Capítulo 45. La celda de cristal
El mar vuelve a golpear, paciente y rencoroso. Lo escucho colarse por la rejilla triangular de la esquina como un animal que quiere aprender mi respiración. La gotera del techo marca segundos sobre el balde abollado. Uno. Dos. Tres.
La habitación huele a sal vieja, a aceite, a ropa húmeda que nunca seca. Los cinturones de cuero me sujetan a la cama de hierro con una precisión que insulta.
Si cierro los ojos, puedo dibujar cada tornillo del marco, cada descascarado de pintura en la pared, cada a