Mundo ficciónIniciar sesiónAsley cometió el error de amar demasiado. Renunció a sus estudios y a su prometedora carrera como diseñadora para que su esposo, Tristan Gibson, pudiera construir su imperio aéreo, Skyline Empire. Pero el éxito transformó a Tristan en un hombre despiadado. En una noche de tormenta implacable, Tristan la desecha sin compasión, expulsándola de su mansión con su pequeño hijo en brazos y sin un centavo en el bolsillo, alegando que ella ya "no está a su altura". En el momento más oscuro de su vida, bajo la lluvia y la humillación, aparece Dante Moretti. Dueño de la aerolínea más exclusiva del mundo y apodado "El Halcón", Dante es el rival más temido de Tristan. Él no busca salvar a una dama en apuros; busca el arma definitiva para destruir a Gibson. Al encontrar a Asley, Dante comprende que tiene frente a él el mapa de todas las debilidades de su enemigo. Dante le ofrece un trato frío y directo: un matrimonio por contrato. A cambio, ella obtendrá una casa que es una fortaleza, riqueza ilimitada y la justicia que tanto ansía. Asley, impulsada por el dolor de ver a su hijo desamparado, acepta de inmediato. Ahora, convertida en la Señora Moretti, Asley regresa al mundo que la despreció. Pero ya no es la esposa sumisa que guardaba silencio; ahora tiene el respaldo del hombre más poderoso del cielo y una sed de venganza que incendiará los motores de todos aquellos que la traicionaron.
Leer másEl silencio en la mansión Gibson siempre había sido un trofeo para Asley. Para ella, una casa silenciosa era sinónimo de un hogar en orden, de un santuario que ella misma había erigido ladrillo a ladrillo, sacrificio tras sacrificio.
Asley ajustó los cubiertos de plata sobre el mantel de lino blanco por tercera vez. La mesa estaba servida para dos: salmón en costra de eneldo, el vino favorito de Tristan respirando en el decantador y velas de vainilla que empezaban a consumirse lentamente. Miró el reloj de pared; eran las nueve de la noche. Tristan llegaba tarde, pero eso no era inusual para el CEO de Skyline Empire.
Con un suspiro suave, Asley subió las escaleras. Sus pasos no hacían ruido sobre la alfombra persa. Entró en la habitación del pequeño Leo y se quedó un momento en el umbral, observando el ascenso y descenso rítmico del pecho de su hijo de tres años. El niño tenía los mismos rizos oscuros que Tristan cuando lo conoció, aquel joven piloto con la mirada llena de ambición y las manos vacías.
—Todo valió la pena por ti —susurró ella para sí misma.
Al pasar frente al espejo del pasillo, se detuvo. Llevaba un vestido de seda azul marino que ella misma había reformado. Sus manos, que alguna vez soñaron con dibujar patrones para las pasarelas de Milán o Nueva York, ahora se dedicaban a pulir la imagen del hombre perfecto. Había renunciado a su beca en la escuela de diseño el mismo día que Tristan consiguió su primera certificación de vuelo comercial. "Uno de los dos tiene que ser el pilar", se dijeron entonces. Ella eligió ser el suelo para que él pudiera volar.
El sonido de los neumáticos sobre la grava de la entrada la sacó de sus pensamientos. Su corazón dio un vuelco, esa mezcla de alivio y nerviosismo que siempre sentía al recibirlo. Bajó las escaleras rápidamente, encendiendo las luces indirectas de la sala.
Tristan cruzó la puerta principal. No traía el saco puesto y la corbata estaba floja alrededor del cuello. Se veía imponente, el tipo de hombre que dominaba cualquier habitación, pero sus ojos, antes cálidos, estaban fijos en la pantalla de su teléfono.
—Llegas justo a tiempo, la cena aún está caliente —dijo Asley con una sonrisa, acercándose para besar su mejilla.
Tristan se tensó. No se apartó, pero tampoco le devolvió el gesto. El aire a su alrededor olía a oficina, a metal frío y a algo más... un aroma floral, agudo y extraño, que no pertenecía a ninguno de los productos de limpieza que ella usaba con tanto esmero.
—No tengo hambre, Asley —dijo él, caminando directamente hacia el bar en lugar de hacia la mesa que ella había preparado con tanto amor.
—Es nuestro aniversario de bodas, Tristan. Preparé lo que te gusta.
Él se sirvió un whisky doble, el cristal chocando contra el hielo con un sonido seco y definitivo. Se giró hacia ella y, por primera vez en la noche, la miró. Pero no fue la mirada de un esposo; fue la mirada del CEO que despide a un empleado que ya no es útil.
—Qué bueno que menciones las fechas —dijo él, dejando un sobre grueso de color crema sobre la mesa, justo encima del plato de Asley, manchando el mantel con una gota de licor—. Porque esta será la última que celebremos en esta casa.
Asley sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. Sus ojos pasaron de la cena perfecta al sobre, y luego a la expresión gélida del hombre al que le había entregado sus mejores años.
—¿De qué estás hablando?
— Me he divorciado de ti Asley. Y necesito que estés fuera de aquí esta misma noche
El silencio de la casa, ese que ella tanto amaba, de pronto se volvió ensordecedor.
El nudo en la garganta de Asley amenazaba con asfixiarla. El contraste era devastador: ella, envuelta en la calidez de su hogar y el azul marino de su vestido; él, un témpano de hielo con el poder de reducir su mundo a cenizas con una sola frase.
El mundo de Asley se detuvo. El sonido del reloj de pared, que antes le parecía rítmico y hogareño, ahora golpeaba sus oídos como un martillo sobre metal. Se quedó allí, de pie frente a la mesa, con los dedos aún rozando el borde del sobre de color crema, sintiendo que el suelo bajo sus pies se volvía líquido.
Sus ojos cafés claros, fijos en un punto inexistente del mantel impecable, no parpadeaban. La parálisis no era solo física; era un colapso total de su realidad.
—¿Esta noche? —susurró, pero las palabras apenas salieron de su garganta.
Tristan ya estaba a mitad de la escalera. No se detuvo, ni siquiera ante el tono roto de su esposa. El hombre que ella recordaba, el que le juró que serían un equipo para siempre mientras compartían cafés baratos en salas de espera de aeropuertos, parecía haber sido reemplazado por un extraño de facciones duras y corazón de piedra.
Asley miró la cena. El salmón que había cocinado con tanto esmero empezaba a soltar un vapor que ahora le resultaba nauseabundo. Las velas, que ella había encendido para crear una atmósfera de intimidad, proyectaban sombras alargadas que parecían burlarse de ella.
"¿Cómo es posible?", pensó, mientras el frío empezaba a recorrerle la columna vertebral. "¿Cómo se puede deshacer una vida de diez años en diez segundos?".
Ella intentó moverse, quiso gritar, quiso subir y obligarlo a mirarla a los ojos hasta que encontrara un rastro del hombre que amaba, pero sus piernas no respondían. Estaba atrapada en ese comedor, rodeada de la perfección que ella misma había creado y que ahora se sentía como una jaula de cristal rompiéndose en mil pedazos.
—Te propongo un trato, Asley. Un trato que no solo te devolverá la dignidad, sino que te garantizará tres cosas que ahora mismo no tiene. Dante levantó un dedo, marcando cada punto con una precisión quirúrgica: —Primero, seguridad y un hogar. Mi casa será tu fortaleza. Nadie, ni Tristan ni sus abogados, podrán tocarte mientras estés bajo mi protección. Segundo, dinero. Tendrás los recursos necesarios para que a tu hijo no le falte absolutamente nada; borraré la palabra "necesidad" de tu vocabulario. Hizo una pausa deliberada, acercándose a ella hasta que el aroma a sándalo y poder volvió a envolverla. Su voz bajó a un tono oscuro, casi magnético. —Y tercero, lo mejor de todo: justicia. No esa justicia lenta que se compra en los tribunales, sino una que verás con tus propios ojos. Te daré la plataforma para que recuperes lo que es tuyo y destruyas la reputación de Tristan hasta que no quede nada de su orgullo. Dante extendió su mano derecha hacia ella, esperando. No era un ge
Dante Moretti no nació en una cuna de oro, pero sí bajo el ruido de los motores. Hijo de un mecánico de aviación italiano que emigró con las manos vacías, Dante creció en los hangares de los aeropuertos de carga. Mientras otros niños jugaban con pelotas, él aprendía a desarmar turbinas y a leer mapas de navegación. Su padre murió en un accidente laboral que la empresa para la que trabajaba cubrió con mentiras legales, dejando a Dante y a su madre en la miseria absoluta. Ese fue el día que el brillo verde de sus ojos se volvió frío: juró que nunca más volvería a ser la víctima de un hombre con traje y poder. Dante Moretti se mantuvo en silencio, dejando que la luz del estudio revelara los detalles de la mujer que tenía frente a él. Con una lentitud casi intimidante, la recorrió con la mirada de pie a cabeza, deteniéndose en su ropa prestada y en la dignidad herida que emanaba de su postura. —Usted no parece una mujer que suela dormir en paradas de autobús —dijo Dante, con su voz
El cambio fue tan drástico que Asley se sentía mareada. Del asfalto frío y la lluvia castigadora, había pasado a un santuario de mármol, luces cálidas y ventanales que mostraban la ciudad desde una altura que antes solo Tristan frecuentaba. Pero este lugar no era el hogar que ella había construido; era un penthouse elegante, minimalista y cargado de una sofisticación masculina que la intimidaba. Asley se quedó de pie en medio de la estancia principal, aferrando a Leo contra su pecho. Sus zapatos empapados dejaban pequeñas huellas de agua sobre la alfombra de diseñador, y por un momento, el instinto de ama de casa la hizo sentir culpable por ensuciar, hasta que recordó que ya no tenía una casa que cuidar. —¡Elena! —llamó el hombre con voz firme, pero sin gritar. De inmediato, una empleada de uniforme impecable apareció. El desconocido no necesitó dar largas explicaciones; su autoridad era natural, casi magnética. —Trae toallas secas para la señora y el niño. Prepara chocolate c
Asley seca sus lagrimas y sube hasta la habitación, necesitaba respuestas, al menos una explicación. Asley se sostuvo del marco de la puerta porque sintió que sus rodillas iban a ceder. El dolor de la traición era agudo, pero la mención de su hijo —el pequeño que descansaba apenas a unos metros, ignorante de que su mundo se estaba desmoronando— encendió en ella una chispa de indignación que atravesó su parálisis. — Necesito una explicación, ¿Quién es? Porque debe haber otra mujer. Tristan terminó de desabotonarse la camisa de seda y la dejó caer sobre la cama matrimonial con una indiferencia que dolía más que un golpe. Se giró hacia ella, y sus ojos azules brillaron con una crueldad que Asley nunca creyó posible. — Así es, una mujer que si esta a mi altura, ahora toma tus cosas y la del niño, vete, no quiero volver a saber de ustedes. —¿Y tu hijo? —preguntó Asley, su voz subiendo de tono por primera vez—. ¿Él también es una "sombra" que ya no encaja en tu vida de CEO? ¿Có





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