La tormenta no se detuvo de inmediato, pero eventualmente, el cansancio y el peso abrumador de la realidad nos alcanzaron. La habitación estaba a oscuras, iluminada únicamente por la pálida luz de la luna que se filtraba a través de las pesadas cortinas.
Yo estaba sentada en el borde de la cama, con la respiración aún entrecortada y el corazón latiendo a un ritmo frenético que parecía ensordecedor en medio de tanto silencio. Adrián estaba de pie, a unos pasos de mí, dándome la espalda. Se había