El ático de la Quinta Avenida resplandecía con una luz que Nueva York solo reservaba para los que habían vencido al destino. Habíamos regresado de los Adirondacks con el olor a nieve y pólvora todavía impregnado en el alma, pero para el mundo exterior, solo éramos la pareja más poderosa de la ciudad celebrando su regreso triunfal. El aire estaba saturado con el perfume de cinco mil rosas negras importadas de los jardines privados de los Vatatzes en Ginebra, un homenaje silencioso a mi verdadera