No volví a verlo en todo el día, y lejos de proporcionarme la paz que tanto ansiaba, su ausencia me resultó inquietante. Podía sentir su rastro en cada rincón de la inmensa casa; en el silencio denso de los pasillos, en el aire cargado de la sala e incluso en la mirada esquiva de los empleados. Era como si su presencia se hubiera filtrado en las paredes, recordándome a cada segundo que, aunque no estuviera frente a mí, yo seguía bajo su dominio.
—Ridículo… —murmuré para mis adentros, intentando