Capítulo 5: Demasiado cerca

El eco de aquel beso prohibido seguía resonando en cada rincón de la inmensa habitación, pero, sobre todo, martilleaba en mi cabeza con una persistencia insoportable. Me pasé las horas siguientes caminando de un extremo a otro, intentando convencerme de que mi reacción había sido solo producto del miedo, del estrés y de la abrumadora presión a la que estaba sometida.

“Fue un error absoluto”, me repetía en voz baja, como si pronunciarlo en voz alta pudiera hacerlo realidad.

Sin embargo, el hormigueo fantasma en mis labios y la manera en que mi pulso se había disparado al sentir sus dedos sobre mi piel contaban una historia muy diferente. Y eso era precisamente lo que más me aterraba: la traición de mi propio cuerpo.

Cuando la noche finalmente cayó, envolviendo la mansión en una oscuridad densa y asfixiante, alguien llamó a la puerta con dos golpes secos. Me detuve en seco, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento instintivo de protegerme.

—Adelante —dije, forzando un tono de voz que no reflejara el torbellino de emociones que me consumía.

No era Adrián. Para mi inmenso alivio —y, aunque me odiara por admitirlo, una minúscula e irracional punzada de decepción—, fue la misma mujer elegante que me había recibido horas antes.

—Señorita Alma, el señor Vólkov la espera en el comedor principal para la cena —anunció con una cortesía tan impecable que resultaba robótica.

Tragué saliva, sintiendo que la garganta se me secaba de golpe.

—Dígale que no tengo hambre.

La mujer no parpadeó ni modificó su expresión.

—El señor fue muy específico. Me pidió que le informara que su presencia no es opcional. Es la regla número uno, ¿recuerda?.

El estómago se me contrajo al escuchar la referencia directa a nuestra discusión anterior. Estaba jugando conmigo, arrinconándome paso a paso.

—De acuerdo —cedí, sabiendo que resistirme por algo tan banal solo le daría el placer de venir a buscarme él mismo. Y no estaba lista para volver a tenerlo frente a mí; no tan pronto.

Seguí a la mujer a través de un laberinto de pasillos silenciosos y opulentos, cuya decoración fría y minimalista gritaba a los cuatro vientos el nombre de su dueño. Al llegar al comedor, la escena me dejó momentáneamente paralizada.

La mesa, lo suficientemente larga como para acomodar a veinte personas, estaba dispuesta solo para dos. Y en uno de los extremos, impecablemente vestido aunque sin la rigidez de su chaqueta, se encontraba Adrián. Sostenía una copa de vino tinto, observando el líquido oscuro con una concentración casi hipnótica.

Al escuchar mis pasos, levantó la mirada. El impacto de sus ojos oscuros chocando contra los míos fue físico.

—Siéntate —ordenó, con esa voz profunda que parecía vibrar en el aire.

Caminé hacia la silla situada a su derecha, ignorando deliberadamente el extremo opuesto de la mesa. Si íbamos a jugar a esto, no iba a esconderme en la otra punta de la habitación como una niña asustada.

Él pareció notar mi desafío, porque una levísima curvatura asomó en la comisura de sus labios.

—Veo que has recuperado el espíritu.

—Mi espíritu nunca se fue —repliqué, sentándome con la espalda rígidamente recta—. Solo estaba evaluando mis opciones.

—No tienes opciones, Alma. Cuanto antes lo asimiles, más fácil será esto para ti.

La frialdad con la que pronunciaba mi nombre, despojándolo de cualquier afecto pero cargándolo de una posesividad implícita, me exasperaba.

—El hecho de que haya firmado un papel no significa que seas dueño de mis pensamientos ni de mi voluntad.

Adrián dejó la copa sobre la mesa lentamente. La precisión de sus movimientos siempre me ponía en alerta.

—Tu voluntad, al igual que tu apellido, ahora está ligada a mí. Mañana por la tarde haremos el anuncio oficial.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué anuncio?.

—Nuestro compromiso, por supuesto. —Se recostó en la silla, observándome con una calma que rayaba en la crueldad—. Habrá una recepción íntima. La prensa estará presente, al igual que los socios clave de mi empresa… y los antiguos socios de tu padre.

La bilis me subió por la garganta.

—Quieres humillarlo públicamente. Quieres que todos vean cómo me has comprado para salvar los restos de su fracaso.

—Quiero que el mundo sepa a quién perteneces. La humillación de tu padre es solo un efecto secundario inevitable.

Apreté los puños bajo la mesa hasta clavarme las uñas en las palmas.

—Eres despreciable. No pienso sonreír para tus fotos ni fingir que estoy feliz de estar encadenada a ti.

De repente, el ambiente cambió. La calma controlada de Adrián se evaporó, siendo reemplazada por una intensidad oscura y depredadora. Se inclinó hacia mí, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude percibir el sutil aroma de su colonia mezclado con el vino.

—Sonreirás, Alma. Y lo harás de una forma tan convincente que todos creerán que estás perdidamente enamorada de mí.

—No puedes obligarme a fingir algo así.

—¿Quieres apostar? —murmuró, su voz apenas un roce amenazante en el aire—. Si me avergüenzas mañana, si permites que alguien note una sola fisura en nuestra perfecta fachada, la ejecución del embargo sobre la casa de tu padre se retomará al instante. Y esta vez, me aseguraré de que no le quede absolutamente nada. Ni siquiera su nombre.

El odio que sentí en ese instante era tan profundo que me asustó. Pero, mezclado con él, latía esa misma y maldita atracción que había sellado mi perdición horas atrás. Estaba demasiado cerca, sus ojos fijos en los míos, desafiándome a romperme.

—Lo haré —cedí finalmente, con la voz temblorosa por la furia contenida—. Pero que te quede claro una cosa, Adrián: puedes chantajearme y obligarme a actuar frente al mundo… pero cuando estemos solos, jamás obtendrás nada de mí.

Su mirada descendió hacia mis labios, y el recuerdo de su sabor me golpeó con fuerza, haciéndome jadear imperceptiblemente.

—Ya lo veremos —respondió él, con una certeza que me heló la sangre y encendió mi piel al mismo tiempo.

Se apartó, volviendo a su postura inicial, y levantó su copa.

—Empieza a comer, futura señora Vólkov. Necesitarás fuerzas para mañana.

Mientras miraba el plato frente a mí, supe con absoluta claridad que la verdadera guerra no era contra la prensa, ni siquiera contra la venganza de Adrián. La guerra más peligrosa acababa de comenzar dentro de mí. Y estaba aterrada de perderla.

¡Gracias por leer este capítulo! 🖤

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​¡Nos leemos en la próxima entrega!

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