Capítulo 3: No me perteneces

El plazo de una hora se agotó con una rapidez aterradora. O tal vez era yo quien no se sentía preparada para lo inevitable. Caminaba de un lado a otro en la sala, sintiendo el corazón golpearme el pecho como si fuera un animal enjaulado buscando una salida desesperada.

Aceptar su propuesta significaba renunciar a mi libertad; rechazarla implicaba perderlo todo. Una risa amarga brotó de mis labios ante la ironía de mi situación. Hiciera lo que hiciera, estaba destinada a perder.

La puerta se abrió de golpe, sin el más mínimo aviso. Él ni siquiera se tomó la molestia de tocar.

—Se acabó tu tiempo —sentenció Adrián al entrar.

Levanté la mirada para enfrentarlo. Lucía impecable, como si el caos del mundo exterior no pudiera rozarlo ni quebrarlo jamás. Pero esta vez, me negué a bajar la vista.

—No —dije con firmeza.

El silencio se tensó de inmediato. Él no reaccionó; se limitó a observarme con una fijeza inquietante, como si estuviera tratando de descifrar el mecanismo de mis pensamientos.

—No —repetí, para que no quedara duda alguna—. No voy a casarme contigo.

Sus ojos se oscurecieron apenas, un cambio sutil que disparó todas mis alarmas de peligro.

—¿Estás completamente segura de esa decisión? —preguntó con voz gélida.

—Completamente —di un paso al frente, ocultando el temblor interno que amenazaba con delatarme—. No soy parte de tu venganza. No soy una deuda que puedas cobrar, y mucho menos te pertenezco.

El aire en la habitación se volvió denso, casi irrespirable. Adrián avanzó hacia mí con lentitud, y cada uno de sus pasos provocaba una reacción visceral en mi cuerpo que escapaba a mi control. Sin embargo, esta vez no retrocedí.

—Interesante… —murmuró—. Creí que serías más… razonable.

—Y yo creí que conservarías un mínimo de humanidad —le espeté con rabia.

—La perdí hace ya muchos años —respondió él, deteniéndose a una distancia peligrosamente corta. Podía sentir su respiración y la amenaza latente que emanaba de su presencia.

—Entonces búscala de nuevo —repliqué—, porque esto que pretendes es sencillamente enfermizo.

—No tienes la menor idea de lo que es realmente enfermizo —dijo él, escrutándome.

Tragué saliva, manteniendo el contacto visual a duras penas.

—No. Pero sé reconocer a un hombre que cree tener el control absoluto sobre todo lo que lo rodea.

Hubo una pausa cargada de electricidad antes de que él respondiera con una seguridad cortante:

—Lo tengo.

Sentí que mi pulso se aceleraba.

—No sobre mí.

El silencio que siguió fue el tipo de calma que precede a la devastación.

—Veamos —dijo finalmente.

Extrajo un sobre de su chaqueta y lo depositó sobre la mesa con una parsimonia irritante.

—Ábrelo.

Me quedé inmóvil.

—No necesito ver nada de lo que tengas ahí.

—Sí, lo necesitas.

Apreté la mandíbula, pero la curiosidad y el miedo ganaron la batalla. Me acerqué a la mesa, tomé el sobre y lo abrí. En cuanto mis ojos recorrieron el contenido, sentí que mi mundo se desmoronaba por segunda vez en el día. Documentos, sellos oficiales, firmas.

—Esto… —mi voz se quebró—, no puede ser real….

—Es la ejecución del embargo —declaró él, desprovisto de toda emoción—. La casa, las cuentas bancarias… todo.

Sentí que el oxígeno desaparecía de mis pulmones.

—No….

—Se hará efectiva mañana mismo.

Mis manos empezaron a temblar sin control.

—Estás mintiendo… —susurré desesperada.

—Jamás miento.

Lo miré, buscando en su rostro un ápice de duda, una grieta, algo. Pero solo encontré una verdad brutal y gélida.

—Eres un… —las palabras se me atascaron en la garganta—, un maldito….

—Termina la frase —me retó en voz baja y peligrosa.

—Un monstruo.

La tensión explotó en ese instante. Adrián se movió con una rapidez felina; antes de que pudiera reaccionar, me sujetó del brazo y me atrajo violentamente hacia él. Mi espalda impactó contra su pecho firme y un jadeo involuntario escapó de mis labios.

—No vuelvas a llamarme así —me susurró al oído, con un aliento que me erizó la piel. No era solo miedo; había algo más en mi reacción que me negaba a reconocer.

—Suéltame —dije, aunque mi voz ya no poseía la firmeza de antes.

—Lo haré cuando entiendas cuál es tu posición aquí. —Su mano se apretó sutilmente, no para herirme, sino para ejercer dominio.

—No tengo ninguna posición que te incluya —me giré bruscamente para enfrentarlo, quedando a escasos centímetros de su rostro.

—No me perteneces —continué—, ni ahora ni lo harás nunca.

Sus ojos descendieron hacia mis labios por una fracción de segundo, y ese pequeño gesto lo cambió todo.

—Te equivocas —murmuró.

Mi corazón latía con una violencia que me asustaba.

—No.

—Ya estás metida en esto hasta el cuello.

—Aún no he firmado nada.

Hubo una pausa cargada de intención.

—Pero lo harás.

—¿Por qué estás tan seguro de eso? —pregunté con la respiración entrecortada.

Se inclinó aún más, invadiendo por completo mi espacio personal.

—Porque tú no eres como tu padre.

La rabia volvió a encenderse en mi interior.

—No te atrevas a compararme con él.

—Entonces demuéstralo —dijo él, rodeándonos con un silencio opresivo—. Demuestra que eres capaz de sacrificarte por lo único que le queda a tu familia.

Sus palabras fueron un golpe certero a mi conciencia.

—Eso es una vil manipulación.

—Es la cruda realidad.

Apreté los puños, frustrada.

—Eres despreciable.

—Y aun así, sé que estás considerando aceptar.

Aquello dolió porque era la pura verdad.

—Te odio —las palabras salieron sin filtro alguno, cargadas de ponzoña.

Sus ojos, intensos y oscuros, se clavaron en los míos.

—Lo sé.

Y entonces ocurrió algo inesperado, algo que no debería haber pasado. Su mano subió lentamente hasta que sus dedos rozaron mi mejilla. Mi respiración se detuvo por completo ante ese contacto.

—Pero el odio —dijo en un susurro— también es capaz de crear vínculos sumamente peligrosos.

Mi corazón estaba fuera de control.

—No juegues conmigo.

—Jamás juego.

Su pulgar acarició mi rostro con una suavidad que resultaba casi insultante viniendo de él.

—Decide, Alma.

Se apartó súbitamente, dejándome sin aire y sin equilibrio.

—Porque en el momento en que firmes —añadió mientras caminaba hacia la puerta—, ya no habrá marcha atrás.

Se detuvo en el umbral, sin mirarme.

—Y créeme… me encargaré de que lo recuerdes cada día de tu vida.

La puerta se cerró tras él. Me quedé allí, temblando, furiosa y confundida. Pero lo peor de todo no era la rabia, sino que una parte de mí ya conocía la respuesta.

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