No volví a verlo en todo el día, y lejos de proporcionarme la paz que tanto ansiaba, su ausencia me resultó inquietante. Podía sentir su rastro en cada rincón de la inmensa casa; en el silencio denso de los pasillos, en el aire cargado de la sala e incluso en la mirada esquiva de los empleados. Era como si su presencia se hubiera filtrado en las paredes, recordándome a cada segundo que, aunque no estuviera frente a mí, yo seguía bajo su dominio.—Ridículo… —murmuré para mis adentros, intentando sacudirme esa sensación de opresión. Pero no lo era. Nada de lo que estaba viviendo tenía un ápice de normalidad.La noche cayó más rápido de lo que hubiera deseado y, con ella, regresó la inevitable tensión que me atenazaba el estómago. Sabía que el momento de volver a aquella habitación, a esa cama y, sobre todo, a él, era inminente. Me quedé frente a la puerta cerrada, respirando profundamente para armarme de valor antes de girar el pomo.Al entrar, lo encontré allí. Estaba de pie junto al g
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