Capítulo 1: El contrato

El incesante tictac del reloj de pared era lo único que lograba rasgar el denso silencio de la habitación. Cada segundo que transcurría parecía aplastarme el pecho un poco más.

—Alma… siéntate —pidió mi padre. Su voz no era la de siempre; carecía de su habitual calidez y paciencia, denotando únicamente prisa, nerviosismo y un profundo miedo. Esa inusual actitud me inquietó más que cualquier otra cosa.

—¿Qué pasa? —pregunté, dejando mi bolso sobre la mesa.

No respondió de inmediato. Comenzó a caminar de un lado a otro, pasándose la mano por el cabello con tal frustración que parecía intentar arrancarse las ideas de la cabeza. Nunca antes lo había visto en un estado semejante.

—Papá, me estás asustando… —murmuré.

Se detuvo de golpe y clavó su mirada en la mía. En ese instante, tuve la escalofriante certeza de que algo andaba terriblemente mal.

—Necesito que confíes en mí —suplicó.

Con un nudo oprimiéndome la garganta, alcancé a responder:

—Siempre lo he hecho….

—Entonces no hagas preguntas —soltó, hablando demasiado rápido.

Fruncí el ceño y negué con la cabeza.

—No. No puedes decirme eso y esperar que me quede tranquila.

El silencio volvió a descender entre nosotros, pero esta vez se sentía pesado, casi sofocante. Y entonces, finalmente, lo soltó.

—Ya firmé el contrato.

Parpadeé, desconcertada.

—¿Contrato… de qué?.

Ante su falta de respuesta, mi corazón comenzó a latir desbocado, advirtiéndome de un peligro que aún no lograba comprender.

—Papá… —di un paso hacia él—. ¿Qué hiciste?.

Él se giró, evitando deliberadamente mi mirada. Eso fue, sin duda, lo peor de todo, porque mi padre jamás me rehuía la mirada; siempre me miraba a los ojos.

—Era la única opción —murmuró por lo bajo.

—¿La única opción para qué?.

Y entonces lo entendí. Quizás no en su totalidad, pero sí lo suficiente.

—¿Deudas? —susurré, sintiendo un escalofrío—. ¿Otra vez?. Apretó los puños con impotencia.

—No lo entiendes….

—¡Explícame entonces! —exploté, sorprendida por el eco de mi propia voz rebotando en las paredes. Jamás le había gritado. Pero sentía que algo muy dentro de mí comenzaba a resquebrajarse.

—Nos van a quitar la casa —confesó finalmente, con voz derrotada—. Todo. No tenemos nada, Alma.

Sentí como si el suelo desapareciera de pronto bajo mis pies.

—Eso… eso no puede ser….

—Lo es.

Negué repetidamente, rehusándome a aceptarlo.

—Podemos buscar una solución. Un préstamo, hablar con alguien, vender cosas….

—Ya lo intenté todo —me interrumpió, con una desesperación que me heló la sangre—. No queda nada.

El silencio regresó a la habitación, pero ahora era diferente; se tornó mucho más oscuro y definitivo.

—¿Y el contrato? —pregunté, con la voz apenas audible.

Mi padre cerró los ojos, como si el simple hecho de responderle causara dolor físico.

—Es con él.

Mi cuerpo se tensó de inmediato.

—¿Quién?.

No respondió. Y en ese minúsculo lapso, algo en mi interior terminó de quebrarse.

—¿Quién, papá?.

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más, la puerta se abrió. El sonido fue suave, casi imperceptible, pero en aquel tenso ambiente resonó como un disparo. Ambos giramos la cabeza al unísono.

Y allí estaba él.

Vestía un traje negro impecable, destilando elegancia y una innegable aura de peligro. Su presencia llenó la habitación sin el menor esfuerzo. Era un hombre alto, imponente e intimidante. Sin embargo, no fue su porte lo que me robó el aliento, sino sus ojos. Eran fríos, oscuros y completamente vacíos. Lo reconocí al instante, y el mundo pareció detenerse a mi alrededor.

—No puede ser… —susurré horrorizada.

Mi padre bajó la mirada, avergonzado, como si hubiera perdido todo derecho a hablar. El hombre dio un paso al frente; sus movimientos eran lentos y seguros, con la arrogancia de quien cree que todo le pertenece. Como si nosotros también fuéramos suyos.

—Señorita Alma Reyes —saludó con voz profunda y perfectamente controlada—. Es un placer finalmente conocerla.

Un escalofrío helado me recorrió la espalda. No, esto no podía estar pasando.

—¿Qué hace él aquí? —le exigí a mi padre, incapaz de apartar la vista de ese hombre.

Al no obtener respuesta de su parte, fue el forastero quien tomó la palabra.

—Estoy aquí por usted.

Mi respiración se volvió irregular.

—¿Por mí?.

Una leve curvatura apareció en sus labios, pero no llegó a ser una sonrisa. Era un gesto mucho más frío y calculado.

—Así es.

Retrocedí un paso, negando con la cabeza.

—No… no entiendo….

—Lo hará —respondió con imperturbable calma—. Muy pronto.

Mi corazón latía con tanta violencia que llegaba a doler.

—Papá… dime que esto no es lo que estoy pensando… —supliqué.

Pero él no habló, no me miró, no hizo absolutamente nada. Y en ese silencio sepulcral, descubrí la terrible verdad.

—No… —sollocé, sintiendo que las lágrimas pugnaban por salir—. No, no, no….

El hombre dio otro paso hacia mí.

—Su padre ha saldado su deuda.

Con el estómago revuelto por las náuseas, logré articular:

—¿Cómo?.

Sin apartar sus intensos ojos de los míos, dictó la sentencia:

—Con usted.

El mundo entero se vino abajo sobre mis hombros.

—¿Qué…?.

—Firmó un acuerdo —continuó, como si estuviera discutiendo algo trivial—. Un contrato legal y vinculante.

—Eso no tiene sentido —espeté, temblando de pies a cabeza—. ¡No puedes comprar personas!.

—No la compré.

Se detuvo frente a mí, peligrosamente cerca. Podía sentir su imponente presencia presionando el aire a mi alrededor.

—La adquirí bajo términos específicos.

—Eso es lo mismo… —murmuré.

—No —corrigió—. Es mejor.

Lo miré con un odio puro y ardiente.

—Eres un monstruo.

Su expresión permaneció inalterable.

—He escuchado cosas peores.

—Esto es ilegal… —repliqué, con las manos temblando.

—No lo es —aseguró con absoluta convicción—. Usted firmará voluntariamente.

Solté una risa amarga y carente de humor.

—¿Voluntariamente? ¿Crees que voy a aceptar esto?.

Por primera vez, un destello peligroso iluminó sus ojos.

—No tiene elección.

El silencio que siguió fue brutal.

—Siempre hay una elección —desafié, aunque mi voz ya no gozaba de la misma firmeza.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—No cuando la alternativa es perderlo todo.

Mis pensamientos se nublaron al recordar la casa, mi padre, nuestra vida entera. Todo estaba en juego.

—¿Qué… qué quieres de mí?.

La respuesta llegó de inmediato, cortante y precisa:

—Matrimonio.

Sentí como si me hubieran dado un golpe directo al estómago.

—¿Qué?.

—Será mi esposa.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas, irreales y completamente imposibles.

—Estás loco….

—Es un acuerdo simple —prosiguió—. Usted cumple su papel… y su familia conserva lo poco que le queda.

Con los ojos ardiéndome por la furia contenida, inquirí:

—¿Y si me niego?.

Acortó un poco más la distancia y bajó el tono de voz.

—Entonces lo pierden todo.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Por qué yo…?.

Hubo una pausa breve, pero cargada de significado.

—Porque esto… —dijo, escudriñándome con una intensidad inquietante—… no es solo un trato.

Mi corazón dio un vuelco doloroso.

—¿Qué quieres decir?.

Pero él ya se había dado la vuelta y se alejaba.

—Lo entenderá con el tiempo.

—¡Espera! —exclamé.

Se detuvo bajo el umbral de la puerta, sin molestarse en girar para verme.

—Tiene hasta mañana para decidir.

El pánico apretó mi pecho como una garra.

—¿Y si digo que no?.

El silencio se prolongó por un instante eterno.

—Espero que no lo haga —fue su última advertencia.

La puerta se cerró tras él, llevándose consigo la vida tal y como la conocía. Me quedé de pie en el mismo sitio, inmóvil, intentando forzar el aire en mis pulmones. Intentando pensar. Intentando despertar desesperadamente de aquella pesadilla.

—Papá… —susurré de nuevo.

Pero él continuaba con la mirada fija en el suelo.

—¿Cómo pudiste…?.

No hubo respuesta. Solo el espeso silencio, interrumpido únicamente por el constante sonido del reloj.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Pero esta vez, cada segundo no solo marcaba el tiempo; me empujaba inexorablemente hacia una decisión capaz de destruirme, o peor aún… una decisión que me ataría para siempre a él.

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