Mundo ficciónIniciar sesiónUn error, dos días, tres caprichos. Una equivocación lleva a Gavrel con alguien diferente a lo que pensó. Sin preguntas, sin nombres, ni vida además de la que coinciden esos dos días, en los cuales el desenfreno es el único protagonista de sus deseos. No se volverían a ver de todos modos. O ese era el acuerdo. Pero ninguno esperó que se volverían a encontrar. Ella siendo la sobrina del socio de Gavrel. Arleth queda frente al hombre que escuchó cada uno de los deseos que quería cumplir, las locuras que deseaba tener y las fantasías que le hizo vivir. Un chef, una modelo y vidas peligrosas. Eso en cualquier plano iba a salir mal. Los recuerdos se olvidan cuando no son tan fuertes, pero marcan si tocan tu alma. Y ellos llegaron a más que una sencilla marca. ¿Podrán contrarrestar la fantasías que surgieron desde esa noche?
Leer másArleth Ambrosetti.
—Cállate, diablo —silencio a Katia por teléfono, mientras camino hacia mi camerino personal. —Tus consejos me hicieron confesar mis sentimientos a Valentín hace años, ¿y qué pasó? —No seas exagerada —escucho a Cristal en el fondo. —Esto no tiene porqué compararse con esa ocasión. Sencillamente necesito que te hagas muy amiga del socio de mi padre en la reunión que se organizará en su honor. Tú eres buena en eso. —Sigues evadiendo la pregunta —recalco. —¿Por qué? —¡Tiene novio!— grita mi otra prima. —No es novio —la corrige. Toma aire en lo que espero su respuesta. —Estaba en un momento…comprometedor con Amir. El socio de mi padre entró, nos vio y… —¿Quién es Amir?— corto su inspiración. —Un...conocido. —Ajá— no le creo ni media palabra. La dejo que continúe. —Necesito que le digas que no suelo hacer esas cosas en la oficina de mi papá. —¿Y no?— presiono. —¿Quién crees que soy?— se indigna. —Lo que ocurre es que ese sujeto es uno de los mejores chef de la época. Pero es muy estricto en todo lo que lo rodea. Por menos que esto ha finalizado sociedades antes y no quiero echarle a perder esto a mi padre —se explica. —Arleth, te daré lo que sea. Podría decir que no, pero ella me salvó de caer en depresión por ser...casi rechazada por mi primer amor platónico. —Me lo quitas de encima si la cosa se pone mal —exijo. —Si es un desgraciado dueño de la amargura del mundo no lo tendré cerca por mucho tiempo. Por muy respeto que le tengo a las personas mayores, no lo pienso soportar. —No es un anciano. De hecho es muy joven —toma otro vuelo la conversación como si el tema fuera ese—. Y según mi papá está en Florencia, podrías incluso encontrártelo. Se llama... —Me importa poco —corto su presentación—. Lo quiero lejos luego de esto. Y eso no entra a negociación, Katia —dictamino. No le queda otra opción que aceptar. Sabe que ese anciano estaría más seguro lejos de mí si busco solución por mente propia. No tengo más tiempo para ellas, y decido continuar con la conversación luego. Estar entre pasarelas no es lo que todos piensan, no siempre es color de rosas, risas o alegrías. Los reflectores cansan, el público tiende a ser exigente y ni se diga de los críticos. El cansancio me rebasa cada día y no tengo tiempo de un descanso por mucho que lo desee y lo necesite. Mi agente toma contrato tras contrato desde que comenzamos a trabajar juntos. No me quejo de eso, porque sí, disfruto mi trabajo pero también me agoto por las extenuantes horas en las que debo estar al tanto de lo que haré. A veces suelo despistarme en las obligaciones que Tim lleva en la agenda. Alejo los tacones masajeando mis pies apenas planto el culo en el sofá cama que solicité en mi camerino. Quiero quitar el dolor tan horrendo que tengo en los tobillos. Los talones los siento pesados, las piernas adoloridas y requiero de una aspirina junto a la compresa fría para poner en mi cuello. Con una bata encima cubro el traje de baño para recostarme en el mueble, en donde me permito unos segundos para estirar mis piernas un poco más. Respiro hondo liberando el aire de a poco para obtener un gramo de calma. —Te ves agotada— mi agente cierra la puerta tras atravesarla. —No me veo, estoy agotada, Tim —me cubro los ojos. —Necesito urgentemente un día, dos o una semana para recuperar energías o no daré a bastos para todo lo que sigue. Suena a exageración, pero no lo es. Ni siquiera recuerdo cuando tuve un intento de cita. Pero sí tengo en la cabeza lo que ocurrió; era un jugador de baloncesto, muy atractivo, pero un patán absoluto. Sus bolas conocieron mi rodilla. Tim se me viene a la espalda, masajeando mis hombros con lentitud. Me apoyo en él, dejando que me relaje. —Mi precioso tormento —murmura—, no sabes cuanto quisiera decirte que puedes hacerlo, pero, tenemos un contrato para mañana... —Haz algo... por favor —pido uniendo mis manos al frente—. Solo será esta vez. Inventa algo. Una enfermedad, un malestar estomacal, que me abdujeron los extraterrestres o puedes decir que me fui al infierno si lo deseas —pongo mis ojos se borrego y él afina su mirada—. De verdad, hoy no puedo más. Deja caer los brazos, derrotado ante lo que solicito. Sabe que conviene más un descanso a que caiga en una pasarela como consecuencia de no tener un minuto para mí. Nunca me ha pasado, pero podría. Supongo. —Está bien— accede y celebro imitando los aplausos de mi sobrino—. Pero debes salir de tu departamento. Sal a un sitio alejado para que los paparazzis no te vean. También puedes esconderte en una vecindad de mala muerte. Lo miro mal ante su propuesta absurda. —Es en serio, Arleth —me señala, recogiendo mis zapatos—. Duerme, folla, come y disfruta estos dos días. —Voy a disfrutar comiendo y durmiendo —corro en busca de mi ropa—. Lo otro no lo creo, tengo un novio a miles de kilómetros y respeto mi relación. —Ay ajá —se burla ajustando su foulard—. No has aceptado ninguna propuesta de nadie desde que dejaste infértil a alguien ¿De dónde vas a sacar un novio? Me cruzo de brazos fingiendo molestia. —Podías haber dicho un “sí” nada más, o quedarte callado —me defiendo—. ¿Que no sabes que podemos ser escuchados? —le pido la camisa que me alcanza—. Nadie que valga la pena debería saber esa información. —Tienes a cientos detrás de tí. Muchos darían lo que sea para estar contigo—, hace el recuento. —Piden pagar miles de dólares por una cena contigo. No sé qué más esperas, bello tormento. Recojo mi cabello viéndome en el espejo. —Ahí radica el problema —le digo con la liga en la boca. —Mis expectativas están por los cielos. Quiero a alguien que me vea y diga "Oh, encontré a mi alma gemela —le sumo teatralidad a mi expresión—. Pagaré por cada una de sus respiraciones", —dejo que piense que es broma, aunque en realidad no lo es. —No veo a ninguno llenarlas. Cuando encuentre uno así, me vas a perder. Y no me recuperarás, Timoteo. Bufa negando. —Timothy— me corrige, posicionándose detrás. —Y por lo único que te comprendo, es porque conozco a tu padre, tus tíos y ¡por Dios! Tu hermano está como para… —Dile eso a mi cuñada —contestó. —¿Qué tienen tus genes? —continúa—. Dame algo para verme como se miran ellos. —Comemos apio— le miento y este se ríe negando. —Las comidas saludables también tienen que ver con la belleza. Y tenemos un chef que sobre explotamos. —Encargaré dos toneladas de apio entonces y pediré a tu tío que cocine para mí— me sigue la corriente. Largo una carcajada mirándolo por el reflejo, mientras me pongo un short. Tim faja mi camisa, ya que no las cambio, aunque no sean lo más adecuado. Podrán decir lo que quieran, pero Sia y Adele en la parte frontal de mi camisa se ven maravillosas. Mi manager me pasa la chaqueta que pongo encima de la camisa. Opto por una gorra para poder salir de incógnita. Si Katia me ve así me va a matar. Odia las gorras. A la única que le envío fotografía es a Cristal. —Diré que tuviste una emergencia, que saliste de Italia, así que aprovecha —Tim me da un beso en cada mejilla cuando agarro mi mochila con papeles y dinero en efectivo. —Subiré dos tallas de tanto comer— me río casi festejando algo que ni he elegido aún. —Ya en serio, ¿qué comes para no hacer ejercicio nunca y permanecer así de espectacular siempre? —Como de todo. Herencia de mi madre querido Timoteo —le doy un último beso para salir sin rumbo. Pero ya encontraré algo. Y si no lo encuentro, me lo invento, pero de que disfruto esto, sé que lo haré. —¡Me traes un recuerdo!— es lo último que escucho antes de salir al estacionamiento. Le doy una mirada al auto en el que llegué, aunque por supuesto no puedo decirle al chófer que estoy saliendo a escondidas. Puede filtrar información. Por ese motivo debo buscar un taxi que encuentro fácilmente al apenas salir. Los espectaculares tienen mi imagen por todos lados. Se anuncia la pasarela que se realizará dentro de dos meses. De esos ensayos es que quiero escapar esta noche. No me quito los lentes y acomodo la hebra de pelo que se sale de la gorra evitando que alguien me conozca. Siento que acabo de escapar de un robo. Una anécdota más que contar a todos menos a Leandro. Me fastidiaría toda la vida con eso. —No me ha dicho a dónde— me recuerda el taxista. —La verdad... no tengo... ¿Sabe de algún lugar donde pueda descansar por 48 horas sin que nadie moleste? —me siento como una tonta preguntando eso, pero nada de hoteles famosos hoy. No me interesa si recomienda una comunidad caníbal, me lleven los Skrulls, los reptilianos o el mismo Indiana Jones para buscar la calavera de Cristal. No discrimino a nadie. El taxista se queda pensando un momento. —No es de aquí ¿verdad? —niego y vuelve la vista al frente—. Hay diferentes sitios a los que puede asistir, señorita. Puedo recomendar algunos, pero no sé si serán de su agrado. —Algo en lo que no tenga que salir para nada —le doy una pista—. Un lugar en el cual disfrute de la buena comida, haya privacidad y nadie vea a nadie. —Quizá le interese el Piaceri della vita —sugiere pensativo—. Es un sitio que tiene un extenso jardín para diversidad de actividades y... —¡Me interesa! —lo corto complacida—. Me da la dirección. Pero, por ahora, lléveme a comer una pizza. Grasosa —hago la imagen que casi muerdo—, grande y que esté recién hecha. Asiente riéndose, me da una nota con la dirección y sonrío contenta porque no tendré que dar tantas vuelta para ir a donde quiero. Se estaciona frente a un restaurante y saco dinero para pagarle por sus servicios y la recomendación. —El sitio tiene un rótulo gigante con letras azules —contesta cuando le pregunto como reconocer el lugar. —Son muy amables todos así que podrá acomodarse rápido. Le indico que entiendo antes de entrar al restaurante, en donde disfruto de la deliciosa comida por más de dos horas en las que creo me veo como una muerta de hambre. Mi padre me reprocharía por modales, pero así me siento bien y prefiero no pensar en eso. Salgo muy contenta con el papel que me dio el señor amable y comienzo a caminar hasta que me encuentro cerca, según la dirección. La lluvia empieza a caer y corro hasta un sitio que alcanzo a ver con el nombre “Piaceri lascivi della vita”. —O le agregaron otra palabra al nombre o yo escuché mal— me rasco la nuca, mientras busco en los garabatos del señor, que tiene manchas del labial oscuro que se me rompió, así que podría asegurar que es el mismo lugar. Miro el rótulo con letras azul neón. «El taxista dijo azul.» Entro al sitio mirando que todo está vacío, incluso donde debería haber una recepcionista. La amabilidad también se fue de sabático. Toco una campanilla hasta que veo unos segundos después llegar a una señorita sonriente. Y vestida muy… «No te importa, Arleth.» —La estábamos esperando —me habla y junto las cejas. —¿A mí?— asiente de nuevo. —Nos dijeron que llegaría pronto hace 10 minutos —teclea en su computador—. De hecho, ya debería estar en la habitación porque el señor está por llegar— la miro con confusión. —Pero yo soy... —me cierro la boca por mi misma! recordando que no puedo decir mi nombre. —Sabemos que no puede decir su nombre. No se preocupe. ¿Qué? Ya me perdí. —¿Gusta seguirme? —agarra una bolsa junto a unas llaves, camina y por alguna razón la sigo como si mis pies respondieran por sí solos. —Oiga, pero... Voltea a verme y evito decir otra cosa, porque no tengo idea de cómo explicar...o qué debo explicar. Subimos las escaleras hasta llegar al elevador al cual entramos juntas. Ella relajada y yo sin dejar de mirar a todos lados. —¿Sabe usted porque no puedo decir mi nombre? —El contrato de confidencialidad —contesta con una sonrisa. —¿No lo leyó? M@ldición, ¿cuál contrato? ¿confidencialidad? Mierd@. —Sí, sí, sí— «Arleth corre, te van a entregar al señor Gray.» —Todo cool. Todo cool. Levanto los pulgares sin soltar el morral que ya siento como un salvavidas. El frío se cuela por mis botas y el short. La camisa la tengo mojada...y mi mente me hace recordar que en las películas, los contratos de confidencialidad solo los piden cuando van a... Sacudo la cabeza para no pensar tonterías. Salimos al pasillo hasta que quedamos frente a una puerta. —Su llave, su ropa —me da lo que traía. —Si necesita algo más, estaremos gustosos en ayudarla. Abrazo el bolso entrando a la alcoba. Todo está perfectamente ordenado. Demasiado. Me gusta el orden, pero creo que aquí se lo toman muy en serio. Parece el escenario para obra de teatro. —Cama, comida. Eso es todo lo que quería —me lanzo de brazos y piernas abiertas sobre las sábanas rojas. La mochila cae en algún sitio, y menos no me podría interesar. Aunque un segundo después recuerdo lo que dijo la mujer. Viene alguien más. Y dudo mucho que quiera un sencillo baile. Tampoco soy stripper. O sea sí quería, pero no me dejaron. Podría ofrecer cocinarle. Hay muchas recetas en internet. Algo puede salir. ¿Lavarle la ropa? No creo que acepte. Pero puedo intentarlo. Solo es por una noche. Estoy segura de que cuando le explique saldrá su lado caba… —Por favor, Arleth. Paga por sexo, no por escuchar problemas ajenos —sigo hablando sola. —Y ahora comienza a llover más fuerte. Dudo que decida irse. No es como que sea el rey de Inglaterra quien vaya a venir. Hay una cama y un sofá, si elige quedarse, tendrá que dormir ahí. Trato de convencerme de todo eso, en tanto abro el bolso, dejando que mis ojos casi se salgan de su cuenca al ver un dildo de un tamaño impresionante. Además cuenta con un diamante en la... ¿Eso no molestará a la hora de…? Lo suelto de inmediato. Pensamientos como esos no son de ayuda. Meto la mano para sacar unas esposas, una soga y entre más busco, solo encuentro pruebas de que debo colocar una de las cómodas a la puerta. ¿Arleth en que te metiste? Con tanta tensión al ver lo que había en la bolsa, considero que un baño es lo mejor. Me meto bajo la ducha por varios minutos, hasta que terminé haciendo demasiado daño al planeta derramando agua por un simple baño. Salgo en toalla con la nueva canción de Sia en la cabeza, la cual tarareo por lo bajo. Busco mi bolso, pero no está en donde lo dejé. No hay magos cerca para que desaparezca así, digo para mis adentros. El clima se siente más frío, la luz se apagó, o se las cortaron. La economía está muy difícil para todos. Siento que estoy siendo observada, pero las ventanas están cerradas por lo que descarto a los paparazzis. No saben dónde estoy, espero. Sería mucha mala suerte que en mi primera escapada de los medios sea descubierta. Tropiezo con una maleta, pero al tocarla descubro que no es la mía. Esta pesa más y tiene mayor tamaño. Retrocedo, pero el grito de mi garganta al sentir algo puntiagudo tocar mi pie me hace girar de golpe saltando con una rodilla flexionada, chocando con un mueble al que me aferro. —¡Arleth sigue así y tendrás la muerte más estúpida del mundo! —me regaño. Sobo la planta de mi pie, intentando calmar el dolor. Pica y duele. Si agarro una infección terminaré siendo alguien igual al soldado del invierno. Pero con el pie. Camino hurgando entre los cojines de los muebles. Sin resultado. —Si aquí roban, nadie debería confiar para venir a follar —hablo en voz alta, dándome la vuelta para bajar a poner un reclamo. Pero termino chocando con un cuerpo gigante, o al menos me lo parece, porque mi cara queda enterrada directamente contra el pecho que tiene la camisa abierta de los primeros botones. Ni siquiera asimilo que mi rostro haga contacto cuando el rebote violento me echa hacia atrás. Retrocedo, al mismo tiempo sacudiendo la cabeza para ver con quien... —Ya me robaron todo, llegaste tar...¡Por los clavos de Jesús! —exclamo cuando esa mirada ámbar impacta de golpe contra mis ojos. Un tipo con una altura que me hace desaparecer al solo tenerme cerca aparece ante mis ojos. Esa cosa no es humana. Su mirada no lo es. Siento frío con solo verlo, pero este parece devorarme con solo fijarse en mí. —Por las chanclas de Moises y mis calzones al revés —suelto sin medirme en el vocabulario idiota que uso.Arleth. —¿Quién eres tú?— regreso la pregunta. —Un chef al que le vale tres quintales de mierd@ lo que la prensa piense —expone sin mayor interés—. Alguien que se dedica a ello porque le gusta y disfruta ver las impresiones que causa cada una de sus recetas. Mira al techo. Su tono de voz indica la fascinación por lo que hace, pero su forma de respirar me dice que no ve su profesión de la misma manera que el resto. —Soy leal a lo que me gusta. Tan sencillo como entender que la complacencia es un defecto que te arruina —regresa su mirada a mí—. Es fácil aceptar lo que eres, lo que vienes a hacer en el mundo y lo que te quieres comer. Sus ojos se hunden en los míos. Humedece sus labios, sin dejar de verme, haciéndome sentir que me elevo. No de manera agradable, sino inquieta. —¿Cómo lo haces?— mi voz sale en un hilo. Sus dedos se frotan hasta formarse un puño que me roza el pelo desperdigado entre los dos. Suspira, se da la vuelta y coloca ambas manos a cada lado de su cue
Arleth. Un cosquilleo se forma entre mis piernas y los labios me hormiguean. Parpadeo mirando a todos lados para no delatar mi falta de experiencia. «Esto no me estaría pasando si no hubiera nacido un viernes 13». Su mirada me recorre y siento que el aire se pone denso, como una gelatina que no permite nadar. En completo silencio me amarro el cabello para ponerlo a un lado de mi cuello, clavo los ojos al techo contando las líneas que forman la sombra de las gotas de lluvia al deslizarse por la ventana, luego de quedarme con las manos sobre el abdomen. No pienso moverme, ni hablar. Respirar es peligroso a lado de este tipo. Si lo cumple, yo me quedaría con el... ¿Por qué estoy proyectando la idea? ¡Lo acabo de conocer, por los cielos! Se supone que me estoy preparando para dar terapia, pero presiento que seré quien debe recibirla. Estás mal, Arleth. Perdiste la razón, me digo. Según el tema de la última clase, hace dos días, el cual fue dedicado al manejo de pensamientos in
Arleth. —¿Qué?— pregunta esa voz ronca que me eriza la piel al hacer contacto con mis oídos. El corazón se me desboca y las piernas me empiezan a tambalear. ¿Es un hombre? ¡Claro que lo es! Creo, no sé qué tenga abajo. Giro a ver el bolso. ¿Será que es igual a... Perdonáme señor, sabes que voy a la iglesia todos los domin...bueno, casi todos los mes...Sí he ido. Pero creo que necesito confesarme. —Sal de la habitación— lo empujo, pero luego pongo de nuevo mis manos contra mi pecho al darme cuenta de que estoy tocando a un desconocido. —¿Disculpa? —increpa en un tono incrédulo—. Hasta donde tengo entendido, pagué por un servicio, ¿quién eres tú? M@ldición, es el tipo que vendría a follar con un dildo. —Disculpa —me hago la loca—. No sabía. Me doy la vuelta, apretando los ojos y los labios en cuanto deja de verme. Yo y mi bocota. Deberíamos ser un buen equipo, pero no es así. —Se cometió un error. Lo arreglaremos si prefieres— intento proponer que me acepte
Arleth Ambrosetti. —Cállate, diablo —silencio a Katia por teléfono, mientras camino hacia mi camerino personal. —Tus consejos me hicieron confesar mis sentimientos a Valentín hace años, ¿y qué pasó? —No seas exagerada —escucho a Cristal en el fondo. —Esto no tiene porqué compararse con esa ocasión. Sencillamente necesito que te hagas muy amiga del socio de mi padre en la reunión que se organizará en su honor. Tú eres buena en eso. —Sigues evadiendo la pregunta —recalco. —¿Por qué? —¡Tiene novio!— grita mi otra prima. —No es novio —la corrige. Toma aire en lo que espero su respuesta. —Estaba en un momento…comprometedor con Amir. El socio de mi padre entró, nos vio y… —¿Quién es Amir?— corto su inspiración. —Un...conocido. —Ajá— no le creo ni media palabra. La dejo que continúe. —Necesito que le digas que no suelo hacer esas cosas en la oficina de mi papá. —¿Y no?— presiono. —¿Quién crees que soy?— se indigna. —Lo que ocurre es que ese sujeto es uno de los me
Último capítulo