamente nada.Solo continuaron con
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