Mundo ficciónIniciar sesiónLo que debía haber sido el día más feliz para Luciana se convirtió en una pesadilla que jamás imaginó. En el aniversario de su boda, el hombre al que había amado durante tanto tiempo arrojó los papeles del divorcio frente a ella. «Fírmalos. Estoy cansado de este matrimonio». Luciana aún no alcanzaba a procesar aquel dolor cuando Dante llevó a otra mujer a la casa que compartían. La mujer permanecía de pie, protegiendo con las manos su vientre abultado. Embarazada. Esperando al hijo de su esposo. Como si aquella humillación no bastara, la suegra de Luciana también se puso del lado de su hijo. Con una mirada cargada de desprecio, la mujer dijo: «¿Para qué conservar a una esposa estéril? Dante merece una mujer capaz de darle descendencia». Lo que ellos no sabían era que, dentro del bolso de Luciana, guardaba los resultados médicos que había esperado durante años. Estaba embarazada. El hijo que tanto habían usado como excusa para echarla de esa casa ya crecía en su vientre. Pero aquella noticia murió junto con su corazón ese mismo día. Luciana fue expulsada sin nada, salvo una dignidad pisoteada. Se burlaron de ella, despreciaron a la mujer que consideraban pobre e inútil. Lamentablemente para ellos, nadie en esa casa sabía quién era Luciana en realidad. Y cuando Luciana regresó, no como la esposa que suplicaba, sino como una mujer poderosa capaz de destruirlo todo, el arrepentimiento llegó demasiado tarde. «Me equivoqué... vuelve conmigo, Luciana». Pero después de todas las heridas que le causaron, ¿aún quedaba perdón para Dante? ¿O esta vez Luciana haría que todos pagaran por lo que le hicieron?
Leer más«Firma estos documentos».
La voz de Dante Russo sonó plana, sin el menor rodeo, mientras entraba en la imponente casa de dos pisos, la misma que había levantado con su propia ambición y esfuerzo.
«¿Qué documentos son esos, cariño?»
Luciana se volvió, confundida. Aún sostenía entre las manos la bandeja con la cena que había preparado con todo su corazón para su esposo.
«Los papeles de nuestro divorcio».
La bandeja se le escapó de las manos. El estruendo del cristal al romperse llenó la estancia, y la comida quedó esparcida sobre el suelo de mármol. Pero Luciana ya no prestó atención al desastre.
El mundo pareció detenerse cuando descubrió a Dante mirándola con un desprecio que no intentaba ocultar.
«Qué torpe eres».
Dante chasqueó la lengua con fastidio y llamó en voz alta:
«¡Rina!»
Poco después, una empleada apareció corriendo, agitada. En aquella casa, las órdenes de Dante eran ley y nadie se atrevía a demorarlas.
«¿No puedes tener más cuidado?», la reprendió mirando a Luciana. «¿Crees que todo lo que tocas se consigue gratis?»
La mirada del hombre era afilada, cargada de irritación, hastío y frialdad.
Como si Luciana no fuera más que una molestia insignificante ensuciando su vista.
«Tú... estás bromeando, ¿verdad?»
La voz de Luciana tembló. Sus manos comenzaron a estremecerse con fuerza, mientras un dolor en el pecho se extendía lentamente.
«¿Divorcio? Yo... no puedo creer que seas capaz de decir algo así, cariño».
«Hablo en serio».
Dante apartó una silla del comedor y se sentó con total calma, mirándola de frente sin el menor rastro de duda. Tres años de matrimonio habían pasado, y aquella noche debía haber sido una noche especial.
Su aniversario de bodas.
Dante sabía que la cena sobre la mesa había sido preparada por Luciana con amor para celebrar esa fecha. Sin embargo, dentro de poco, aquella mujer dejaría de ser su esposa.
«Pero, ¿por qué?»
Los ojos de Luciana empezaron a llenarse de lágrimas.
«¿He hecho algo mal? ¿Mi actitud ha sido mala? ¿No te he atendido lo suficiente? ¿Te he avergonzado?»
«No», la interrumpió Dante con rapidez. «Simplemente ya no quiero seguir en este matrimonio».
«Tiene que haber una razón, cariño».
Luciana se sentó apresuradamente a su lado. Le tomó la mano con fuerza, como en otros tiempos, cuando el amor todavía conservaba su calor entre ellos.
Pero ahora aquella mano estaba helada.
No quedaba en ella ni un solo resto de calidez.
«No tengo por qué darte explicaciones, Luciana». Dante apartó su mano sin compasión. «Solo firma. Estoy harto».
Luciana negó con fuerza.
«Tengo derecho a saber la razón. Quizá pueda corregir mis errores. ¿Has olvidado que una vez nos amamos?»
«Eso fue antes».
El tono de Dante era tan cínico que sonó como una bofetada.
«Admito que una vez te amé. Pero eso fue en el pasado, en la época en que era lo bastante idiota como para creer que el amor, por sí solo, podía hacerme feliz».
«¿Acaso no éramos felices?», susurró Luciana con la respiración entrecortada. «Tu carrera está en lo más alto ahora. Ya conseguiste el puesto con el que soñabas. Uno por uno, todos tus sueños se han cumplido. Yo era feliz acompañándote, cariño».
Dante agitó la mano, asqueado de escuchar aquellas palabras.
«Eres una mujer común, Luciana. Si no fuera por mi esfuerzo, jamás estaría donde estoy. No has aportado nada importante a mi éxito».
Le sujetó la mejilla con brusquedad.
En otro tiempo, Dante no era más que un empleado cualquiera que regresaba tarde a casa cada noche para poder sobrevivir. Se enamoró de la mujer a la que había salvado cuando llegó una tormenta. Se casaron en medio de la sencillez. Vivían con lo justo, pero Luciana jamás se quejó. Lo atendía, lo apoyaba y lo amaba con todo su corazón.
Luego el tiempo cambió.
La fortuna llegó. La carrera de Dante despegó. El dinero comenzó a fluir sin medida. Su madre y su hermana también disfrutaron de aquel éxito, viviendo con ellos en esa gran casa. Luciana aceptó todo sin protestar, recibiendo con sinceridad a la familia de su esposo.
Pero ahora, para Dante, la sinceridad ya no tenía valor.
Necesitaba una esposa digna de exhibirse.
Alguien a quien pudiera llevar a fiestas de negocios, presentar ante clientes y que proviniera de una familia prestigiosa.
No una mujer sencilla del campo, cuya familia solo veía en días festivos.
«Me avergüenza tener una esposa como tú, Luciana».
Dante la soltó. La mejilla de Luciana se enrojeció. Las lágrimas resbalaron por su rostro, pero el hombre ni siquiera pestañeó.
«Antes de que escuches cosas aún más dolorosas, será mejor que firmes esos papeles». Dante acomodó su corbata. «Todavía tengo muchos asuntos que atender».
«¿Eso es todo lo que significo para ti, Dante?»
Por primera vez desde que se casaron, Luciana pronunció su nombre sin añadirle ningún apelativo cariñoso.
«Sí», respondió Dante sin vacilar. «Y hay algo más que me ha convencido aún más de divorciarme de ti».
Luciana apretó ambas manos con fuerza. Sentía el pecho hecho pedazos.
«Necesito un heredero, Luciana. No pienso entregar el imperio empresarial que construí a otra persona. Pero hasta ahora, no has sido capaz de darme un hijo».
Ella no alcanzó a responder cuando una risa alegre resonó desde la puerta principal.
«Ah, por fin han llegado».
Una leve sonrisa apareció en el rostro de Dante, la misma sonrisa que en otro tiempo había hecho que Luciana se enamorara perdidamente de él. La sonrisa que llevaba tanto tiempo sin recibir.
Ahora había regresado.
Pero no era para ella.
Era para una mujer hermosa, vestida de rojo, con el vientre abultado, que entró acompañada por Camilla y Vivian.
«Hermana Marcella, te ves preciosa con ese vestido rojo», alabó Vivian con voz mimosa.
«Por supuesto», respondió Camilla, la suegra de Luciana. «Es la hija de la familia Jacob. Cualquier cosa que se ponga le queda perfecta».
La mujer embarazada soltó una risa suave.
«Me halagan demasiado. Vivian también se ve preciosa con ese vestido blanco. ¿Acaso hoy hay alguna ocasión especial?»
«¡Mi novio vendrá!», exclamó Vivian con entusiasmo. «No veo la hora de presentárselo a todos».
Luciana volvió lentamente la mirada hacia Dante. Ya se había secado las lágrimas, aunque el pecho seguía desangrándose en silencio.
«¿Quién es esa mujer?»
Dante se puso de pie y la miró con indiferencia.
«Es mi futura esposa, Luciana».
Cada palabra que salió de sus labios se sintió como una cuchillada.
«Espero que ahora entiendas por qué te pedí el divorcio. No te preocupes, recibirás una compensación».
Caminó hacia aquella mujer con el rostro iluminado.
«¿Te cansó el viaje hasta mi casa, cariño?»
Marcella hizo un puchero encantador.
«Si no recordara que hoy estabas ocupado con algo importante, ya estaría enfadada contigo».
Dante le rozó la punta de la nariz con ternura a la mujer que llevaba en el vientre al hijo suyo, el hijo que tanto había deseado, el heredero que llevaba esperando.
«¿Ya terminaste ese asunto importante, cariño?», preguntó Marcella con dulzura.
Dante giró la cabeza hacia Luciana y sonrió con frialdad.
«Sí. Ya terminé. ¿Verdad, Luciana?»
Sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Dante. Ya no fue capaz de contenerse. Jamás había imaginado un escenario semejante. Mientras él daba por sentado que Marcella podía valerse por sí misma y se concentraba en sus propios problemas judiciales, una auténtica desgracia se cernía sobre ella. Una desgracia terrible, si se lo permitía calificar en ese instante.—¿Por qué Marcella no me dijo nada? —se lamentó Dante entre sollozos.Pasó un buen rato antes de que Dante Russo lograra recuperar la compostura, y solo entonces Keith volvió a hablar.—¿Desea ver a su esposa?—¿Ya está permitido? —preguntó Dante, sin ocultar su inmenso anhelo. Ver a Marcella.—Considero que no hay inconveniente. —Keith le dedicó una cálida sonrisa—. Acomp&aacu
—Por favor, tome asiento, señor Russo —dijo el médico, invitándolo a sentarse tras ingresar al consultorio, el cual se encontraba bastante apartado del área de quirófanos.Debido a su condición de detenido, dos oficiales de custodia lo seguían de cerca. Sin embargo, Dante no tenía la menor intención de causar problemas en el hospital. Lo único que ocupaba sus pensamientos era el estado de Marcella, el cual, según el doctor, resultaba bastante preocupante. A pesar de todo, la intervención quirúrgica de su esposa se había desarrollado sin mayores contratiempos. Pero entonces, ¿por qué lo había citado el médico a cargo? ¿Acaso no era indicio de que algo andaba mal?—Gracias, doctor —respondió Dante, esforzándose por mantener la compostura.Mientras tanto, el médico se tomó un momento
Al ver que no obtenía respuesta del guardia, Deny se acercó a Dante, quien seguía sumido en sus reflexiones en la esquina. La rabia incontenible lo empujó a descargar toda su furia contra la persona a la que consideraba responsable de aquella desgracia.—¿Ves lo que has provocado? —La voz de Deny sonó ronca, cargada de resentimiento—. ¡Todo esto es por tu culpa! Si no me hubiera involucrado en tus locuras, jamás habría terminado en este lugar.Dante levantó la cabeza despacio, con los ojos cansados, pero no pronunció una sola palabra. Sabía que, en una situación así, cualquier cosa que dijera solo serviría para avivar el fuego.Deny, insatisfecho ante el silencio de Dante, dio un paso más hacia él.—¿Qué pasa? ¿Ni siquiera tienes el valor de defenderte? Eres un cobarde, Dante. ¿Crees que
A pesar de que todo había terminado y ya no quedaba rastro de voces ajenas, cámaras o micrófonos que interrogaran sin tregua, además de otros tantos asuntos que le causaban un dolor de cabeza insufrible, lo único que Dante deseaba de verdad era sentarse y apoyarse en algún lado. Si fuera posible, recostarse aunque solo fuera un instante, mientras pensaba en cuál sería su próximo movimiento.—Adelante.Uno de los oficiales les abrió la puerta a Dante y a Deny. Por el momento compartirían la misma celda, antes de ser trasladados al pabellón especial para detenidos vinculados a casos de corrupción y otros delitos penales.—¡Bah! ¿Acaso no tienen una habitación menos estrecha? —preguntó Deny Jacob con evidente fastidio—. Saben perfectamente que tengo antecedentes de asma. Si me da un ataque, les aseguro que lo pagarán m





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