Mundo ficciónIniciar sesiónFirmé. Todavía no alcanzo a comprender en qué momento exacto la pluma se deslizó sobre el papel, sellando mi destino. Tal vez fue el peso insoportable de ver a mi padre quebrarse y llorar por primera vez, o tal vez fue la amarga aceptación de que todas las salidas estaban bloqueadas. De una forma u otra, ya estaba atrapada mucho antes de estampar mi rúbrica.
El sonido del rasgueo de la pluma sobre el documento fue el veredicto final. —Bienvenida a tu nueva vida —sentenció Adrián con una voz gélida, desprovista de cualquier emoción. No encontré palabras para responderle. Sabía que, si abría la boca, las lágrimas y el dolor terminarían por romperme frente a él, y eso era algo que no pensaba permitirle. La mansión resultó ser el reflejo exacto de su dueño: imponente, fría y aparentemente inalcanzable. Con sus ventanales monumentales, suelos de mármol que devolvían un eco distante y un silencio absoluto, aquel lugar no era un hogar; era una jaula de lujo. —Esta será su habitación —indicó una mujer de porte elegante, quien se presentó como parte del personal—. Estaré a su disposición para lo que necesite. Me limité a asentir. En cuanto la puerta se cerró, dejé caer mi bolso y me apoyé contra la pared, sintiendo que el aire me faltaba. —¿Qué has hecho, Alma? —susurré para mí misma con la voz rota. Pero el silencio de la habitación fue mi única respuesta ante el peso de una decisión que ya no podía deshacer. Perdí la noción del tiempo, sumida en mis propios pensamientos, hasta que un golpe seco y firme en la madera me sobresaltó. Era un llamado autoritario, como todo en esa casa. —Adelante —dije, intentando en vano recomponer mi compostura. Fue un error. La puerta se abrió para revelar a Adrián Vólkov. Se había quitado la corbata y llevaba los primeros botones de la camisa desabrochados, lo que le confería un aspecto más humano, pero también mucho más peligroso. —Tenemos que hablar —declaró, entrando con la confianza de quien se sabe dueño de cada rincón. —No creo que nos quede nada por decir —repliqué, sintiendo cómo mi corazón daba un vuelco. Ignoró mi comentario, entró en la habitación y cerró la puerta tras de sí. El clic de la cerradura resonó con una fuerza desproporcionada en aquel ambiente cargado. —A partir de ahora, todo se habla —sentenció—. Eres mi esposa. Las palabras me quemaron como ácido. —En el papel —corregí de inmediato. —En todos los sentidos. Negué con la cabeza, cruzándome de brazos en un gesto defensivo. —No te equivoques. Esto es un trato comercial y nada más. Sus ojos recorrieron mi rostro con una lentitud exasperante, analizando cada una de mis reacciones. —Eso dependerá de ti. —No —respondí con firmeza—. Depende exclusivamente de lo que acordamos. Avanzó hacia mí lentamente, invadiendo mi espacio con una seguridad que me ponía de los nervios. —Aún no hemos terminado de definir todos los términos. Mi respiración comenzó a volverse irregular. —Entonces hazlo de una vez. Se detuvo frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. —Regla número uno: frente a los demás, eres mía. Mi estómago se contrajo violentamente. —No vuelvas a decir eso. —Es la realidad de nuestro acuerdo. —Es una mentira cuidadosamente actuada —le recordé. Él guardó silencio un instante, con la mirada oscurecida por algo que no logré descifrar. —Regla número dos: no me desafías en público. —¿Y en privado? —pregunté con ironía, incapaz de contenerme. El silencio que siguió fue cargado y peligroso. —En privado… puedes intentarlo —murmuró, acortando la distancia aún más—. Pero no te prometo que salgas ganando. Mi pulso se disparó. —No necesito ganar nada contigo. —Entonces, ¿qué es lo que realmente necesitas de mí? —la pregunta me pilló desprevenida. No tenía una respuesta clara, salvo el deseo desesperado de huir. —Salir de esta situación —confesé. Sus labios se curvaron en una sombra de sonrisa. —Eso no va a suceder. —Siempre hay una forma de escapar —insistí. —No esta vez. El ambiente se volvió denso y eléctrico entre nosotros. Impulsada por un arrebato de valentía o desesperación, solté mi propia condición: —Regla número tres: no me tocas. Sus ojos bajaron hacia mis labios con una intensidad que me cortó el aliento. —Esa cláusula no figuraba en el contrato. —Pues considérala añadida ahora mismo. Se inclinó ligeramente hacia mí, lo suficiente para que su presencia resultara abrumadora. —¿Estás completamente segura de querer imponer esa regla?. —Sí —mentí, sintiendo cómo mi corazón golpeaba con fuerza contra mis costillas. Creo que él lo supo, porque su mirada cambió, volviéndose más oscura e intensa. —Entonces no deberías reaccionar de esta manera. —¿De qué manera? —alcancé a preguntar. Su mano se elevó con lentitud, sin llegar a tocarme todavía. —De esta —susurró mientras sus dedos rozaban apenas mi muñeca. Aquel simple contacto fue suficiente para que mi cuerpo traicionara cada una de mis palabras. Un escalofrío recorrió mi piel y mi corazón dio un vuelco que él, por supuesto, notó. —Interesante… —murmuró con voz ronca. Retiré la mano bruscamente. —Eso no significa absolutamente nada. —Sabes perfectamente que sí lo significa. Dio otro paso al frente y esta vez no retrocedí, paralizada por una mezcla de orgullo y una fascinación que me aterraba. —Te odio —susurré, con las palabras apenas audibles. Él no apartó sus ojos de los míos. —Lo sé. Y entonces, sucedió. No fue algo brusco ni forzado; fue un movimiento lento, casi dándome la oportunidad de detenerlo. Pero no lo hice. Su mano acunó mi rostro y su pulgar acarició mi mejilla justo antes de que sus labios encontraran los míos. El mundo a mi alrededor simplemente desapareció. No fue un beso dulce; fue intenso, confuso y cargado de todo lo prohibido entre nosotros. Mi mente gritaba que lo apartara, que recordara quién era él y lo que nos había hecho, pero mi cuerpo se negaba a obedecer. Durante un segundo eterno, le respondí, y ese fue mi gran error. Al sentir mi respuesta, él profundizó el beso con una seguridad dominante, como si supiera exactamente que ya había ganado una batalla crucial. Mi corazón estaba fuera de control y mis pensamientos eran un caos absoluto. Finalmente, reaccioné y lo empujé con todas mis fuerzas. —¡No! —mi respiración era errática y mis labios aún temblaban por el contacto—. No vuelvas a hacer eso nunca más…. El silencio regresó a la habitación, más pesado e intenso que nunca. Sus ojos seguían clavados en los míos, ardiendo con una determinación oscura. —Demasiado tarde —sentenció él. Sentí un vuelco en el estómago. —Fue un error absoluto. —No lo fue. —Sí, lo fue —insistí desesperada. —No —repitió él, dando un paso atrás pero sin dejar de mirarme—. Fue inevitable. El aire se sentía espeso entre nosotros. —No para mí. —Mientes —acusó con calma, y noté que mi voz ya no tenía la firmeza necesaria para sostener la mentira. Se dirigió hacia la puerta y se detuvo antes de salir. —Esto no ha hecho más que empezar, Alma. Y lo sabes tan bien como yo. Mi corazón dio un vuelco doloroso. —No —dije, casi sin aliento—. Esto no cambia absolutamente nada. Se detuvo un instante sin girarse. —Lo cambia todo. En cuanto se fue, me quedé sola de nuevo, intentando recuperar el aliento. Pero ya nada era igual. Había algo peligroso y nuevo en el aire, algo que no debería existir. Aquel beso no debería haber significado nada, pero lo había hecho, y ese era el verdadero y aterrador problema.






