El vestido era… demasiado. Negro, ajustado y de una elegancia tan peligrosa que parecía diseñado para una guerra que aún no sabía si estaba ganando.
—Le queda perfecto, señora —anunció la estilista mientras ajustaba el último detalle.
Señora. Aquella palabra volvió a resonar en mis oídos como una etiqueta pesada y ajena.
—Gracias… —respondí, aunque no estaba segura de si realmente me gustaba lo que veía.
Me miré al espejo una última vez. No parecía yo; parecía una versión de mí misma que perten