Mundo ficciónIniciar sesiónNo logré conciliar el sueño; ni un solo minuto de tregua. La oscuridad de mi habitación y el techo sobre mí se convirtieron en mis peores enemigos mientras aquella frase resonaba en mi mente como un eco incesante.
“Será mi esposa.” Cada vez que la recordaba, una opresión asfixiante me estrujaba el pecho. No podía aceptar un destino así; no debía. Y, sin embargo, la realidad era ineludible: estaba acorralada. Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a colarse por la ventana, me puse de pie. Mis piernas temblaban, no por el cansancio acumulado, sino por una profunda y amarga rabia. Necesitaba respuestas urgentes y solo había una persona en el mundo capaz de dármelas. Bajé las escaleras con pasos decididos y encontré a mi padre sentado a la mesa. Tenía la mirada perdida, fija en una taza de café que ya debía estar completamente helado. —Hoy vas a hablar —le exigí, sin permitir rodeos. Él ni siquiera levantó la vista. —Alma… —No —lo interrumpí con dureza—. No pronuncies mi nombre como si todo estuviera en orden. Quiero la verdad. Toda la verdad. El silencio se prolongó durante varios segundos, denso y cargado de tensión, hasta que finalmente alzó el rostro para mirarme. Lo que vi reflejado en sus ojos no fue solo el peso de la culpa; era un miedo crudo y palpable. —Ese hombre… —comenzó, con la voz a punto de quebrarse—. No es alguien con quien se pueda jugar. Solté una carcajada seca, desprovista de gracia. —¿Jugar? ¿Acaso crees que veo esto como un maldito juego?. —No tienes idea de lo que es capaz de hacer —insistió. —Entonces explícamelo —me acerqué a la mesa y apoyé ambas manos sobre la superficie, enfrentándolo—. ¿Quién es él?. La vacilación de mi padre no hizo más que confirmarme lo que ya temía: el problema era muchísimo más oscuro y profundo de lo que había imaginado. —Se llama Adrián Vólkov. El nombre cayó en la habitación con la contundencia de un bloque de plomo. —Eso ya lo sé —repliqué—. No soy estúpida. Lo que quiero saber es por qué él… y por qué yo. Mi padre cerró los ojos, como si estuviera reviviendo un fantasma del pasado. —Hace años… trabajé para su familia. Parpadeé, tratando de asimilar la información. —¿Qué?. —Su padre era el dueño de una empresa enorme, una de las más importantes y poderosas del país. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar dolorosamente en mi mente. —¿Y tú qué papel jugabas?. —Yo era su mano derecha —confesó. El aire a nuestro alrededor se volvió súbitamente espeso. —¿Qué sucedió?. Su mandíbula se tensó antes de soltar la palabra que lo había desencadenado todo. —Ambición. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. —Explícate —ordené. —Se presentó una oportunidad —continuó, con la mirada de nuevo fija en la nada—. Un negocio… inmenso. Era muy riesgoso, pero prometía unas ganancias desorbitadas. —¿Y bien?. —Convencí a su padre de que invirtiera. Mi corazón empezó a golpear mis costillas con un ritmo frenético. —Pero todo salió mal. —No se lo estaba preguntando; era una certeza demoledora. Él bajó la cabeza, derrotado. —Peor que mal. El silencio que siguió fue insoportable. —Lo perdió todo —susurró finalmente—. La empresa, su reputación… su propia vida. Sentí como si me hubieran arrojado un balde de agua helada. —¿Murió?. Mi padre asintió en silencio. Sentí que el oxígeno abandonaba mis pulmones. —¿Y qué pasó con Adrián?. —Apenas tenía dieciocho años. Apreté los párpados, incapaz de procesar la magnitud de sus palabras. —¿Me estás diciendo que… tú fuiste el culpable?. —Fui el único responsable. La confesión me golpeó con una fuerza física. —No… —musité. —Sí —confirmó con una sinceridad brutal—. Yo lo arruiné todo. Mi mente daba vueltas a una velocidad vertiginosa. —Entonces… todo esto se trata de una venganza. No hubo necesidad de respuesta. Su silencio era la confirmación absoluta. —Por eso me quiere a mí —susurré, sintiendo cómo se formaba un doloroso nudo en mi garganta. —Alma…. —Yo soy el instrumento para hacerte pagar. —Tragué con dificultad—. ¿Él sabe quién soy realmente?. —Por supuesto que lo sabe. Saber aquello me dolió mucho más de lo que esperaba. —Entonces, lo que busca no es un matrimonio… —razoné en voz alta. —No. —Es un castigo. Al escuchar mis palabras, mi padre se puso de pie de un salto. —¡No voy a permitir que te haga ningún daño!. Lo miré con absoluta incredulidad. —Ya lo hiciste. El impacto de mi reproche fue instantáneo. Se quedó petrificado, completamente roto. Pero la realidad era que yo también lo estaba. —¿Por qué no huiste? —le recriminé—. ¿Por qué no nos largamos de aquí antes de que él volviera?. —Porque estaba convencido de que jamás regresaría. —Pues regresó. —Y no vino buscando dinero. Tragué saliva, sintiendo el sabor amargo del miedo. —Vino por nosotros. Justo en ese preciso instante, alguien llamó a la puerta. Fueron tres golpes firmes. Seguros. Llenos de una innegable autoridad. Mi corazón se detuvo por completo. No necesitaba preguntar quién estaba al otro lado; lo sabía perfectamente. —Ya llegó —murmuró mi padre, pálido. Sentí cómo el pánico comenzaba a mezclarse con un sentimiento mucho más oscuro y peligroso: la rabia. —Abre —le ordené. Él dudó, aterrado. —Alma, por favor… —Que abras la puerta. La madera crujió al abrirse lentamente. Y allí estaba él de nuevo. Adrián Vólkov. Tan impecable e intocable, como si la vida jamás se hubiera atrevido a romperlo. Pero ahora yo conocía la verdad. O, al menos, una parte de ella. Sus oscuros ojos se clavaron directamente en los míos. —Buenos días. Su tono de voz era asombrosamente tranquilo. Demasiado tranquilo. —Ya sé quién eres —disparé, sin darle tiempo a decir una sola palabra más. Hubo una leve pausa, casi imperceptible, en su inescrutable rostro. —Interesante. —Tu padre murió por culpa del mío —le solté a bocajarro. El silencio invadió la sala, haciendo que el aire se volviera insoportablemente pesado. —Así es —admitió, sin un ápice de emoción en su voz. Su total falta de reacción me descolocó. —¿Y has venido a cobrar la deuda?. —He venido a cerrar un ciclo. Lo fulminé con una mirada cargada de odio puro. —Usándome a mí como moneda de cambio. —Eres parte integral de la deuda. Apreté mis manos hasta clavar las uñas en las palmas. —No soy una cosa. Un peligroso destello brilló en sus ojos. —Eso dependerá exclusivamente de la decisión que tomes hoy. Lo odiaba con cada fibra de mi ser. Sin embargo, muy en el fondo, ardía algo más que me negaba a admitir. Una malsana curiosidad. Dolor. Y la extraña y persistente sensación de que faltaban piezas cruciales en su historia. —Tu padre murió —continué, retándolo—. Pero tú sobreviviste. —A duras penas. Esas tres palabras fueron pronunciadas en un tono bajísimo, casi un susurro, pero estaban cargadas de una crudeza tan real que no lograba encajar con el monstruo que yo me empeñaba en ver. —Entonces, tú mejor que nadie sabes lo que significa perderlo todo —le eché en cara—. ¿Y aun sabiendo eso estás dispuesto a hacernos lo mismo?. Avanzó hacia mí con lentitud calculada, como un depredador acechando a su presa. —No —replicó con frialdad—. Lo que quiero es que lo entiendas. Mi respiración se atascó. —¿Qué entienda qué?. Se inclinó ligeramente hacia mi rostro, lo justo para asegurarse de que sus siguientes palabras fueran exclusivas para mis oídos. —Que hay ciertas deudas… que jamás pueden pagarse con dinero. Un nuevo escalofrío me estremeció de pies a cabeza. —Se pagan con vida. El silencio que siguió cayó sobre nosotros como la hoja de una guillotina. —Tienes una hora —sentenció, enderezándose—. Una vez concluida, tomaré tu silencio como respuesta. Se dio la vuelta y se alejó, destilando una confianza arrogante, como si ya supiera de antemano cuál sería el resultado de mi dilema. Como si yo ya le perteneciera. La puerta se cerró a sus espaldas. Y esta vez, no sentí miedo. Sentí algo infinitamente peor. La aplastante certeza de que, independientemente de lo que decidiera… ya era una pieza más en su macabro juego.






