Mundo ficciónIniciar sesiónA sus 19 años, la vida de Alma Reyes se desmorona cuando descubre que su padre la ha "entregado" como pago para saldar una deuda millonaria y salvar a su familia de la ruina. Su nuevo dueño no es otro que Adrián Vólkov, un CEO frío, calculador y despiadado. Adrián no busca solo dinero; busca venganza. Años atrás, las acciones del padre de Alma destruyeron a la familia Vólkov. Ahora, Adrián tiene el poder y ha regresado para cobrar esa deuda obligando a Alma a firmar un contrato que la convierte en su esposa. Atrapada y obligada a mudarse a la imponente mansión de su enemigo, Alma debe acatar una regla inquebrantable: fingir ante el mundo que son la pareja perfecta. Ella lo odia profundamente, considerándolo un monstruo que le ha robado la libertad. Él, por su parte, es un hombre implacable que asegura no creer en el amor. Sin embargo, convivir bajo el mismo techo desata una dinámica explosiva. Lo que comienza como un castigo calculado pronto se transforma en una obsesión peligrosa. Entre enfrentamientos constantes y una innegable tensión, la gruesa barrera de odio que los separa comienza a desdibujarse. Ambos descubrirán que mantener las apariencias es fácil, pero resistirse al fuego que empieza a quemar entre ellos podría ser el verdadero peligro. ¿Podrá nacer algo real de un trato hecho por venganza?
Leer másEl olor a tierra mojada y a flores marchitas se había impregnado en mi ropa, un recordatorio constante de que la pesadilla era real. Hacía apenas unas horas que habíamos enterrado a mi padre bajo una lluvia gélida e implacable que parecía querer lavar, sin éxito, los pecados de nuestra familia.
Me encontraba sentada en el inmenso despacho de la casa en la que había crecido. Las paredes de caoba, que alguna vez me parecieron un refugio inquebrantable, ahora se cerraban sobre mí como las rejas de una prisión. El silencio era absoluto, hasta que el sonido de la pesada puerta de madera abriéndose me hizo levantar la vista. Era mi tío Esteban. Su rostro estaba demacrado, surcado por arrugas de preocupación que, en mi ingenuidad, creí que eran producto del duelo. Llevaba en sus manos una carpeta negra de cuero, y la forma en que la sostenía —como si quemara— hizo que un escalofrío de anticipación me recorriera la espalda. —Alma —comenzó, su voz sonando hueca en la inmensidad de la habitación—. Siento tener que hacer esto hoy. Siento que no tengas tiempo ni siquiera para llorarlo. —¿Qué pasa, tío? —pregunté, irguiéndome en la silla de cuero que todavía conservaba el leve aroma a la colonia de mi padre. Esteban avanzó a paso lento y depositó la carpeta negra sobre el escritorio, empujándola exactamente hasta el centro, justo frente a mí. —Tu padre… tomó decisiones desesperadas durante los últimos meses —dijo, evitando mirarme a los ojos—. La empresa está en la bancarrota absoluta. Pero eso no es lo peor. Para intentar salvar el legado de los Reyes, pidió dinero. Mucho dinero. Y se lo pidió a la persona equivocada. El aire se atascó en mis pulmones. —¿A quién? Esteban tragó saliva de forma audible antes de pronunciar el nombre que había sido un tabú en nuestra familia durante la última década; el nombre que traía consigo historias de sangre, ruina y una sed de venganza insaciable. —A los Vólkov. El mundo pareció detenerse por un segundo. —Pero los Vólkov nos odian. Adrián Vólkov culpó a mi padre de la muerte del suyo… ¿Por qué aceptaría darle dinero? —Para tener la excusa perfecta para destruirnos —respondió Esteban, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Y lo ha conseguido. El plazo para pagar la deuda venció el mismo día en que el corazón de tu padre se detuvo. Adrián Vólkov es ahora el dueño de nuestra empresa, de esta casa y de cada centavo que lleva nuestro apellido. Nos ha dejado en la calle. El pánico comenzó a nublar mi visión. Estábamos arruinados. Mi padre estaba muerto y el imperio que había construido con sus propias manos había caído en las garras de nuestro mayor enemigo. —Entonces, ¿qué hacemos? —susurré, sintiendo que las lágrimas finalmente amenazaban con desbordarse—. ¿Empezar de cero? Esteban negó con la cabeza, y fue entonces cuando su mirada se fijó en la mía con una intensidad aterrorizada. —Adrián Vólkov no quiere solo el dinero, Alma. Quiere humillar el apellido Reyes hasta reducirlo a cenizas. Quiere cobrarse la sangre de su padre. Señaló la carpeta negra con un dedo tembloroso. —Ese es un contrato. Nos ofrece perdonar la deuda, devolvernos un porcentaje minoritario de la empresa para que la familia no muera de hambre y dejar que conservemos esta casa. Pero a cambio de una condición. Una sola. Mis manos temblaron al alcanzar la carpeta. La abrí con lentitud, como si estuviera a punto de destapar una caja de Pandora. Las densas páginas de lenguaje legal estaban llenas de cláusulas y estipulaciones, pero mis ojos fueron directamente a la página final, donde una línea en blanco esperaba mi firma justo debajo del nombre de *Adrián Vólkov*. —¿Qué quiere? —pregunté, aunque el terror que me oprimía el pecho ya me estaba gritando la respuesta. —A ti —susurró Esteban, bajando la cabeza como un hombre derrotado—. Te quiere a ti, Alma. El contrato estipula un matrimonio inmediato. Te convertirás en su esposa. Serás su propiedad legal y absoluta. Si te niegas, hundirá a toda nuestra familia, a nuestros empleados, a todos los que alguna vez dependieron de tu padre, en la miseria más absoluta. Y luego, se asegurará de que nunca encontremos la paz. El silencio que siguió a sus palabras fue el más ensordecedor que había experimentado en mis veintidós años de vida. Miré el papel. Las letras impresas en tinta negra bailaban ante mis ojos llenos de lágrimas. No era una propuesta de matrimonio; era una sentencia de muerte. Adrián Vólkov, el hombre al que la ciudad entera temía, el demonio de traje a medida que no conocía la piedad, había trazado su venganza perfecta. Me iba a arrastrar a su infierno, obligándome a pagar por los pecados que él creía que mi familia había cometido. —No tengo opción, ¿verdad? —pregunté con la voz rota, levantando la vista hacia mi tío. —Si no firmas, Vólkov vendrá a por nosotros mañana al amanecer. Y él no deja prisioneros, Alma. Lo siento. Lo siento tanto… En ese momento, algo dentro de mí se quebró, pero al mismo tiempo, algo nuevo y afilado se formó en mi interior. Ya no había tiempo para llorar a mi padre. Ya no había tiempo para ser la niña protegida de la familia Reyes. Tomé la pesada pluma de oro que descansaba sobre el escritorio. El metal estaba frío contra mis dedos. *Él cree que me ha destruido*, pensé, mientras mi mano se movía sobre el papel, trazando la firma que sellaba mi destino. *Cree que comprando mi libertad obtendrá su venganza*. Firmé la última hoja y cerré la carpeta con un golpe seco que resonó en el despacho. Yo, Alma Reyes, acababa de vender mi alma al diablo para salvar a los que quedaban. Me acababa de convertir en la esposa del monstruo. Había sido vendida al enemigo. Pero lo que Adrián Vólkov no sabía, lo que ni siquiera yo sabía en ese momento oscuro y desesperado, era que al arrastrarme a su mundo de sombras, me estaba dando exactamente las armas que necesitaría para algún día hacer arder su imperio desde adentro.El estruendo de los disparos rebotaba contra las pesadas paredes de metal del inmenso almacén, convirtiéndose en un eco ensordecedor que me taladraba los oídos. Acuclillada detrás de los fríos contenedores de acero, me abracé a mis propias rodillas, cerrando los ojos con tal fuerza que me dolían. Cada detonación era un latigazo en mis nervios, una agonía interminable donde la única imagen que cruzaba mi mente era la de Adrián adentrándose en aquella oscuridad letal para protegerme.«Vuelvo por ti. Es una promesa».Sus últimas palabras eran el único ancla que me mantenía atada a la cordura mientras el infierno se desataba a escasos metros de mí. Podía escuchar los gritos de los hombres de Morales, el caos de las órdenes cruzadas y el crujido metálico de los casquillos cayendo al suelo de concreto. Adrián no había llevado consigo un simple equipo de seguridad; había desplegado una fuerza de aniquilación, un ejército de sombras entrenadas para desmantelar a sus enemigos desde dentro.El
El puerto estaba sumido en una oscuridad casi absoluta. El olor a salitre, metal oxidado y humedad impregnaba el aire nocturno, pero lo que realmente cortaba la respiración era la quietud antinatural del lugar. No había sonido de grúas, ni motores, ni trabajadores. Solo el eco hueco del agua golpeando contra el concreto de los muelles.Adrián detuvo su camioneta blindada a una distancia prudente del almacén principal. Apagó el motor y las luces en un solo movimiento fluido. A nuestro alrededor, como sombras desprendiéndose de la noche, vi a varios de sus hombres tomando posiciones estratégicas.—Quédate cerca de mí —ordenó, su voz era un susurro ronco que no admitía réplica.—No pensaba ir a ningún otro lado —respondí, intentando que mi voz no temblara. Mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía escucharlo.Bajamos del vehículo y el frío de la madrugada nos envolvió. Caminamos hacia la entrada del inmenso almacén. La puerta metálica estaba entreabierta, dejand
Las sirenas se desvanecieron en la distancia, pero el eco de la traición de Esteban seguía flotando en el inmenso vestíbulo de la mansión. Sin embargo, la opresión en el pecho que me había acompañado desde el primer día parecía haberse evaporado.Adrián se dejó caer en el sofá de cuero oscuro, aflojándose el nudo de la corbata con un gesto de agotamiento absoluto. Por primera vez desde que lo conocí, no intentó ocultar su cansancio detrás de una máscara de hierro impenetrable.Me acerqué y me senté a su lado. No hubo dudas ni distancia entre nosotros.—Esteban ya no es una amenaza —dije en voz baja, intentando asimilar el impacto de todo lo que habíamos descubierto.—Él era solo el intermediario —respondió Adrián, pasando un brazo por mis hombros para atraerme contra su pecho. El calor de su cuerpo se sintió como un refugio seguro en medio del caos—. El cartel sigue operando en el sur, y ahora que saben que su infiltrado ha caído, estarán más desesperados que nunca.Apoyé la cabeza en
El silencio que siguió a la acusación de Adrián fue tan pesado que sentí que el aire se volvía irrespirable. Miré a Esteban, mi tío, el hombre que me había sostenido cuando mi mundo se caía a pedazos, buscando desesperadamente una chispa de indignación o una negación rotunda. Pero no hubo nada.Esteban permaneció sentado, con las manos entrelazadas sobre su regazo, observando la carpeta de documentos sobre la mesa con una calma que me resultó aterradora.—¿No vas a decir nada? —mi voz salió como un susurro roto—. Dime que Adrián miente. Dime que no fuiste tú.Lentamente, Esteban levantó la vista. Ya no era el tío cariñoso y protector; sus ojos reflejaban una frialdad ambiciosa que nunca antes me había permitido ver.—A veces, Alma, hay que tomar decisiones difíciles para asegurar el futuro de la familia —dijo con una voz carente de remordimiento—. Tu padre era un hombre débil. Se dejó cegar por la lealtad a los Vólkov y no vio que el barco se hundía. Yo solo me aseguré de que no nos h
Último capítulo